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El maniqueísmo atrabiliario

Morán es implacable con el diario 'El País', "parodia del intelectual colectivo", pero no por las razones que justificarían un veredicto lapidario

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Pablo Iglesias anunció, en el acto de presentación de las autoridades de Podemos, que su partido se proponía "abrir el candado del 78" y "acabar con el régimen de la Transición" (El País, 16/11/2014). Gregorio Morán estuvo de parabienes. Le reveló a Voz Pópuli (6/12/2014) que era indulgente con Podemos:

Me pilla ya muy mayor, pero en una sociedad como ésta, si no existiera Podemos habría que inventarlo.

Aunque añadió que no los votaría, "porque no creo en eso". Entonces, ¿en qué cree Morán? Es imposible deducirlo de la lectura de El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados. Cultura y política en España 1962-1996 (Akal, 2014), pero lo que queda patente es aquello en lo que no cree. No cree en la Transición, ni en los hombres que la protagonizaron, ni en las ideas que la nutrieron ni en las instituciones que se asentaron sobre sus cimientos. Arremete contra todo ello en su libro y lo hace, en buena parte, con argumentos ad hominem, o sea denigrando a quienes participaron en ella, tanto en la vertiente cultural como en la política. A su juicio, la Transición no fue más que un "comedero" (pág. 714) para un hatajo de trepadores desprovistos de escrúpulos, que encarnaban un muestrario de todas las debilidades, vicios y extravagancias que corrompen al género humano. Esta fobia a la Transición y sus frutos, entre los que sobresalen la Constitución, la monarquía parlamentaria y la alianza con los países democráticos de Occidente, explica la afinidad de Morán con Podemos.

Manos ocultas

En mi artículo "Morbo para intelectuales" (LD, 9/1) me ocupé de la andanada de difamaciones ad hominem que Gregorio Morán descarga en las más de 800 páginas de su libro. Es hora de abordar el contexto político, donde exhibe sin afeites su maniqueísmo atrabiliario. Según Morán, la Transición y sus secuelas estuvieron contaminadas por los genes conservadores, clericales o franquistas de quienes la planificaron y la pusieron en marcha. Genes que, sin embargo, no inmunizaron a algunos de sus poseedores contra la tentación de sumarse a las corrientes más insensatas del extremismo radical… de las que oportunamente se zafaban para ingresar en el "comedero".

Manos ocultas corrompían las iniciativas precursoras. En junio de 1962 (pág. 64)

nació esa reunión entre las fuerzas que no eran "el Régimen" -pero que lo habían sido-, los que nunca lo fueron y los que después de pasar por el cedazo de quienes se dedicaban a esas cosas, podían asegurar que tampoco habían sido penetradas (sic) por el Partido Comunista. Una kermesse heroïque que pasaría a la historia como el "Contubernio de Munich".

Recuerda Morán que el 10 de junio de 1962 el editorial de Arriba, "diario oficial por antonomasia", definió la reunión de Múnich como una

reconciliación de traidores [reunidos para] atar a nuestra Patria al carro del capitalismo, de la masonería y el comunismo.

Pero Morán nos abre los ojos: aquel Congreso fue un instrumento del ubicuo imperialismo norteamericano, que estaba preparando el terreno para cuando terminara el ciclo franquista. Lo financió el Congreso por la Libertad de la Cultura, apéndice de la CIA. Y sus figuras sobresalientes como Salvador de Madariaga o José María Gil Robles sólo cumplían un papel decorativo. El personaje clave para la CIA era Dionisio Ridruejo (pág. 73):

Nadie que conociera su trayectoria y sus reiteradas declaraciones podría tener la más mínima duda sobre supuestas afinidades con el comunismo. Ridruejo fue un demócrata tardío, pero un anticomunista precoz. (…) Eso sí, la cuenta de gastos generales corría por parte del Departamento de la CIA norteamericana dedicado a la Libertad de la Cultura.

Nunca es tarde para enlodar la memoria de aquel demócrata liberal modélico en que se convirtió Ridruejo, hurgando en su pasado. Un pasado que Ridruejo describió en páginas magistrales y que Morán sintetiza con su típica malevolencia (pág. 203):

Los servicios de información de los EEUU y sus diversos canales de fundaciones y tapaderas, tardarán en descubrir que su liberal preferido, su hombre en España, no puede ser otro que Dionisio Ridruejo. Por su valor físico, por su capacidad de convicción, por su dignidad… ¿Pero cómo explicar a un norteamericano que desembarcó en Playa Omaha -Normandía, 1944-, o a su padre, da lo mismo, o a su sobrino, que su hombre de convicciones democráticas para la lucha antifranquista y por tanto antifascista, el hombre sin una mota de pecado comunista, ha sido el mismo que representó la esperanza española de Goebbels y Himmler en Rusia, condecorado por ellos e invitado de honor para la invasión del III Reich a la Unión Soviética?

