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Los caminos de la Hispanidad

Los Derechos Humanos se comenzaron a aplicar sobre los antepasados de los que hoy, con diferentes acentos, hablan un idioma al que Unamuno se refirió como "Su Majestad la Lengua Española".

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Detalle del monumento al Descubrimiento de América en la Plaza de Colón de Madrid | yannboix - Wikipedia

En 1531 se publicó en Toledo el Tratado de ortografía y acentos en las tres lenguas principales, obra de Alejo de Venegas, auxiliar de la universidad de la ciudad imperial. Más de cuatro siglos después, el 7 octubre 1944, el semanario madrileño El Español incluyó un artículo de Zacarías de Vizcarra titulado "Origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad". En él, el obispo vizcaíno hizo un recorrido por los orígenes del vocablo Hispanidad y por las festividades organizadas alrededor de tal concepto, así como por los fastos relacionados con otro rótulo ya marcado en su tiempo por la polémica: el de raza. En efecto, don Zacarías se apresuró a aclarar que el empleo de la palabra raza tenía un sentido metafórico. Con raza se apuntaba a un "tipo moral" independiente de los atributos fisiológicos de los individuos pertenecientes un determinado colectivo. Pura ortodoxia católica que nos remite a la exhortación matea: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura".

En su pieza periodística, Vizcarra recuperó un extracto de la obra de Venegas, convertido en el papel prensa en el "bachiller Alexo Vanegas". En el fragmento reproducido aparece Marco Fabio Quintiliano, de quien el autor de Agonía del tránsito de la muerte dijo:

Tan antigua es esta palabra en su sonido material, que la encontramos en el Tractado de Ortographia y accentos del bachiller Alexo Vanegas, impreso en Toledo, sin paginación, el año 1531 y conservado como preciosidad bibliográfica en la Biblioteca de la Real Academia de la Lengua. "De los oradores –dice Vanegas– M. Tull. y Quinti. son caudillos de la elocuencia, aunque no les faltó un Pollio que hallase hispanidad en Quintiliano".

En definitiva, la Hispanidad estaría conectada a los albores de la época cristiana, cuando en la Península Ibérica, transformada en Hispania por el cuño imperial romano, vivían hombres que manejaban con solvencia el latín. Ciudadanos romanos como Quintiliano, nacido en Calagurris Nassica Iulia, la actual Calahorra. Tierras en las que, siglos después, comenzaron a cristalizar los rudimentos del idioma español, una lengua vulgar que, como ocurriera con el latín del que procedía, rodó por las calzadas para, al igual que la sangre de José Arcadio en Cien años de soledad, alcanzar los lugares más recónditos. Una de aquellas vías condujo a Santiago de Compostela, donde Alfonso II el Casto y el obispo Teodomiro supieron encontrar el sepulcro del Apóstol, acaso en la misma cavidad que acogió las reliquias del hereje Prisciliano. En ese eje horizontal, paralelo a una raya fronteriza que se fue desplazando hacia el sur, ganando tierras al Islam, se configuró un proyecto político imperial en el que la Cruz unió a una serie de colectivos a los que el romance ayudó a cohesionar, siglos antes de que gramática fuera publicada en el mismo año en que cayó el reino musulmán de Granada.

Aquel sepulcro no sólo sirvió para tomar distancias con Roma. Quien pretendidamente descansaba en él desempeñó un papel tan providencialista como práctico. A lomos de su caballo, Santiago decantó la batalla de Clavijo y, siglos más tarde, después de dar un salto oceánico, favoreció a la hueste de Hernán Cortés en la batalla de Centla. Santiago Matamoros, aquel caballero que combatía a los infieles en la Península, se transformó en un Santiago Mataindios que hizo lo propio con los idólatras del Nuevo Mundo. La figura del Apóstol ilustra perfectamente a un imperio, el español, en gran medida deudor del mundo al que perteneció ese Quintiliano al que, de forma retrospectiva, se le colgaron ropajes inequívocamente hispanos. Y es precisamente en el análisis de la estructura de aquel imperio cuando aparece una compleja disyuntiva: "Por el Imperio hacia Dios", o "Por Dios hacia el Imperio", fórmula esta última a la que nos acogemos. Una doble perspectiva que también está presente en el artículo de don Zacarías, quien, meses antes de la derrota del último gran proyecto racista, aquel que, apoyado en políticas eugenésicas y duchas de gas zyklon, trató de ajustar a los individuos a un canon, cerró su texto de este modo:

Este mundo nuestro que se derrumba, víctima de luchas raciales y apetitos materialistas, buscará un refugio de paz y fraternidad en las veinte naciones católicas de la Hispanidad, salvadas casi íntegramente del incendio de la guerra y relativamente inmunizadas contra las más peligrosas reacciones de la posguerra.

La Hispanidad Católica tiene que prepararse para su futura misión de abnegada nodriza y caritativa samaritana de los infelices de todas las razas que se arrojarán a sus brazos generosos. La Providencia le depara a corto plazo enormes posibilidades para extender en gran escala su acción evangelizadora a todos los pueblos del orbe, poniendo una vez más a prueba su vocación católica y su misión histórica de brazo derecho de la Cristiandad.

Por eso es necesario estrechar cada vez más los lazos de hermandad y colaboración entre los grupos más selectos de la Hispanidad Católica, prescindiendo de razas y colores mudables, para afianzar más las esencias inmutables del espíritu hispánico.

Para el de Abadiano, hombre de Iglesia al cabo, la Hispanidad sería católica o no sería. Casi ocho décadas después, las circunstancias han cambiado radicalmente debido a la irrupción de un indigenismo alentado por las iglesias evangélicas norteamericanas y su séquito de antropólogos que, con su fomento del empoderamiento de determinados colectivos, por la vía de la religión o de la cultura, operan a favor de la fragmentación de las naciones cantadas por Vizcarra. Un indigenismo que, por otro lado, tiene profundos vínculos con la Iglesia católica, pues a ella se debe la supervivencia de muchos idiomas prehispánicos, salvados del olvido gracias a la labor de los clérigos que confeccionaron gramáticas indianas, cuyo valor no debe ocultar el hecho de el mensaje que se transmitía a través de las lenguas vernáculas incorporaba a aquellas gentes a la Ciudad de Dios al coste, en ocasiones, del alejamiento de las estructuras imperiales.

A pesar de todas estas contradicciones, la realidad de la Hispanidad como parte constitutiva del mundo es un hecho, y no es descabellado pensar que su fortalecimiento, al margen de la expansión de la lengua española en Norteamérica, pueda provenir de aquellas Indias buscadas, ante las que se interpuso un continente inesperado. De esa China para la que, infructuosamente, se buscaron pasos naturales que abrieran una ruta marítima directa como la que buscaba Colón en 1492. Los recientes acuerdos establecidos entre la República Popular de China y la Santa Sede sobre el nombramiento de obispos cristianos, junto a los intereses comerciales de la potencia asiática, podrían operar a favor de esa Hispanidad Católica ensalzada por Vizcarra. Ayer, como hoy, el cruce de caminos entre los intereses políticos y los espirituales puede precipitar cambios trascendentales de los que el tiempo será testigo. Sin embargo, difícilmente estos podrán alcanzar la hondura que los que se derivaron del debate que tuvo lugar en el Colegio de San Gregorio de Valladolid entre 1550 y 1551. En aquella ciudad castellana se prefiguraron los Derechos Humanos, que se comenzaron a aplicar sobre los antepasados de los que hoy, con diferentes acentos, hablan un idioma al que Unamuno se refirió como "Su Majestad la Lengua Española".

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