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Elegía por la juventud perdida

El mallorquín José Carlos Llop publica Reyes de Alejandría, una novela o libro de memorias, situado en los años 70, cuando el franquismo agonizaba.

Los Libros: Reyes de Alejandría Es la Mañana de Federico

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El mallorquín José Carlos Llop  publica Reyes de Alejandría, una novela o libro de memorias, situado en los años 70, cuando el franquismo agonizaba.
Portada de Reyes de Alejandría | Alfaguara

José Carlos Llop (Palma, 1956) es un buen escritor mallorquín, que cultiva varios géneros (poesía, novela, ensayo) y es muy leído en Francia. En esta sección recomendé, hace algún tiempo, su libro París: suite 1940, un informe ficcionalizado sobre un oscuro episodio biográfico de César González Ruano.

Acaba de publicar Llop Reyes de Alejandría (un título tomado del poema de Cavafis), una novela o libro de memorias, situado en los años 70, cuando el franquismo agonizaba, en dos ciudades - y media- : su Palma natal y la brillante Barcelona de aquellos años (la misma a la que ha dedicado Federico Jiménez Losantos La ciudad que fue: Barcelona, años 70), vistas las dos desde el Barrio Latino de París.

El relato posee dos claras perspectivas: la personal y la colectiva. Por un lado, la "educación sentimental" y moral de un joven escritor, que pasa en muy poco tiempo de los Jesuítas al Partido (el Partido Comunista, claro) y quiere ser "moderno", en una España que él siente anclada en el pasado. Su biografía está hecha, sobre todo, de poesía y de música. A eso se unen los amigos, que intentaban "inventar la vida"; los encuentros eróticos, contados con un lirismo desgarrado que me recuerda algo al Umbral de A la sombra de las muchachas rojas y La bestia rosa; siempre, la búsqueda de una nueva estética. El tono es el de una "elegía", como las de Rilke; una "búsqueda del tiempo perdido", como la de Proust: "Guardo en las papilas olfativas el aroma a vainilla de aquel tocadiscos, mi madalena fragmentada" (p. 49).

Por otro lado, se nos ofrece el retrato de una generación, la de los hijos de los que habían ganado la guerra, marcada por algunos hitos: la ejecución de Puig Antich; la entrada de la droga; la moda astrológica; María Schneider y su Último tango; el asesinato de Aldo Moro; como cierre trágico, el sida.

La Palma de Mallorca que el autor evoca es una ciudad mediterránea, alejandrina, con ecos de Lawrence Durrell. La Barcelona en la que luego vive es la de Leopoldo Panero y La Orquesta Platería; la de Ocaña y Juan Goytisolo; la de Pau Riba y Ferrater, "nuestro Pavese"; la de Sisa, Boadella y Cardín (el amigo de Federico Jiménez Losantos). En resumen, "nuestro París pobre".

Este viaje tiene dos caminos: la poesía y la música. Sueña LLop con ser poeta, comenta sus lecturas, sus guías permanentes: Ezra Pound, Walt Whitman, Pavese, T.S. Eliot, Rilke. Junto a ellos, muchos más, en una cantidad que puede abrumar al lector no experto. Y, con los poetas, los cineastas (la nouvelle vague, Hitchcock, Greta Garbo, Von Stroheim) y los artistas plásticos (Botticelli, Ucello y El Bosco al lado de Cornell, Calder, Max Ernst y Paul Klee).

Autorretrato sentimental

Cualquier aficionado al cine recuerda la escena de Mannhattan en la que Woody Allen da una lista de las cosas, por las que, en su opinión, merece la pena vivir: Groucho Marx, Louis Armstrong, Flaubert (La educación sentimental), Sinatra, las manzanas de Cézanne, Marlon Brando... y el rostro de la jovencísima Tracy. En una línea semejante, José Carlos LLop se extiende mucho más, dedica toda la página 29 y la mitad de la 30 a enumerar lo que ama: objetos raros, actrices, prendas de vestir, paisajes, ropa interior y partes del cuerpo femenino, olores, sonidos... Todo un autorretrato sentimental.

