Menú
Rosa Belmonte

Hombres con abrigo de piel

Edward Gorey medía 1.80 y solía llevar largos abrigos de pieles y zapatillas Converse.

Rosa Belmonte
0
Edward Gorey medía 1.80 y solía llevar largos abrigos de pieles y zapatillas Converse.
Edward Gorey. | Gtres

La reciente publicación de ¡Qué absurdo! (Impedimenta), biografía ilustrada de Edward Gorey, me ha traído a la memoria los hombres con abrigo de piel. Vale que lo hemos visto como una extravagancia de otro tiempo en esa foto del rey Juan Carlos con el presidente kazajo, Nursultán Nazarbáyev, en 1998. Porque ya sabemos, como decía Lorenzo Gomis, que la política presente se hace con hechos pasados. La política, la actualidad, lo que sea. Que te regala tu anfitrión un abrigo de leopardo de las nieves y no te lo vas a poner para la foto. Ahora, en ese caso hay que dar la razón a Pamela Anderson, furibunda partidaria de PETA: un abrigo de piel te hace gordo. Gorda. También dice que si te llueve con uno puesto hueles a perro mojado. Pero, vaya, cualquier persona que salga a la calle con un abrigo de piel o unos zapatos de ante si va a llover no merece ni que le dejemos bajar nuestra basura.

Si tiramos de fotos antiguas también damos con un disco en alemán de Julio Iglesias, ‘Ein Weichnachtsabend mit Julio Iglesias’. Lleva un abrigaco que parece Gladiator en Germania. Pero un abrigaco de cuerpo entero, no la piel que Russell Crowe lleva en la chepa. Una cosa clara como de Lina Morgan. De Encarna Sánchez. Es verdad que no es el único abrigo de piel que le hemos visto a Julio Iglesias. Pero los otros eran oscuros. Discretos. Se le ve con Sydney Rome (que sí lleva uno blanco). O con un perro, que lleva el suyo además de un jersey. Rappel también es un hombre con abrigos de pieles. Y Leonidas Breznev. Famosa es su foto con Gerald Ford en 1974 en Vladivostok. Pero el abrigo que lleva Breznev es el de Ford. Se lo estaba probando a ver cómo le quedaba. La pinta de Ford por las calles con esas pieles y el gorro ruso sí que era razón para reírse de él en ‘Saturday Night Live’ como tantas veces hizo Chevy Chase por cualquier cosa.

Edward Gorey (1925-2000) fue uno de los escritores e ilustradores más peculiares. Un tipo singular. Y no sólo por sus tétricos y divertidos libros.  Los pequeños macabros (“La F es de Fanny, completamente succionada por una sanguijuela”), La bicicleta epipléjica, El jardín maléfico, El curioso sofá, La niña desdichada o La pareja abominable (una pareja que sólo disfruta matando niños). Gorey medía 1.80 y solía llevar largos abrigos de pieles y zapatillas Converse. Pero los abrigos no le hacían gordo. Era una figura alargada y fantasmagórica como las que él mismo dibujaba.

Como dice María Vela Zanetti en Maneras de no hacer nada, el buen gusto es el reducto de lo improbable, de lo muchas veces imposible. Un vaso de plata para el agua de Vichy, un aroma pasado de moda, una hora para el oporto y no otra. No sé si un abrigo de pieles entra ahí. Creo que sí lo era en el caso de Edward Gorey. Y acabó con él. Tampoco estamos en los tiempos de Una chica afortunada, cuando a Jean Arthur le cae encima un abrigo desde una ventana. Un abrigo de piel, para hombre o para mujer, es un objeto con el que se puede ir a Horcher. Bajarte del taxi, entrar y subir la pequeña escalera hacia una zona segura. Porque ya saben que hay gente violenta con las pieles. Y, mira, no contra el cuero. Claro, es más fácil acosar a viejas ricas que a una pandilla de moteros.  

En Cultura

    0
    comentarios

    Servicios