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José Jiménez Lozano: La lección del maestro

Homenaje a José Jiménez Lozano, un español que ha demostrado de sobra su pertenencia a esa estirpe literaria y moral que, según algunos, deriva directamente de la enseñanza cervantina.

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Homenaje a José Jiménez Lozano, un español que ha demostrado de sobra su pertenencia a esa estirpe literaria y moral que, según algunos, deriva directamente de la enseñanza cervantina.
Jiménez Lozano, en una imagen de archivo. | Cordon Press

A pesar de todo lo que he escrito sobre José Jiménez Lozano, confieso que preferiría no haber tenido que hacerlo en este artículo. Me cuesta mucho trabajo referirme a él con la frialdad del crítico que pasa revista a la vida de un autor, por mucha importancia que tenga en las letras españolas, como es el caso. Preferiría hacerlo como una lectora admirativa, a la que él ha explicado y abierto tantos mundos, y, sobre todo, como una amiga que tuvo la alegría de tratarle con cierta asiduidad y de ser correspondida, me consta, por su atención y su afecto. De ahí, mi impresión de orfandad, pues a las personas a las que se quiere mucho y se admira, no se puede aceptar ni concebir que vayan a morirse jamás. Y eso es lo que me ha ocurrido con él en estos momentos amargos, cuando nos lo arrebató "la señora Aquella, la que transforma todo nombre en pretérito" como escribía en un poema Gastón Baquero: yo le creía inmortal y le quería eterno.

Por eso voy a limitarme a reproducir una serie de apuntes sobre su obra:

La idea que tienen algunos de José Jiménez Lozano está rodeada de equívocos. Para empezar, suelen creer que es vallisoletano, cuando nació en Langa (Ávila), dato ciertamente irrelevante pues lo que importa es otra cosa, pero conviene explicarlo por ciertas afinidades que hacen las personas maliciosas entre las identidades regionales y los premios, sobre todo cuando se trata del Cervantes y "tocaba" escritor español, como fue el caso cuando se lo dieron en 2002. Más acertada es su reputación de "solitario de Port-Royal", como llamaban en Francia, en la segunda mitad del siglo XVII, a aquellas "señoras y señores" que vivían austeramente cerca de la abadía de ese nombre. Según la leyenda, Jiménez Lozano había convertido su casa de Alcazarén (Valladolid) en un Petit Port-Royal, una especie de fortaleza-refugio donde vivía dedicado a sus filosofías o pejiguerías, como diría él mismo, lo cual, sin ser falso del todo, tampoco era totalmente cierto.

Jiménez Lozano a través de toda una vida de intenso trabajo, ha ido configurando una obra de una coherencia absoluta en la que prevalece una intención ética, tanto en el sentido moral como filosófico y ha conseguido formular bella y eficazmente el desasosiego y la inquietud por el destino de la humanidad y su herencia, seriamente amenazados. Él pertenece a una raza poco común de escritores en los que sin duda pensaba Canetti al escribir en sus Apuntes esta anotación:

Él escribió, escribió y escribió hasta que la puerta del infierno se abrió ante él. Entonces siguió escribiendo allí tranquilamente bajo penalidades y torturas.

No sólo ha sido novelista, también fue ensayista, memorialista, periodista y, por mucho que lo negara cuando se lo preguntaban, poeta. No es frecuente que una vocación cunda tanto ni que se realice con tanta honestidad y sinceridad el trabajo de escritor o "escribidor", como él prefería llamarse. Vale la pena ver en qué consiste eso de ser escritor.

"Escritor –dice José Jiménez Lozano– es alguien que escribe y que, en su escritura, logra sacarnos de nuestra vida diaria y hacernos vivir otras vidas, andar por otros mundos, pensarnos y repensarnos, y nos asoma al fulgor de la hermosura, al otro lado de la realidad que nosotros no queremos o no podemos ver."

Permítanme, que me detenga en ese hacernos vivir otras vidas, porque es lo que, sin duda, la mayoría de los lectores buscamos, no sólo para conocer a través de los libros experiencias que no se nos alcanzan, sino para contrastar y asimilar mejor las nuestras y despertar anhelos que quizás dormitaban en el cajón de sastre de nuestra memoria. También leemos para hacernos mejores, más abiertos, para completarnos y complementarnos, y –otra vez recurro a las palabras de Jiménez Lozano– porque "un texto literario se lee, desde luego, buscando allí otras vidas que la propia pequeña vida, o mares y océanos, y para ver y oír historias de hombre, y sobre todo una casa para ampararnos" que es lo que él consiguió perfectamente.

