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Óscar Tabárez, el 'maestro' del milagro uruguayo cuya fórmula de éxito nadie puede copiar

Uruguay, un país de 3,5 millones de habitantes,  ha estado presente, como mínimo, en los cuartos de final en 3 de los últimos 4 mundiales. 

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Tabárez dando instrucciones en un partido del Mundial | EFE

Uruguay repite milagro. Un país de tan solo 3 millones y medio de habitantes vuelve a estar entre las ocho mejores selecciones del mundo. De las últimas cuatro citas mundialistas, la celeste estuvo, como mínimo, en cuartos de final en tres de ellas. Nadie en el mundo del fútbol saca tanto partido a sus escasos recursos, tanto estructurales como financieros –hay 79 países más pujantes económicamente–. Su fórmula del éxito no se puede copiar y eso lo saben bien en la extinta Unión Soviética. En 1970, entrenadores y científicos rusos, llegaron a Uruguay después de que la selección charrúa eliminara a la poderosa URSS del Mundial de México de ese mismo año. Tras meses y meses de investigación, y a pesar de utilizar las doctrinas de espionaje y observación minuciosa propias de la extinta Unión Soviética, no fueron capaces de descifrar la fórmula del éxito: "No sabemos qué es lo que hacen. No sabemos cómo lo hacen. El fútbol uruguayo es un milagro".

En Uruguay, el fútbol es una religión. Cuando juega la selección, se paraliza el país. La celeste, que une a todos a pesar de las diferencias sociales y económicas, es su mayor motivo de orgullo. Tal es la obsesión por el fútbol, que se dice que al nacer un uruguayo no llora, sino que grita gol. Aunque sea a nivel amateur, por norma general, todo el que ha jugado al fútbol con un uruguayo quiere tenerlo siempre en su equipo y jamás en contra.

El 'maestro'

Óscar Washington Tabárez, que lleva 12 años dirigiendo a la celeste, es una de las grandes culpables del milagro uruguayo. Es el líder de la selección y vuelve a destacar en un torneo grande. Con 71 años y 3 meses, se ha convertido en Rusia en el segundo entrenador más veterano de la historia en sentarse en un banquillo mundialista, solo superado por el alemán Otto Rehhagel, que en Sudáfrica 2010 dirigió a Grecia con 71 años y 10 meses.

Adaptado a la realidad de su país –es el seleccionador que menos cobra de los 32 que comenzaron el Mundial–, las palabras de Tabárez sobre la importancia que tiene para todo Uruguay el Mundial de Rusia, ponen la piel de gallina:

"Este junio, no es un junio cualquiera. En este mes nos jugamos el futuro de nuestros jóvenes. Es la oportunidad para cumplir con lo prometido, y meter el gol más importante: darle a nuestros jóvenes mejores condiciones de estudio, poner a la educación pública en las mejores ligas de los ranking internacionales. Es el momento de cumplir con lo prometido y llegar al 6% del PBI para la Educación Pública".

Su capacidad para transmitir y enseñar es innata. Óscar sacó el título de maestro en el Instituto Normal de Montevideo y ejerció durante varios años, en los que dividía su tiempo entre libros y libreta. A pesar de tener que abandonar la docencia para centrarse en el fútbol, jamás ha dejado de lado su gen de profesor. Tabárez, resalta las enormes dificultades que deben pasar los maestros uruguayos: "La mala alimentación de los estudiantes, la falta de estímulos y motivación, la falta de materiales didácticos para trabajar, las dificultades de aprendizaje, la sobrepoblación, y ante todo la falta de reconocimiento de esta labor tan importante para construir una sociedad mejor".

La coherencia de sus palabras, el compromiso con su país y la pasión que muestra al dirigir, le hacen ganarse el cariño y el respeto de sus futbolistas. Por ello, cada tarea que les manda, la cumplen a rajatabla. Y es que, además de la teoría, la práctica es muy importante. En su calidad de docente, Tabárez les deja deberes a sus pupilos. Analizar partidos y rivales. Los jugadores uruguayos reciben un vídeo con sus intervenciones del partido anterior, en la que se destaca lo bueno pero también lo malo. En su WhatsApp tienen un vídeo y un gráfico con estadísticas para que ellos mismos evalúen su desempeño y saquen conclusiones. Esta información sobre cada elemento del plantel sirve de complemento para la posterior charla técnica. Uruguay tiene al mismo equipo de videoanalistas trabajando por el tercer Mundial consecutivo, por lo que han sabido aprovechar al máximo la medida de la FIFA que permitir analizar y comunicar, en tiempo real, las acciones de un partido desde cualquier parte del estadio con el banquillo. La cohesión entrenador-plantel es una de las claves del éxito.

Además, el maestro aplica a rajatabla su mejor lección. "Querer, creer y hacer todo lo que esté a tu alcance para conseguir el objetivo". Óscar quiere, cree y hace lo posible y lo imposible por llenar de sonrisas a sus compatriotas. Hace dos años, a Tabárez le diagnosticaron una compleja enfermedad. El síndrome de Guillain-Barré. Una neuropatía crónica que afecta al sistema nervioso y provoca pérdida de movilidad de brazos y piernas. Un trastorno que sufren 47 personas de cada 100.000.

Se trata de un trastorno neurológico autoinmune en el que el sistema inmunitario del cuerpo ataca a una parte del sistema nervioso periférico, la mielina, que es la capa aislante que recubre los nervios que, por esto, no pueden enviar las señales de forma eficaz y los músculos pierden su capacidad de responder. En Rusia ha sorprendido ver a Tabárez apoyándose en un bastón –a veces utiliza una muleta–.

En Rusia, el técnico uruguayo, al menos, ha podido desplazarse por su propio pie a los banquillos. Y es que hace dos años, en la Copa América del Centenario,disputada en Estados Unidos, lo hacía en un carrito mecánico.

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El arrojo con el que el técnico afronta la enfermedad refuerza aún más su liderazgo en la selección. Ante la dificultad, Tabárez se crece. Ese es otro de los factores que explican el milagro uruguayo. Conseguir, incluso de la enfermedad, una virtud. Es la magia uruguaya. No traten de copiarlo. Como decían los soviéticos, "no tiene explicación".

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