
Hace unos meses Disney se descolgó con Predator: Badlands, nueva entrega de la saga Depredador donde el antaño villano extraterrestre hacía las veces de figura heroica y aventurera. Aunque muchos alabaron el cambio de registro de una saga agotada, otros fans del original de Arnold Schwarzenegger de los ochdnta lamentaron la ausencia de violencia, terror o acción a la antigua usanza de un film pasado por el tamiz de la casa del ratón. Bien, a todos aquellos que pensaron eso solo tenemos que decirles tres palabras: Máquina de guerra.
Porque el film estrenado el viernes por Netflix al servicio del forzudo Alan Ritchson (Reacher) ofrece todo el abanico de sensaciones del thriller de ciencia ficción, terror y acción de los ochenta. Convenientemente adaptado a las necesidades del producto Netflix (la promesa de secuela, el sometimiento al algoritmo, la necesidad un tanto histérica de cambiar de premisa para llamar la atención de un espectador probablemente colgado del móvil) y dejando ver las costuras del rip-off genérico un poco demasiado (en la fórmula está también la fenomenal Máximo riesgo y las referencias visuales al Michael Bay de Transformers), el film de Patrick Hughes es un divertimento de serie B histérico, violento y patriótico como pocos… es decir, una verdadera gozada.
La premisa es simple: un grupo de rangers de élite en pleno entrenamiento en los bosques de Colorado se encuentra a un enemigo inesperado. Pronto el simulacro se convierte en un juego de supervivencia real, en tanto un sofisticado y letal invitado aparece caído del cielo con aviesas intenciones… forzando al sargento 81 (Ritchson) a superar un trauma personal para sobrevivir.
Sin la masculinidad rampante de Depredador, al fin y al cabo una caricatura intencional de la era Reagan, el film de Patrick Hughes -que parece saber que Máquina de guerra es lo mejor que ha dirigido en su carrera- el film carece de compasión con su equipo protagonista, caracterizado eso sí de una manera más tenue que en el clásico de McTiernan. Ninguno de los personajes se conoce, al fin y al cabo, y ninguno ha trabado relación con el otro, lo que limita el alcance humano del film.
Pero quien buscase emociones reales en un film como Máquina de guerra, desde luego es él quien andaba despistado. Hughes dirige la primera y larga sección del entrenamiento como si un Michael Bay de serie B se tratase (es un elogio) y más tarde se descuelga con una tremenda persecución de una hora con guiños explicitos al cine de Cameron, Harlin o el citado McTiernan. Ritchson demuestra ser un protagonista sólido para este tipo de film, por mucho que Dennis Quaid robe el tinglado en las pocas escenas de las que dispone. Y el acabado un tanto genérico de la película (banda sonora impersonal, realización un tanto apresurada) ni siquiera va en contra de los resultados.
Por el camino, secuencias inverosímiles y entretenidas como la del Río (homenaje explícito a la citada Cliffhanger) o la aparición de un tanque en medio de la huída de los protagonistas. De modo que sí, Máquina de guerra no hará nada por mejorar la consideración crítica de los blockbusters de Netflix, pero es la producción más amena, espectacular, trepidante y alegremente enfadada de la factoría en un largo puñado de meses.
Licenciado en Historia del Arte y Comunicación Audiovisual en la UCM de Madrid. Colaborador en esRadio. Crítico de cine y series en Libertad Digital. Una de las voces del podcast Par-Impar.

