
Todavía, cuando llegó a nonagenario, Robert Duvall conservaba la pasión por su trabajo en el cine. Acaba de morir con noventa y cinco años. En Estados Unidos lo consideraban un actor honrado, que interpretaba papeles con personajes a los que dotaba de absoluta credibilidad. Para lograr eso se necesita talento, mucha paciencia, tenacidad. Fue uno de los pocos casos en los que lo mismo hacía bien su trabajo siendo protagonista o, con toda la humildad del mundo pasaba a ser un secundario de lujo. Cualquiera que sea aficionado al cine lo recordará por un buen puñado de títulos, pero sus dos apariciones en El Padrino I y II, lo consagraron ya como una leyenda.
Había nacido en San Diego, California. Su padre era Almirante de la Armada de los Estados Unidos, aunque él aclaraba que de modo honorífico, pues su verdadero grado era el de capitán. Su madre había sido actriz aficionada. Ambos, al advertir que el joven Bob no se sentía a gusto en la Universidad llegaron a la conclusión de que mejor era dejarlo con sus sueños de ser actor. Y, como tal, lo animaron y él ingresó en una academia, donde se aplicó en conseguirlo.
El compañero más cercano fue Dustin Hoffman. Tan buenos amigos que compartieron un modesto apartamento. Éste era buen cocinero. "Vivíamos al día y de él recuerdo que estaba siempre con chicas, se le daban muy bien", recordaba Robert. Ambos soñaban con alcanzar sus ambiciones artísticas.
En el caso de Robert Duvall ya se había fogueado anteriormente en compañías de aficionados. Pero hasta que pudo debutar en algunos de los teatros de Broadway pasó tiempo. La cantidad de jóvenes como él y Dustin Hoffman era ingente. Todos ávidos de encontrar una oportunidad. Robert tuvo un papel en el cine, la película "Ruta 66", y aprovechó para recomendar a la productora que contratara también a Dustin. "Y luego ya hizo El Graduado y se puso en órbita".
Otros colegas de Duvall fueron Gene Hackman y James Caan. Con este último tuvo más contacto, con el fallecido hace unos meses, menos. Aunque con él y Hoffman hubo una época en la que se veían una vez a la semana y se pasaban el rato hablando sobre Marlon Brando, al que consideraban un dios.
Como no tenían ninguna oferta, cada uno de ellos se las buscó como pudo para ir viviendo. Y Robert Duvall ejerció pequeños trabajos entre tanto le llegaba un pequeño papel. Nocturnos y diurnos; tenía que conformarse con lo que le ofrecían: repartidor de mensajes a cambio de un dólar la hora, repartidor asimismo de ropa de señoras, por la noche, encargado en Correos en el distrito de Broadway donde permaneció seis meses… Pero él, erre que erre. Aquello era para ir tirando. "Yo sólo quiero ser actor", repetía a sus compañeros.
La biografía profesional de Robert Duvall lo sitúa trabajando tanto en los escenarios, los estudios de televisión como el cine. Pero es fácil comprender que la gran pantalla es el medio más directo para que una película de éxito puedan verla millones de espectadores de todo el mundo. Y así como hay actores que sólo triunfan en el teatro o la "tele" en su país, Robert lo fue en todo el mundo gracias a El Padrino.
Robert Duvall tells Letterman the only THE GODFATHER story you need to hear (1993) 😂 legend pic.twitter.com/gtqjTBOfD5
— Todd Spence (@Todd_Spence) February 16, 2026
Antes de que Francis Ford Coppola se acordara de él (comentó que a Robert Duvall lo consideraba uno de los cuatro o cinco mejores actores que había conocido), participó en rodajes importantes, aunque no tuviera en ellos un papel protagonista: La jauría humana, Bullit, donde era el taxista que llevaba a Steve McQueen a ciento y pico por hora en una emocionante persecución, y sobre todo él daba mayor importancia a su primera aparición en la pantalla, el año 1962 en Matar a un ruiseñor, junto a Gregory Peck, que era la estrella del filme. Aquel personaje de Boo Radley, lo clavó. Se había leído con mucho interés el libro de Harper Lee y cuando la autora supo que Duvall iba a encarnar aquel tipo, le envió un telegrama: "¡Hola, tío!", a modo de felicitación. Contaba treinta y un años. Todavía le quedaba aun trecho para alcanzar la meta soñada.