Morán se encarniza con todos los favorecidos por el mecenazgo de la CIA, que fueron muchos. En octubre de 1963, las mismas manos ocultas patrocinaron el debate Realidad y Realismo en la Literatura Contemporánea, donde la prestigiosa novelista norteamericana Mary McCarthy y su colega "apátrida" (sic) Manès Sperber fueron los agentes encargados de controlar y manipular a la incipiente oposición antifranquista, encabezada por José Luis López Aranguren y José Bergamín (págs. 199 y sigs.).

Inventario de miserias

Saltemos cientos de páginas del inventario de miserias que registra el texto de Morán y comprobaremos que si las iniciativas opositoras que germinaron durante la dictadura fueron vulnerables a intereses bastardos, los frutos que ellas dieron en la Transición, siempre a juicio del autor, fueron francamente deleznables. Sentencia Morán (pág. 484):

Cuesta imaginar lo que es una historia intelectual de un país donde muchos apuestan por derribar una dictadura que acabará adoptándolos a ellos, después de que renunciaran a conseguir aquello por lo que llevaban peleando décadas. (…) Una vez que se entrevé el vacío en que puede quedar el sistema, ante lo que amenaza con llegar y convertirse en realidad, se produce un apretón y ajuste de filas y corrimientos de escala, que refuerzan el conservadurismo y van acercando las posiciones de los más radicales hacia la condición sumisa de colaborador. Se radicalizan incluso en las sumisiones.

Morán es implacable con el diario El País (págs. 541-583), "parodia del intelectual colectivo", pero no por las razones que justificarían un veredicto lapidario: no por la línea editorial adicta al progresismo frívolo que encarnan personajes como Juan Luis Cebrián e Iñaki Gabilondo, trufada de complicidades con los nacionalismos vasco y catalán y empecinada en negar las realidades sociales y económicas y el choque de civilizaciones, sino precisamente porque se puso al servicio de la Transición y no se convirtió en el abanderado de la ruptura. Recuerda que el diario fue la criatura de Manuel Fraga Iribarne y Pío Cabanillas, financiada con la fortuna que Jesús de Polanco acumuló gracias a los favores de la dictadura, en cuyo aparato de propaganda se había fogueado el dúctil Cebrián. Allí estaban, además, Julián Marías, el citado Aranguren, Pedro Laín Entralgo y Ricardo de la Cierva. Una combinación representativa del país real que emprendió el difícil camino de la Transición. Hoy sólo le aportan un resto de dignidad firmas como las de Mario Vargas Llosa, Fernando Savater, Francesc de Carreras, Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Ignacio Vidal-Folch, Enrique Krauze, Jorge Edwards o Valentí Puig, que seguramente irritan a Morán.

Abomina Morán, asimismo, de la conmemoración de los 50 años del Congreso de Intelectuales Antifascistas por la Libertad de la Cultura que se celebró en Valencia en 1937, porque los excomunistas emigrados al PSOE lo han transformado (pág. 661)

en una denuncia del estalinismo, de sus compañeros de viaje y del papel del comunismo en su historia y muy especialmente durante la Guerra Civil. (…) Ahí reapareció Jorge Semprún, mitad símbolo mitad leyenda de la lucha clandestina comunista frente al franquismo, convertido ahora en una auténtica vedette del pensamiento socialdemócrata.

Arbitrariedad indecorosa

Morán exhibe una arbitrariedad indecorosa para justificar sus fobias y descarga sobre Semprún, con manía inquisitorial, todo el peso de su árbol genealógico (pág. 663):

Hijo de un católico rico -Semprún Gurrea- y de una dama que resumía toda la gran derecha de la Restauración que ni siquiera Cánovas alcanzó a ver. Descendiente ella de don Antonio Maura y del señor Gamazo, tan olvidados y tan eficaces en los resultados, caciques modelo de la primera Restauración borbónica, que se hubieran sentido en su salsa en esta segunda. Bastante más sencilla, cómoda y hasta barata.

Más adelante, la andanada de insidias que Morán dispara contra los intelectuales que, sin abjurar de su izquierdismo, apoyaron la entrada en la OTAN y tomaron partido por Occidente no tiene límites (págs. 709-720). Esta reseña sí los tiene y aquí termina.

Al libro de Gregorio Morán se aplica la definición que él asesta, con su incorregible soberbia (pág. 423), a La prodigiosa aventura del Opus Dei, de Jesús Ynfante:

El más patético de los panfletos.

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