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Todos matamos a Michael Jackson

¿Quién mató a Michael Jackson?, de Paul Morley, es una crítica lúcida y amarga sobre la sociedad yonki de los mass-media y las redes sociales.

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¿Quién mató a Michael Jackson?, de Paul Morley, es una crítica lúcida y amarga sobre la sociedad yonki de los mass-media y las redes sociales.

En el sexto episodio de la octava temporada de South Park, titulado "Los Jefferson", Michael Jackson mata al niño Kenny estampándolo contra el techo mientras juega con él. La serie de Trey Parker y Matt Stone no muestra al cantante como un pederasta; sí lo retrata como a un inmaduro demente y, hasta cierto punto, monstruoso. Cuando los padres de Stan descubren al autor de "Beat It" en la cama con unos críos, este se defiende así: "Yo no tuve infancia, así que soy como un niño. ¡Hala, ya está!". Acto seguido, compra el silencio de los adultos entregando un billete de cien dólares a cada uno.

En ¿Quién mató a Michael Jackson? Cómo la sociedad crea y destruye ídolos (Sexto Piso, 2019), el periodista musical Paul Morley (Stockport, Inglaterra, 1957) escribe al respecto:

Toda esta metida de pata con tu infancia y adolescencia, la atrofia de tu desarrollo natural, el bloqueo de la pubertad y el control macabro sobre tu energía juvenil como parte de un riguroso plan profesional te condujo a sentir durante el resto de tu vida una punzante necesidad por estar rodeado de niños. (…) Te alimentaste de su inocencia y de su pureza, un recordatorio de lo que te habían arrebatado violentamente, niños a los que se les permitía comportarse como niños, en busca de lugares seguros, lo cual condujo a otros problemas y a un embrollo de asuntos diversos y a que a esos niños no se les permitiera comportarse como niños ni encontrar en absoluto un lugar seguro.

Si en el episodio de South Park es el sargento Yates quien acusa al artista de pederasta porque, como buen policía, debe enchironar a un negro rico, Morley sostiene que fue la sociedad en general y, sobre todo, los medios de comunicación y las redes sociales, quienes sentenciaron a Jackson, colgándole el cartel de "culpable mientras no se declarara que estaba muerto". El periodista musical implica al periodista, al espectador, al internauta –las biopsias de las búsquedas de Google y de las reacciones en Twitter a la muerte del cantante son un festival de sentimentalismo barato y/o humor negro– y al fan "en cuanto consumidores y suscriptores" de un tipo/producto que llevó su originalidad demasiado lejos: "Ayudar a que Jackson sobreviva al desastre de su perdición y reconstruirle como artista triunfante nos ayuda a nosotros a sentirnos limpios y a reorganizar la historia, nos absuelve de nuestra responsabilidad a la hora de permitir que se haya dado ese lamentable proceso de desintegración".

En este sentido, Morley no sólo santifica al Rey del Pop, sino que lo señala, en parte, como instigador del pogromo mediático contra sí mismo: "Su actitud fue la de quien se dice ‘si quieren que esté loco, van a ver lo que es la locura’". El autor señala que la trayectoria profesional de Jackson se desbarra tras el lanzamiento de Thriller: tras su éxito atómico, el músico pasa a ser el famoso; su mayor preocupación no serán los discos y las canciones, sino convertirse en un freak, en un ser "tan célebremente raro como cualquier otro famoso bicho raro que haya vivido o que vaya a vivir en nuestro planeta". "A partir de ese momento –escribe Morley–, la vida de Jackson iba a estar cada vez menos relacionada con la música, (…) en cambio, estuvo más y más relacionada con su cuerpo, y con su rostro, y con sus obsesiones".

Además, Morley destaca el instinto y el hambre del Jackson artista, hace un análisis musical del ya citado Thriller, casi canción a canción, y subraya el papel de los tipos que lo pulieron, como Gamble y Huff y, en especial, Quincey Jones, su mejor compadre artístico y quien lo moldeó como una criatura sublime de estudio de grabación.

En definitiva, ¿Quién mató a Michael Jackson? es un chupito –el libro no llega a las 200 páginas– reflexivo de aguardiente placentero e inflamable sobre la sociedad yonki de los mass-media y las redes sociales; un espejo del Callejón del Gato de un artista originalísimo e inigualable, y una crítica lúcida y amarga sobre el auge y la caída de un ídolo (auto)concebido por y para las masas y al que, quizá, como apuntaba Kyle en South Park, lo único que le hizo falta en su vida fue madurar.

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Michael Jackson, en 'South Park'

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