Menú

Moncho, el gitano del bolero, cumple 75 años

En 2011 celebró su medio siglo en los escenarios. Moncho, el único calé que sepamos ha triunfado en este género, no tiene rivales.

0
En 2011 celebró su medio siglo en los escenarios. Moncho, el único calé que sepamos ha triunfado en este género, no tiene rivales.
Moncho | Cordon Press

El bolero es el género musical probablemente más romántico de todos, cuyo nacimiento unos investigadores sitúan en 1883 y otros dos años después. Yo mismo he revuelto bibliotecas, escuchado testimonios al respecto para escribir un libro de inmediata salida al mercado: Bolero de amor. De lo que no hay duda es acerca de quién creó el primer bolero de la historia: un sastre cubano llamado Pepe Sánchez, titulado "Tristezas". Después son miles y miles de creaciones las que existen, imposibles de cifrarlas siquiera con un número aproximado.

El bolero tuvo su expansión en España a partir de los años 40 y gozó de su mayor popularidad hasta al menos dos décadas más tarde. Aunque nunca dejó de escucharse, pese a las novedades en ritmos diferentes que fueron surgiendo.

Elegir hoy en día al mejor intérprete español de boleros no nos ofrece duda alguna: Moncho. La elección no es de ahora, pues ejerce su magisterio desde hace alrededor de medio siglo. Se llama Ramón Calabuch Batista, nacido en el barrio barcelonés de Gracia el 26 de julio de 1940. Cumple, pues, setenta y cinco años. Es un hombre jovial, cortés, sencillo, bienhumorado… Con una preciosa voz. Muy cálida. Y sabe interpretar ajustadamente cada historia llevada al bolero, con sus amores, con sus desengaños, dudas, celos e incomprensiones sentimentales. Con personalidad propia, aunque haya bebido en el estilo del mejor bolerista, el chileno Lucho Gatica y tenga también algo de esa pulsión melodramática de Olga Guillot, aunque se contenga más que ella hacía y no llegue al exceso.

Vino al mundo Moncho en el seno de una modesta familia de raza gitana: su padre trabajaba en la Compañía Catalana de Gas. Y él mismo, de chico, se empleó como aprendiz en una empresa de artes gráficas, de retocador. En su barrio se escuchaba mucho flamenco en fiestas populares. Y en las casas. Pero a él le dio por los boleros. Me contó, cuando lo conocí: "Me embelesaba escuchando a Lorenzo González en los típicos entoldados de Barcelona, con las Fiestas Mayores". Lo llamaban "el fill del Ramón del Gas", en alusión al oficio paterno. Corría el año 1957 cuando tuvo que aguantar otro mote, "El Ciclón Cubano", que no le gustaba nada. Fue porque entró a cantar en una orquesta muy apreciada entonces, la del maestro Ramón Evaristo, quien alentó al novel intérprete y le endilgó tal apodo, reconociendo con ello que cantaba muy bien los boleros caribeños. "Sabor a mí" y "Encadenados" fueron los dos primeros que salieron de su garganta.

Al año siguiente, mientras animaba como vocalista bailes domingueros y recorría algunas emisoras barcelonesas, Moncho se prendó de una joven bonita, planchadora de profesión, que respondía al nombre de Lolita. Le duró aquella fiebre cuatro años porque ella era muy celosa y quería que él le dedicara todo el tiempo posible y no se fuera a cantar a los salones cada domingo. Pronto el cantante encontró quien curara sus penas, Nuri; ésta resultó más celosa todavía. Sus quejas estaban más justificadas. Y es que Moncho actuaba ya a diario en muy prestigiosas salas de la capital catalana y sus admiradoras ya eran docenas.

En 1968 tenía grupo propio, anunciándose Moncho y su Wawancó Gitano. Por entonces grabó su primer disco, uno de cuatro canciones. Y un año después, su primer elepé de boleros, ya con una docena de piezas. Donde reúne números inolvidables como "Voy a apagar la luz", "Cuando estoy contigo", "Inolvidablemente", "Esperaré"… Ya era conocido como "El rey del bolero". Hasta algunos críticos reconocieron que cantaba muchísimo mejor que Armando Manzanero. Lo cuál era, y es evidente. Y a partir de 1970 su popularidad se dispara, se presenta en Madrid, hace gira por otras capitales y ya se siente reconocido a nivel nacional.

Por lo común, en toda su carrera, aunque estrenara algunas canciones propias, procuró llevar en su repertorio una selección de los mejores boleros tradicionales. Y no erró en eso. Porque uno piensa que, en ese género, ya se ha escrito lo mejor. Que se sepa, en los últimos veinte, treinta años, no ha habido autores importantes –si exceptuamos al mentado Manzanero y algún otro- que hayan conseguido superar las creaciones del ayer, me refiero a cinco, seis o siete décadas atrás. Y nuestro personaje siguió sumando admiradoras, hasta caer en las redes de Mari, con quien contrajo matrimonio en Madrid el año 1971.

Pero ocurrió algo muy propio del mejor bolero: al mes de aquella boda, actuando en una sala de baile que estaba en los bajos del hotel Meliá-Madrid, en la calle de la Princesa, llamada "Bombín", se fijó en una mujer que no dejaba de mirarle, completamente extasiada, mientras él desgranaba las notas de "Propiedad privada". Aquella joven volvió más de una noche. Se conocieron. Luego ella fue a Barcelona y volvieron a verse. Acabaron el año viviendo juntos en un piso del barrio donde había nacido Moncho. Y, claro está, su matrimonio con Mari, se fue al garete. Aquella compulsiva admiradora, Concepción Fraile, sería su mujer definitiva. Hasta la muerte. Ella se convirtió en su pareja inseparable y hasta hizo las veces de "mánager". Pudieron casarse civilmente en 2005, después de treinta y cuatro años de vida en común. Lástima que en 2011 ella se fuera de este mundo víctima de una parálisis cerebral progresiva.

Moncho fue a Cuba en varias ocasiones. En la primera se llevó un chasco al improvisar un bolero con unos versos de José Martí. Y eso no gustó. Pero cuantas otras ocasiones ha vuelto a La Habana le han sido reconocidas sus grandes facultades de bolerista. Allí se conocen buena parte de sus discos. Estuvo ocho años sin grabar por problemas con su editora. Lo resolvió a principio de los años 90 cambiando de firma. Vendrían sus colaboraciones con Serrat, Alejandro Sanz, Ketama, Mayte Martín, Lolita, Miguel Poveda, Niña Pastori, Tamara… Grabó con la Orquesta Sinfónica de Londres en otra ocasión. En 2011 celebró su medio siglo en los escenarios. Me dijo un día: "No imito a nadie. El bolero hay que saber decirlo". Y él continúa, en cierto modo ajeno a las modas musicales, a las veleidades del mercado discográfico. Porque el bolero no pasará de moda. Y Moncho, el único calé que sepamos ha triunfado en este género, no tiene rivales.

En Cultura

    0
    comentarios

    Servicios

    • Inversión
    • Seminario web
    • Podimo
    • Tienda LD