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Los giros del lenguaje cotidiano: "Si Dios quiere; muy señor mío"

Los escritores pulquérimos que aborrecen los dichos populares no se percatan de que también ellos recurren a palabras troqueladas por el uso.

Amando de Miguel
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Los escritores pulquérimos que aborrecen los dichos populares no se percatan de que también ellos recurren a palabras troqueladas por el uso.

Es común la apreciación de las personas leídas cuando desprecian el recurso a las frases hechas, los dichos populares, los refranes. El caso más célebre de esa actitud es la del solemne y envarado don Quijote respecto al verbomotor Sancho Panza. Lejos de lograr la conversión de su escudero al lenguaje correcto, al final don Quijote se hace también refranero. La última frase que pronuncia en la agonía es un profundo dicho desengañado: "Ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño".

Los escritores pulquérimos que aborrecen los dichos populares no se percatan de que también ellos recurren sin darse cuenta a las combinaciones de palabras troqueladas por el uso. Solo los grandes poetas son capaces de ligar un adjetivo con un sustantivo de una forma que nadie antes se había atrevido a juntar. Tal alarde de originalidad resulta difícil en la prosa literaria, imposible en el habla corriente.

No hay que despreciar las frases hechas, pero sí conviene averiguar su significación precisa, su origen, los matices que requiere. Aquí solo puedo ir desgranando algunas ilustraciones para gozar de ellas y poder pensar.

Hace poco menos de un siglo, el lingüista alemán Werner Beinhauer estudió a fondo el "español coloquial". Lo sacó de la observación y de los textos de algunos sainetes. Agrupó los giros o frases estereotipadas para abrir o cerrar un diálogo, para expresar fórmulas de cortesía o de afecto.

Asombra la riqueza y profundidad de la investigación, pero también el carácter efímero de muchos giros. Convendría rescatar algunos de los que han perecido sin mucho fundamento. Daré algunos ejemplos para que los libertarios amantes de ese capital gratuito que es nuestro idioma español me provean de material.

Un cambio muy notable en el lenguaje coloquial es el que ha experimentado la voz tío. Hace un siglo poseía un sentido despectivo o por lo menos vulgar, cuando no se refería a una forma de parentesco. También podía tener un sentido afectivo, antepuesto al nombre propio. Mi abuelo paterno fue siempre "el tío Amando", un enunciado cariñoso. Actualmente se ha popularizado en la función vocativa como sustituto de "tú" o del nombre propio, casi como una marca del lenguaje juvenil.

Una de las pérdidas más notables del español coloquial es la de las formas de cortesía, antaño tan frecuentes y ampulosas. Nadie entendería hoy que, a la pregunta de si uno es Fulano de Tal, se contestara "para servir a Dios y a usted". La sustitución de "yo" por "servidor" o "servidora", antaño tan frecuente, solo se emplea hoy de manera humorística.

Ha casi desaparecido la fórmula cortés que encabezaba antes las cartas formales: "Muy señor mío". Antes era obligada. Ahora los correos (electrónicos) se encabezan con un aburrido "hola".

Se encuentra en franca decadencia la cautela de "si Dios quiere" (en latín Deo volente) para acompañar a un suceso futuro deseado. Por lo general, las alusiones a Dios y a los santos, antes tan frecuentes en nuestro idioma, se van erosionando. Incluso se ha logrado lo que intentaron los republicanos en la Guerra Civil y no pudieron conseguir: la supresión del "adiós". Ahora se ve sustituido por el descolorido "hasta luego" o "chao".

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