Nietzsche decía que para un libro es suficiente un lector e incluso ninguno, y Jiménez Lozano parece suscribirlo por completo, incluso se diría que no busca lectores, sino que prefiere encontrarlos. Pues bien, somos muchos los que nos hemos acogido a sus libros y hemos quedado subyugados por la certera descripción de alguna realidad artística o paisajística de Castilla o de la lejana Flandes, o los que, a través de sus ensayos sobre los judíos y los moriscos en España, hemos aprendido a comprender mejor lo que significa la palabra tolerancia. Muchos, asimismo, los que, en sus novelas, en sus cuentos o en sus poemas, hemos encontrado todo el dolor y toda la alegría del mundo contenidos en una remota e insignificante aldea o en una tranquila ciudad de provincias, porque, como él dice:

"¿qué historia humana hay que no sea memorable? ¿y qué lugar del mundo no tiene su memorable historia?".

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Por eso sus personajes más grandes son los humildes, los inconformistas y los desatendidos. Blas Cívicos, el simple de espíritu de Las sandalias de plata; El maestro Huidobro, que en aras del saber se niega a pasar por el aro de la moderna pedagogía; Constancia y Clemencia, las elegantes y cultivadas señoritas de Las señoras, que se toman tan en serio el mundo que se ponen sus convencionalismos por montera; Jonás, el más pequeño de los pequeños profetas de la Biblia y su extraño viaje, o la entrañable Sara de Ur. Todos están descritos con piedad, con naturalidad, todos hablan a nuestros corazones de hoy con palabras de siempre. Sin olvidar la ironía, una ironía constante y clemente, una ironía que se aprende en la mejor escuela, la de la lectura.

Milan Kundera escribió una vez que el novelista no tiene que rendir cuentas a nadie, excepto a Cervantes. Siendo esto cierto para cualquiera, lo es aún más cuando se trata de un español que, como Jiménez Lozano, ha demostrado de sobra su pertenencia a esa estirpe literaria y moral que, según algunos, deriva directamente de la enseñanza cervantina, contenida en dos aspectos: humildad e ironía. Humildad, porque como él mismo señalaba, la hay más en ser docto que doctor, e ironía porque es el arma más sutil de la inteligencia, la que esgrimen los espíritus mejor dotados ante el exabrupto de la Historia.

Y, para terminar, me permito reproducir un correo, que a duras penas he podido rescatar de unos archivos electrónicos (ese invento moderno que envejece a cada año):

De: José Jiménez Lozano

Para: Julia Escobar

Enviado: sábado 15 de septiembre de 2001

Te escuché por la radio, y, como te temías y se vio enseguida no pudiste llegar al texto de Hölderlin. Mi alusión a la tecnología era más bien en el sentido de que es una filosofía según la cual se mira al hombre o al mundo y que se rige por las solas normas de lo eficaz, y tanto está en el cerebro atacante como en la más sofisticada defensa, lo demás no importa. Eso queda encubierto en el artículo, `pero los griegos no podían adivinar que se considerase al hombre u al mundo como mera res extensa manipulable y agotable en toda su realidad por la técnica. Pero ¿cómo haces un discurso así en un periódico?

Cierto que los viejos libros ya lo saben todo, pero se ve que la glosa debe ser interminable. Estuviste absolutamente precisa a propósito de Hölderlin. A veces he pensado si se haría el loco para vivir en paz. En fin, no debemos terminar locos, necesitamos estar lúcidos para los tiempos que corremos. El drama de san Agustín fue comprobar que Roma se venía abajo, pero a nosotros se nos hunden muchos más siglos de civilización. Parece imposible, pero lo estamos viendo.

En fin, también necesitamos la paz y la alegría de dentro. ¿Cómo si no viviríamos?

Hace una noche fría, otoñal, pero preciosa; y ya se alzaron Las Pléyades. ¡Buen descanso!

¡Buen descanso, Pepe, en esa gloriosa paz y eternidad tan merecidas!

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