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La Vendée: un pueblo martirial

La Vendée fue una tierra de cruzados contra una revolución esencialmente anticlerical, pero también fue una tierra martirial. Para los ateos y agnósticos republicanos, la moral de combate de los vendeanos se les hacía ininteligible.

La Vendée fue una tierra de cruzados contra una revolución esencialmente anticlerical, pero también fue una tierra martirial. Para los ateos y agnósticos republicanos, la moral de combate de los vendeanos se les hacía ininteligible.
Cordon Press

Marzo de 1793. En el oeste francés, la comarca de La Vendée, al sur de la Bretaña, se levanta en armas contra la recién inaugurada República Francesa. Este levantamiento campesino y totalmente popular rompe el relato de una revolución al servicio del pueblo. Las causas de tan sorprendente acontecimiento son esencialmente dos: la persecución a la Iglesia católica y la ejecución de Luis XVI. La intención de la República de crear un inmenso ejército reclutando jóvenes de toda Francia es la chispa que prende el incendio. Durante todo ese año se suceden cientos de combates entre dos ejércitos desiguales, el de los campesinos vendeanos y el ejército regular y profesionalizado de los "azules".

Los vendeanos llegan hasta las puertas de Nantes, donde tendrán su primera gran derrota. Luego iniciarán una formidable expedición de cien mil hombres y mujeres, la llamada Virée de la Galerne, atravesando la Bretaña. La intención es provocar una sublevación en la tierra bretona, que no se produce, y llegar a un puerto donde los ingleses puedan desembarcar y ayudarles. Pero no consiguen tomar una población costera y los ingleses ni se dignan aparecer. De regreso a tierras vendeanas, el denominado Ejército Católico y Real es hostigado. Llegando a Le Mans, es diezmado. Sus grandes líderes han caído en combate y toda esperanza humana de victoria se desvanece.

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En octubre de 1793 la época del terror jacobino está en pleno apogeo. Se guillotina a la reina María Antonieta, se decreta la destrucción de Lyon —sublevada contra París— e igualmente se decreta el exterminio de La Vendée hasta convertirla "en un cementerio nacional". Los revolucionarios jacobinos pondrán en marcha el que será conocido como el primer genocidio moderno. Este se producirá en los primeros meses de 1794. El encargado de llevar a cabo tan macabra misión será el general Louis-Marie Turreau. Lanza doce cuerpos de ejército sobre el departamento de La Vendée, que serán conocidos como las "columnas infernales". Desde París se han transportado materiales inflamables para incendiar casas y campos, pero también tienen instrucciones de matar a todos los hombres, mujeres y niños que encuentren.

Las tragedias se suceden. En la población de Lucs-sur-Boulogne son asesinados más de quinientos paisanos, entre ellos 110 niños menores de siete años. Este hecho no es una excepción y se va repitiendo en todas las poblaciones por donde pasan los soldados republicanos. El general Dumas, padre del insigne literato, es destinado a La Vendée y, al contemplar las atrocidades de los suyos, dimite. En Nantes, la Convención ha enviado a Jean-Baptiste Carrier, un sanguinario comisario político. Las ejecuciones en la ciudad se suceden de tal forma que en una canaleta que va de la guillotina al Loira, la sangre no deja de manar. Pero el proceso de eliminación de los enemigos de la República es demasiado lento y pone en marcha los tristemente famosos ahogamientos colectivos. En barcazas con falso fondo se trasladan prisioneros en medio del Loira y se les deja caer en el río donde morirán ahogados.

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Ahogamientos en el Loira

El terror asola toda la comarca. Las mujeres, llamadas despectivamente "surcos reproductores", son especialmente perseguidas y asesinadas. Sus cuerpos son arrojados a hornos para conseguir grasa que luego los revolucionarios comercializarán. Se despellejan los cadáveres y se aprovecha la piel para curtir cueros que se venden a buen precio. Hans Graf Huyn, intelectual y diplomático alemán, ha descrito lo que sucedía:

"Cuerpos vivos de muchachas soportaron el descuartizamiento; se formaron hileras con los niños para ahogarlos en estanques y pantanos; mujeres embarazadas se vieron pisoteadas en lagares hasta morir". Se estaban cumpliendo las consignas de la Convención: "Erradicar de la faz de la tierra a la raza maldita de los vendeanos, por ser impura".

