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Agustín de Foxá, el franquista indolente

Él lo explicaba preguntándose cómo no iba a ser de derechas si era gordo, era conde y fumaba puros.

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Agustín de Foxá, el franquista indolente
Agustín de Foxá | LD

Entre los muchos que Manuela Carmena quiere expulsar con su flamígera espada del Paraíso del callejero de Madrid, el único que quizá se ajuste al riguroso criterio impuesto por la Ley de Memoria Histórica es Agustín de Foxá. Porque hay que decirlo con voz bien alta: Foxá era franquista. Bueno, más bien era un señor de derechas que vivió en la época de Franco, lo que hace de él ineludiblemente un franquista. Es cierto que lo suyo tuvo algo de determinismo sociológico donde el libre albedrío poco intervino. Él lo explicaba preguntándose cómo no iba a ser de derechas si era gordo, era conde y fumaba puros. Estallada la Guerra Civil no le quedó más remedio que estar en el bando de Franco. De todas formas, puede decirse en su descargo que, siendo perezoso para todo, también lo fue en su devoción por el franquismo. Diplomático de carrera y por tanto funcionario del régimen, lo sirvió sin embargo con su natural indolencia. Tardaba semanas y a veces meses en incorporarse a los destinos, especialmente si eran lugares que le desagradaban o estaban en las chimbambas.

Lo mejor de Foxá, además de su obra, es el rosario de anécdotas que nos ha dejado. Si en una recepción se le ocurría una frase ingeniosa o tenía una ocurrencia con la que zaherir a cualquier engolado idiota que tuviera cerca, la soltaba y le importaba un pito provocar con ello un conflicto diplomático. De las menos conocidas es aquella que cuenta que, entrando Foxá con un amigo en el Gijón (o quizá fuera el Comercial), se le acercó un escritor mediocre, muerto de hambre, a preguntarle qué tal estaba. Foxá adoptó un gesto contrito y le comunicó apesadumbrado que acababan de diagnosticarle un cáncer y le daban tres meses de vida. El desconocido escritor se condolió y dijo sentirlo muchísimo. Una vez se hubo vuelto a su mesa, el amigo que acompañaba a Foxá le recriminó no haberle contado nada de su enfermedad. Foxá le tranquilizó confesándole que era todo mentira y que gozaba de una envidiable salud. Entonces, ¿por qué había mentido? El genial escritor le contestó que siendo aquél pobre y él rico, aquél plebeyo y él noble, aquél un pésimo juntaletras y él un brillante escritor no podría soportar la noticia de que encima estaba bien de salud y le dijo una mentira piadosa con la que hacerle más llevadero el día. Hoy lo tacharían de cruel y altivo y, sin embargo, la anécdota denuncia lo común que en España es ese pecado capital que, a diferencia de los demás, ni siquiera procura placer y sí sólo pesadumbre y angustia, la envidia.

Esa misma envidia que le tienen quienes quieren quitarle la calle porque saben que no se la pusieron por franquista, sino por escribir infinitamente mejor que muchos de los que se llaman escritores en los círculos de la "kultura" izquierdista donde se premia la ideología antes que el talento.

Pero, por si escribir bien siendo de derechas no fuera suficiente pecado, Foxá tiene en su haber uno todavía más grave con el mérito añadido de haberlo cometido después de muerto. Consiste éste en desmentir la fábula en la que se basa la Ley de Memoria Histórica, esto es, que la II República fue un régimen democrático con el que acabaron unos golpistas sin apenas respaldo popular. Y para hacer tal cosa le basta el título de su mejor obra, Madrid, de corte a checa que con sólo cinco palabras describe con rigor historiográfico qué fue exactamente la II República, de donde salió y lo que acabó siendo. Y eso… Eso no se lo pueden perdonar.

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