Podía haber sido también el jefe de policía de Tiburón en 1975, pero luego de rechazarlo (Roy Schneider haría el papel) quiso el otro coprotagonista, el cazador de tiburones, finalmente a cargo de Robert Shaw, porque Duvall era demasiado joven. Apareció en los repartos de M.A.S.H, Network, donde era un airado ejecutivo de televisión, y en este citado medio ese año fue Dwight D. Eisenhower en la serie "Ike". Eso de dar vida a personajes trascendentes también sucedió en los años 90, cuando fue Stalin, por un lado y por otro, Eichman. Esos papeles de carácter los interpretaba con toda convicción.
Broadway lo acogió en un estreno importante en 1977, el de American Búffalo, de David Mamet. Como tuvo buenas críticas, se dijo esto: "A ver si ahora me llega un buen guion en el cine".
En 1979 tuvo un cometido destacado en Apocalypse Now. Conocer a Francis Ford Coppola fue para él uno de los mejores momentos de su carrera. Tarde o temprano, a Robert Duvall le esperaba un gran triunfo, como lo fue recibir el Óscar al mejor actor en 1984 por "Tender mercies" (Gracias y favores). Allí era el cantante de "country" Mac Sledge. Compuso Robert las canciones de la banda sonora y logró que el director y la productora le permitieran ser él mismo quien las interpretara. Y salió airoso del trance.
Pero el verdadero salto a la fama fue con El Padrino I y su segunda continuación. Sobrio, eficaz, era allí el asesor legal de la familia mafiosa de los Corleone. Estuvo magnífico. Y pudo hablar de tú a tú, desde luego respetuosamente, con su admirado Marlon Brando. Cuando Coppola le ofreció seguir siendo en la siguiente secuela ese personaje de Tom Hagen, pidió ganar lo mismo que Al Pacino. Y le dijeron que no. Llegaron a proponerle un millón de dólares. Siguió negándose. Y no se arrepintió. A Francis Ford Coppola siguió teniéndolo como un genio.
Después de "El Padrino" en sus dos primeras partes, cuanto hizo Robert Duvall fue meritorio, aunque no volvió a conseguir la cima de entonces. Papeles de oficial de policía, jefe de una banda de delincuentes, entrenador de fútbol, campeón de póker en Las Vegas, jefe de policía de Nueva York… Fundó una productora en la última etapa de su carrera y como no encontró quien le financiara un guion suyo, fue él mismo quien arriesgó cinco millones de dólares. Protagonizó y dirigió así El Apóstol, y afortunadamente recuperó lo invertido. Todavía rodó la que sería su última película en 2022, Los crímenes de la academia. Él podía ser en sus interpretaciones excéntrico, duro, discreto, conciso… Y nunca sobreactuó.
"Yo trato de interpretar siempre con honestidad y veracidad. ¿La fama? A mí no me agobiaban como a otros actores cuando llegaba a un aeropuerto".
Su vida sentimental puede resumirse en cuatro matrimonios. No tuvo hijos. Se divorció tres veces. Su última esposa, Luciana Pedraza ha estado a su lado hasta que él cerró los ojos. Argentina, actriz, se casó con treinta y dos años en tanto él contaba setenta y tres. Gracias a su vida en común Robert hablaba sin dificultad nuestro idioma. En cuanto a sus creencias se definió como cristiano, aunque no iba mucho a la iglesia pero practicaba diariamente la meditación.
Preguntado cómo consideraba su profesión, comentó: "Un oficio de perros. Siempre hay alguien al que no le caes bien, y en mi caso aunque hubiera conseguido hacer bien mi trabajo en "El Padrino". Pero estoy contento de mi carrera, muy agradecido por todas las cosas que me han pasado".
Vivía muy tranquilo en su rancho de Virginia. Y así se ha marchado de este mundo.


