
L D (EFE)
A partir del viernes, en el campo sur de Oaklands Hills en Bloomfield Hills (Detroit, Michigan) y con dos españoles en liza -Sergio García y Miguel Ángel Jiménez- los doce mejores golfistas estadounidenses, dirigidos por el veterano Hal Sutton, tienen la misión de devolver ese trofeo, pequeño en tamaño pero de enorme simbología, a un país necesitado ahora, más que nunca, de actos heroicos que enaltezcan el espíritu patriótico y supuestamente integrador.
Ese deseo callado de alzar por vigésima octava ocasión en la historia la Copa que creó Samuel Ryder en 1927, ha gestado desde The Belfry, y durante dos largos años, una atmósfera de revancha que se escenificará en el populoso e importante distrito de la ciudad de Detroit, la meca de la industria automovilística norteamericana. Ocurrió algo similar en la edición de 1999 en Brookline. Europa, bajo la batuta de Severiano Ballesteros, vapuleó dos años antes en Valderrama´97 (España) a un encopetado conjunto americano, que se presentó en el aeropuerto de Málaga a bordo del desaparecido pero majestuoso e intimidatorio Concorde .
Dos años después, en la citada edición de Brookline´99, el volcán revanchista entró en erupción en la última jornada dominical, en los partidos de individuales, y escupió su magma sobre el partido decisivo que enfrentaba a José María Olazábal con Justin Leonard. El equipo europeo recuerda todavía con temor la invasión del green del hoyo 17, por un público enardecido y rezumando vapores de alcohol. ¿Habrán aprendido la lección los responsables de velar por la seguridad y el respeto a las normas de cortesía?
Quizá el mayor celo por preservar la seguridad tras el 11-S por parte de las autoridades norteamericanas y el anuncio de que no se expenderá alcohol en el campo dejen en una pesadilla irreproducible aquellos sucesos de Brookline que ayudaron decisivamente a la victoria local. Sutton, el capitán estadounidense, es consciente de la importante tarea que recae sobre sus hombros. El momento, sin embargo, es delicado para los intereses del equipo norteamericano. Tiger Woods, de por sí poco dado al juego en equipo, ha cedido la supremacía mundial que ejerció en el último lustro y, como consecuencia lógica, ha perdido parte de su halo intimidatorio en los campos de golf.
Otros hombres fuertes como Davis Love III -quien no destaca desde el mes de marzo- y Mickelson -último campeón del Masters- presentan dudas en cuanto al estado de forma, y consumados golfistas como David Toms y Jim Furyk se han mostrado en la presente temporada excesivamente irregulares. El primer problema para Sutton, al igual que para su homólogo Bernhard Langer, será acertar con los emparejamientos de los dos primeros días de competición, en los que el juego se distribuirá en partidos de dobles bajo las modalidades de foursomes (golpes alternativos) y fourballs (cuatro bolas, puntúa la mejor). La presencia de cinco debutantes por equipo, más la falta de parejas estables, obliga a ambos capitanes a hurgar en la psicología de cada jugador para fabricar parejas con parecida química, la clave para que el mejor golf fluya por el campo.
En Europa se confía para a esa labor en el alemán Langer, un hombre meticuloso y calculador, a quien le costó aceptar el cargo para dirigir al equipo pero que hace meses asumió plenamente el cargo de jefe de las operaciones. Precisamente, la asunción del cargo por parte de Langer desbarató su fructífero dúo junto al escocés Colin Montgomerie, el más veterano de su equipo es estas lides aunque haya tenido que ser reclutado por invitación. También, la presencia del norirlandés Darren Clarke debilita el tándem que formaron con éxito en The Belfry Sergio García con Lee Westwood, por el buen acoplamiento del inglés con aquél.