Pero lo que más importancia tiene –y más espacio ocupa, en el libro– son las referencias musicales del mundo anglosajón, más o menos cercano al rock-and-roll: ante todo, Bob Dylan, siempre escucha "Like a Rolling Stone", antes de ponerse a escribir (p.48); los Rolling, Bowie, Hendrix, Lou Reed, Frank Zappa, Santana, Leonard Cohen, Joan Báez, Neil Young, Clapton, Crosby Still and Nash, James Taylor, etcétera. También cita a Domenico Modugno, Serrat, Amalia Rodrigues, Moustaki, Françoise Hardy, Lucio Battisti, Rahvi Shankar; con algo de provocación, a las Grecas ("Te estoy amando locamente" era "el compás de los días"); a Lole y Manuel ("Cuando siento tus ojos de madrugá") y hasta a Camilo Sexto. Mucho más limitadas son las referencias a la música clásica: sólo un poquito de Chopin, Chaikovsky, Mahler, Satie y Stravinsky.

Sería fácil decir que este libro se compone de bastante sexo, un poco de drogas y muchísimo rock and roll.

El recuerdo lo embellece todo

¿Cuál es la razón de que se mencione tanta música? "Yo no escuchaba música; yo era la música que escuchaba. Vivía en ella como ella vivía en mí... No había ocurrido nunca que la música usurpara el lugar de cualquier otro lenguaje" (p. 51). Esa pasión iba unida a la otra: "La poesía, al fin, otra clase de música" (p.34).

El recuerdo, obviamente, lo embellece todo: "Si tuviera que asociar un momento de mi vida a la felicidad, sería a esos días, semanas, meses, cuando todo era posible y nada había empezado ni se había torcido aún" (p. 20). "No llegó a una década pero fue una época prodigiosa" (p.12). ¿Cuál no lo ha sido, vista desde la nostalgia? Es el viejísimo, eterno tema del paraíso perdido: "Cuando fuimos expulsados del Paraíso, esa música sería su memoria, la constatación de que el Paraíso había existido alguna vez" (p. 51). "Se canta lo que se pierde", sentenció don Antonio Machado.

Pero el narrador escribe desde hoy, sabe por experiencia que "todo paraíso se paga, que todo paraíso incuba el mal, la serpiente y el árbol de la ciencia. Que todo paraíso acaba expulsándote" (p.34). Odiaba, entonces, hasta alguna prenda de vestir "que ahora llevo tan satisfecho" (p. 35). Es una historia que siempre se repite, aunque el narrador le dé un valor único, el de "una generación que quiso cambiar el mundo y acabó refugiada en el solipsismo" (p. 175). ¿Es muy cínico pensar: como todas las generaciones?

Referencia cultural

Hoy en día, José Carlos LLop ve muy claro que "la izquierda ortodoxa mantenía abierto día y noche un tribunal inquisitorial de la cultura, que años más tarde adoptarían la progresía y el nacionalismo, como si la cultura fuese algo de su exclusiva propiedad" (p. 101). Y anota una serie de trágicos finales, que , unidos, cobran un valor simbólico: Roland Barthes, Nicos Poulantzas, Althusser, Lacan, Deleuze...

A muchos lectores les alejará tanta referencia cultural; a otros, en cambio, les atraerá. En todo caso, lo que salva este libro es su lirismo, la calidad poética de su prosa. Desde la cubierta, un jovencísimo Bob Dylan nos sigue mirando, detrás de sus gafas oscuras, llevándose el cigarrillo a la boca, pensando Dios sabe en qué...

Cita LLop una hermosa letra de Charles Trenet (que ya usó Truffaut en Besos robados): "Que reste-t-il de nos amours?" Algunas de sus frases pueden ser el mejor resumen de este libro: "Pienso en los días lejanos... ¿Por qué han volado?... ¿Qué queda de todo esto?" Se despide con otra canción: "Bye, Bye, Love". Y yo recuerdo una más, "ForM ever young": un sueño imposible.

José Carlos LLop: Reyes de Alejandría, Madrid, ed. Alfaguara, 2016, 181 págs, 17’90 euros. ISBN: 978-84-204-1366-2.

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