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Miguel Rellán se reinventa en 'Novecento'

Una historia bien contada, que emociona y hace reír gracias sobre todo al gesto, la palabra y la mirada de Miguel Rellán. Sin ninguna distracción.

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Una historia bien contada, que emociona y hace reír gracias sobre todo al gesto, la palabra y la mirada de Miguel Rellán. Sin ninguna distracción.
Miguel Rellán en 'Novecento'

Resumiendo mucho, Novecento consiste en un señor que te cuenta una película, en concreto, La leyenda del pianista del océano, de Giuseppe Tornatore. Sería un resumen injusto por muchas razones, entre ellas que es la película la que está basada en el monólogo, del novelista italiano Alessandro Baricco, y no al revés. Pero sería injusto sobre todo porque el señor es Miguel Rellán.

El argumento lo conocerán quienes hayan visto el film: es la historia del mejor pianista de jazz de todos los tiempos, Danny Boodman T.D. Lemon Novecento; un niño que nació en un barco y que jamás se bajó de él, que fue abandonado al nacer y adoptado por un marinero, que sin profesor alguno adquirió una asombrosa técnica al piano y que en un momento dado traba una gran amistad con un trompetista, un músico que sabe que no es excepcional, y que terminará fracasando en la vida. Y que nos cuenta esta preciosa fábula sobre la amistad, la admiración y el miedo a vivir.

A los seres humanos siempre nos ha fascinado que nos cuenten historias. Desde los niños que esperan que sus padres les lean el cuento para dormir a los adultos que acudimos a espectáculos con el explícito nombre de cuentacuentos. Somos una especie que siempre ha transmitido sus enseñanzas vitales a través de historias, y aunque hayamos ido complicando la forma de expresarlas, una buena historia siempre será capaz de emocionarnos o de hacernos reír, siempre y cuando esté bien contada. Baricco y su adaptador, Raúl Torres, garantizan lo primero. Rellán, lo segundo. Y de qué manera.

Para un cinéfilo con una conversión tan tardía como la mía al teatro, Novecento refleja las virtudes y los defectos de esta forma de expresión artística. No existe decoración ni música, detalle problemático cuando ésta es una de las grandes protagonistas de la obra; tan sólo un hombre con un traje arrugado y una corbata mal puesta, y la sutil disminución de la luz al final de la obra, cuando el nudo en la garganta ha alcanzado ya unas proporciones difíciles de lidiar, hasta quedar casi en penumbra. De modo que sólo existe el gesto, la palabra y la mirada de Miguel Rellán, sin ninguna distracción. Y el resultado es que de la película sólo echas de menos la música de Morricone. Y porque es imposible no echar de menos la música de Morricone, así, en general.

La historia que nos cuenta el trompetista Max Tooney es, cuando lo piensas, bastante inverosímil. Pero eso lo piensas después, porque durante la hora y media de representación pensarías que el hombre ha llegado a Marte si te lo cuenta Miguel Rellán con la misma convicción con que ha encarado este papel. De modo que te crees que Novecento fue realmente su amigo, y que por mucho que haya fracasado en la vida, al menos puede decir que conoció al pianista más grande de la historia. Y el espectador, sin escuchar una sola nota, también termina con la sensación de que lo conoció, a su modo. Porque así es el poder de una historia bien contada.

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