Dado que Miguel Ángel Jiménez y García no fabrican buenas migas, Langer deberá solucionar su particular puzzle. En esa misma tesitura se encuentra Sutton. En el supuesto de que ambos capitanes no se equivoquen, la sentencia real del compromiso entre estadounidenses y europeos la dictarán, como ha ocurrido en las últimas ediciones, los doce partidos dominicales cuerpo a cuerpo.
Ese deseo callado de alzar por vigésima octava ocasión en la historia la Copa que creó Samuel Ryder en 1927, ha gestado desde The Belfry, y durante dos largos años, una atmósfera de revancha que se escenificará en el populoso e importante distrito de la ciudad de Detroit, la meca de la industria automovilística norteamericana. Ocurrió algo similar en la edición de 1999 en Brookline. Europa, bajo la batuta de Severiano Ballesteros, vapuleó dos años antes en Valderrama´97 (España) a un encopetado conjunto americano, que se presentó en el aeropuerto de Málaga a bordo del desaparecido pero majestuoso e intimidatorio Concorde .
Dos años después, en la citada edición de Brookline´99, el volcán revanchista entró en erupción en la última jornada dominical, en los partidos de individuales, y escupió su magma sobre el partido decisivo que enfrentaba a José María Olazábal con Justin Leonard. El equipo europeo recuerda todavía con temor la invasión del green del hoyo 17, por un público enardecido y rezumando vapores de alcohol. ¿Habrán aprendido la lección los responsables de velar por la seguridad y el respeto a las normas de cortesía?
Quizá el mayor celo por preservar la seguridad tras el 11-S por parte de las autoridades norteamericanas y el anuncio de que no se expenderá alcohol en el campo dejen en una pesadilla irreproducible aquellos sucesos de Brookline que ayudaron decisivamente a la victoria local. Sutton, el capitán estadounidense, es consciente de la importante tarea que recae sobre sus hombros. El momento, sin embargo, es delicado para los intereses del equipo norteamericano. Tiger Woods, de por sí poco dado al juego en equipo, ha cedido la supremacía mundial que ejerció en el último lustro y, como consecuencia lógica, ha perdido parte de su halo intimidatorio en los campos de golf.
Otros hombres fuertes como Davis Love III -quien no destaca desde el mes de marzo- y Mickelson -último campeón del Masters- presentan dudas en cuanto al estado de forma, y consumados golfistas como David Toms y Jim Furyk se han mostrado en la presente temporada excesivamente irregulares. El primer problema para Sutton, al igual que para su homólogo Bernhard Langer, será acertar con los emparejamientos de los dos primeros días de competición, en los que el juego se distribuirá en partidos de dobles bajo las modalidades de foursomes (golpes alternativos) y fourballs (cuatro bolas, puntúa la mejor). La presencia de cinco debutantes por equipo, más la falta de parejas estables, obliga a ambos capitanes a hurgar en la psicología de cada jugador para fabricar parejas con parecida química, la clave para que el mejor golf fluya por el campo.
En Europa se confía para a esa labor en el alemán Langer, un hombre meticuloso y calculador, a quien le costó aceptar el cargo para dirigir al equipo pero que hace meses asumió plenamente el cargo de jefe de las operaciones. Precisamente, la asunción del cargo por parte de Langer desbarató su fructífero dúo junto al escocés Colin Montgomerie, el más veterano de su equipo es estas lides aunque haya tenido que ser reclutado por invitación. También, la presencia del norirlandés Darren Clarke debilita el tándem que formaron con éxito en The Belfry Sergio García con Lee Westwood, por el buen acoplamiento del inglés con aquél.
Dado que Miguel Ángel Jiménez y García no fabrican buenas migas, Langer deberá solucionar su particular puzzle. En esa misma tesitura se encuentra Sutton. En el supuesto de que ambos capitanes no se equivoquen, la sentencia real del compromiso entre estadounidenses y europeos la dictarán, como ha ocurrido en las últimas ediciones, los doce partidos dominicales cuerpo a cuerpo.