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Federico Jiménez Losantos

La última novela de Willa Cather

Acaba de publicar Impedimenta, 'Sapphira y la joven esclava', la última novela de una de las grandes escritoras norteamericanas de la primera mitad del siglo XX.

Federico Jiménez Losantos
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Acaba de publicar Impedimenta, 'Sapphira y la joven esclava', la última novela de una de las grandes escritoras norteamericanas de la primera mitad del siglo XX.

Acaba de publicar Impedimenta la última novela de una de las grandes escritoras norteamericanas de la primera mitad del siglo XX. Una obra breve, desigual, cuya valoración ha ido cambiando según las caprichosas modas ideológicas de la crítica literaria neoyorkina, pero en la que, a mi juicio, destacan dos trilogías: la épica de O, Pioneers!, The song of the lark y Mi Àntonia; y la lírica de Lucy Gayheart, A lost woman y la recién traducida al español por Alicia Frieyro Sapphira and the slave girl. En medio, como bisagra entre la popularidad y el descrédito, Uno de los nuestros, que fue Premio Pulitzer y coronó su inmensa popularidad entre los lectores norteamericanos pero que fue también el punto en que la crítica izquierdista empezó a criticarla como cosa del pasado, criatura nostálgica incapaz de entender el nuevo realismo –o "realismo socialista"- al que rindieron culto Dos Passos o Hemingway, ídolos sucesivos de la crítica estalinista según su comportamiento, noble o vil, en la Guerra de España. (Hemingway se convirtió en el nuevo Zar Rojo literario, tras el siniestro episodio del secuestro y asesinato de José Robles, traductor de Dos Passos.)

Los ataques de la crítica afectaron mucho a Willa Cather, cuya vida privada –entre su aparente lesbianismo y su obstinada discreción- tampoco le aportó la paz que necesitaba su talento. La fuerza y la facilidad que había mostrado en la trilogía dedicada los pioneros del Oeste desaparecieron. Sin embargo, los tres frutos breves de lo que parece un proceso de desengaño vital e introspección lírica no desmerecen en absoluto su talento literario. Es verdad que entre Pioneros y Lucy Gayheart hay tanta diferencia como entre un drama o una comedia, incluso un soneto, de Shakespeare. Pero entendiendo que, en cualquier género, seguirá siendo Shakespeare.

Lo que el viento no debería llevarse

Sapphira y la joven esclava es, por resumirla hasta caricaturizarla, lo contrario de Lo que el viento se llevó. El Sur del que trata la novela de esta virginiana nacida en Black Creek Valley, donde tiene lugar la trama de esta novela, no es el de las grandes plantaciones, con sus bailes apoteósicos y sus corsés lujuriosamente irrespirables. Es la vida cotidiana de la gente que se gana la vida trabajando duramente en un entorno montañoso y cruel, como la propia gente que habita una naturaleza cautivadora y desaforada.

La novela de Cather me recuerda "Country roads", la canción de John Denver a Virginia del Oeste:

"Almost heaven, West Virginia, / Blue Ridge Mountains, Shenandoah River. / Life is old there / older than the trees, / younger than the mountains / blowing like the breeze. / Country roads, / take me home / to the place / I belong, / West Virginia…"

La vida ahí es más vieja que los árboles, más joven que las montañas y el viento sopla como la brisa, pero ¿a qué lugar pertenece una sureña después de la guerra de Secesión? ¿Puede hacer como que, terminada la guerra y enterrado Lincoln, no existió la esclavitud? ¿Que la mezcla de generosidad y despotismo de un ama con unos cuantos esclavos en un lugar perdido entre los montes no tuvo demasiados testigos como para que aquello fuera algo más que un abuso o un crimen, como para fingir que, simplemente, sucedió?

Sucedió, sí, pero no pasó, porque los momentos morales, en apariencia poco dramáticos pero plenos de significado, en esta historia, sobre todo la sorda lucha de Sapphira y su hija, con el telón de fondo de la liberación o sumisión de la joven esclava Nancy, han creado la propia arquitectura moral de esos seres y su forma de vivir la naturaleza, que tanto en las novelas épicas como en las líricas de Willa Cather es aún más importante que la relación con las personas. En "Lucy Gayheart" y "Una dama extraviada" (Ed. Alba), como en casi todas las obras de Cather, se producen las clásicas oposiciones ciudad/campo, necesidad/libertad, poder institucional/garantía legal. En esta última novela, sin embargo, Cather recurre a algo anterior y más poderoso, aunque más impreciso, que la construcción de una civilización, la norteamericana. Lo resume la hija de Sapphira, la señora Blake, al referirse a la indudable complicidad entre el ama y sus esclavos: "No, no es falso. Ella cree en ello y ellos creen en ello. Pero no está bien –dijo en voz alta-."

"No está bien". Esa tozuda voluntad moral es la que crea el famoso "expreso de noche", en el que blancos y negros de buena voluntad llevaban a los esclavos que querían ser libres del Sur al Norte, arrostrando, tantos libres como esclavos, gravísimas penas. Por eso, como cuenta Paul Johnson en su "Historia del pueblo americano" era inevitable la guerra. Y por eso, transcurrida la guerra y la rapiña de los carpetbaggers y la furia del Ku-Kux-Klan y tantos cambios para volver a algo que sin ser lo mismo no era mucho mejor, cuando ya casi todos los personajes de la historia han muerto y Nancy vuelve al antiguo lugar de su esclavitud, cada cual lleva dentro las cicatrices de una vida imperfecta, dura, oscura, desoladoramente real. No hallaremos aquí las complacencias costumbristas de Eudora Welty, pero sí el genio literario de Willa Cather, recordando el estribillo de una canción que, seguramente, alumbró esta novela: "Abajo, junto al cañaveral, cerca del molino, / vivía una muchacha amarilla. Se llamaba Nancy Till".

Director de Es la Mañana de Federico.

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