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Tuvo que ser un revolucionario de la época, Gracchus Babeuf —de 1760 a 1797—, considerado el padre del comunismo, quien denunció en un opúsculo titulado Du système de dépopulation en VendéeEl sistema de despoblación en Vendée—, el que definiera la naturaleza de los crímenes cometidos. Denunció la masacre e incluso reconstruyó la cadena de mando para acusar a los responsables. Para conceptualizar el hecho, inventó un neologismo: "populicidio", que vendría a ser el antecedente del concepto de genocidio. Reynald Secher, uno de los que ha recuperado la memoria vendeana, habla de cifras de asesinados que rondan los 200.000 vendeanos sobre una población de 800.000. Ello representaría el genocidio sobre el 25% de la población. Una enorme barbaridad en términos cuantitativos y morales.

La tragedia podía haber sido infinitamente peor, pues ciertos métodos diseñados para el exterminio masivo no se pudieron desarrollar. Un farmacéutico, Joachim Proust, realizó un experimento con una bola llena de "un fermento capaz de volver mortal el aire de toda una región", pero no tuvo éxito. El químico y político Antoine-François Fourcroy, miembro del Comité de Instrucción Pública, propuso utilizar humos tóxicos o gases de arsénico para asfixiar a los rebeldes en sus escondites o cuevas. Tras realizar algunos experimentos con ovejas, se determinó que el método era ineficaz en espacios abiertos y peligroso para los soldados revolucionarios que debían avanzar por esas zonas. Al final se optó por recurrir a los cañones: se encerraba a las víctimas en un edificio, por lo general la iglesia del lugar, y se derribaba a cañonazos.

Una tierra de cruzados

La Vendée fue una tierra de cruzados contra una revolución esencialmente anticlerical, pero también fue una tierra martirial. Para los ateos y agnósticos republicanos, la moral de combate de los vendeanos se les hacía ininteligible. El terrible Turreau describía "la especie de delirio, de embriaguez, que les daban éxitos inesperados". Goupilleau, miembro de la Convención, los acusaba:

"Están de tal modo fanatizados, que no tienen necesidad sino de un pedazo de pan negro y de agua por toda provisión, y así, conducidos por jefes inteligentes, guiados por un furor religioso, no aspirando sino a la gloria del martirio, se precipitan sobre nuestros cañones y sobre nuestras armas. Un gran número perecen, pero a menudo el resto triunfa".

El espíritu vendeano queda resumido en uno de los muchos manifiestos que lanzaron:

"No deseamos la guerra, pero tampoco la tememos. Queremos volver a tener nuestros sacerdotes legítimos y no intrusos, nuestros antiguos párrocos que eran nuestros bienhechores y nuestros mejores amigos, que compartían nuestras penas y preocupaciones, y mediante su piadosa instrucción y sus ejemplos nos enseñaban a soportarlas. Estamos dispuesto a derramar la última gota de nuestra sangre por la religión de nuestros padres. Queremos de nuevo la monarquía, no queremos vivir bajo un gobierno republicano que no trae más que división, confusión y guerra".

Lo que significa la epopeya de La Vendée y su necesidad de tenerla presente en estos tiempos lo recordaba el Cardenal Sarah en una homilía pronunciada en Puy de Fou:

"Todavía hoy, tal vez más que nunca, los ideólogos de la revolución pretenden destruir el lugar natural del don de sí mismo, de la generosidad gozosa y del amor. Estoy hablando de la familia. La ideología de género, el desprecio de la fecundidad y de la fidelidad son los nuevos eslóganes de esta revolución. Las familias son hoy como otras Vendées a las que hay que exterminar. Se planifica metódicamente su desaparición, como se hizo en otro tiempo en la Vendée. (…) En adelante, en el corazón de cada familia, de cada cristiano, de cada hombre de buena voluntad, debe librarse una "Vendée interior". ¡Todo cristiano es espiritualmente un vendeano!"

Javier Barraycoa Martínez es profesor titular de Sociología en la Universidad CEU Abat Oliba. Acaba de publicar El Genocidio de La Vendée y la primera cruzada moderna, donde analiza este episodio tan ocultado en la Revolución Francesa

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