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El Real Zaragoza, rehén de una gestión fallida: López Lobete arruina las cuentas y Mariano Aguilar hunde al equipo

El club, penúltimo en la Liga de Segunda, parece haber emprendido un viaje al abismo sin billete de vuelta. La afición está de uñas.

El club, penúltimo en la Liga de Segunda, parece haber emprendido un viaje al abismo sin billete de vuelta. La afición está de uñas.
Mariano Aguilar, consejero del Real Zaragoza, y Fernando López, director general del club. | EFE

Hay muchas formas de destruir un club histórico. Algunas son rápidas y traumáticas; otras, más silenciosas, se ejecutan despacho a despacho, balance a balance, fichaje a fichaje. El Real Zaragoza, uno de los grandes nombres del fútbol español, principal club deportivo de la cuarta ciudad más poblada de nuestro país, se encuentra hoy atrapado en esta segunda categoría: la del derrumbe institucionalizado, prolongado en el tiempo y sin visos de solución alguna.

Este agujero negro en el que se encuentra sumido la entidad maña tiene nombres y apellidos con dos figuras clave: Fernando López Lobete, director general del club encargado del área económica, y Mariano Aguilar, responsable deportivo cuya planificación, bastante discutible, ha dejado un equipo sin estructura, sin rumbo y en caída libre hacia la Primera RFEF después de estar en el pozo de Segunda División desde 2014.

Sobre ellos y sus decisiones pesa, además, la sombra de Joseph Oughourlian —presidente de Prisa, fundador de Amber Capital y eje financiero del proyecto— y de un consejo de administración cuyos reflejos ante la crisis han sido, cuando menos, tibios. Nadie discute el olfato de Oughourlian para los negocios ni su capacidad estratégica. Pero el fútbol no se gestiona como un fondo de inversión, y el Real Zaragoza no es un activo abstracto que se pueda pilotar a golpe de confianza personal.

El espejismo de las promesas y la pesada realidad de las cuentas

El empresario francés con raíces armenias y libanesas, que está a punto de cumplir los 54 años —próximo 15 de febrero— entró en el club en abril de 2022, a través de su fondo Amber Capital, con un 6% del accionariado, que sumado al 44,1 por ciento de su amigo y asesor Pablo Jiménez de Parga le permitió controlar el consejo de administración. A partir de ahí, la gestión fue externalizada —de facto— a viejos conocidos del Atlético de Madrid, con Miguel Ángel Gil Marín como padrino en la sombra. El resultado ha sido devastador en estos últimos cuatro años.

La historia reciente del Real Zaragoza no se entiende sin recordar su conversión en Sociedad Anónima Deportiva el 25 de junio de 1992, obligada por la Ley del Deporte tras años de despilfarro. Aquella ley pretendía poner orden, exigir rigor contable y evitar quiebras. Eran las épocas de vacas gordas en el club con Alfonso Solans Serrano y, posteriormente, su hijo Alfonso Solans Solans a la cabeza. Los dueños de Pikolin se jactaban de éxitos como la Recopa de 1995, ganada con el milagroso gol de Nayim al Arsenal desde el centro del campo, o las tres últimas Copas del Rey conquistadas por el club (1994, 2001 y 2004). Eran los equipos del Zaragoza en los que había jugadores como Gustavo Poyet, Pablo Aimar, los hermanos Diego y Gabi Milito, David Villa, Ewerthon, Cani, el Toro Acuña, Andoni Cedrún o el propio Nayim, por citar algunos nombres.

Pero todo cambiaría en mayo de 2006, cuando el constructor Agapito Iglesias adquirió —con el apoyo incondicional del Gobierno de Aragón, encabezado por el socialista Marcelino Iglesias— el 85 % de las acciones del club a Alfonso Solans. El Zaragoza pasaría a convertirse desde entonces en foco permanente de problemas económicos, tensiones políticas y muchísimo desgaste personal, además de protagonizar numerosos problemas con la Justicia (caso Plaza, caso Peter Luccin, el amaño del Levante-Zaragoza…). Lo que nadie imaginó entonces es que aquella salida con Agapito Iglesias, vista por muchos como un mal menor, marcaría el inicio del declive más escalofriante en la centenaria historia del club.

Repitiendo los errores del pasado

Dos décadas después del inicio de la era Agapito, el Real Zaragoza vuelve a caminar por el filo de la navaja, demostrando que la legislación sirve de poco cuando quienes mandan no creen en ella o la bordean con peligrosa naturalidad.

A día de hoy, las cuentas anuales del Real Zaragoza se han convertido en un ejercicio de contabilidad creativa que debería encender todas las alarmas en LaLiga de Javier Tebas. El consejo presidido por Jorge Mas, actual máximo responsable institucional de la entidad zaragocista, ha aprobado año tras año unos balances que reconocen expresamente la existencia de asientos contables que no cumplen la normativa vigente. Y aun así, se firman, se ratifican y se normalizan.

Un director general sin mando ni eficacia

Diez millones de euros explican buena parte del problema. Según explica a Libertad Digital el investigador deportivo Luis Serrano, la revalorización de los terrenos de la Ciudad Deportiva por 10.610.091 euros, heredada de anteriores propietarios, incumple el Plan General de Contabilidad. No es un detalle técnico, sino que se trata de un agujero maquillado que distorsiona la imagen fiel de la sociedad. Un "gran pufo" que falsea la realidad económica del club y que explica por qué, a pesar de los discursos triunfalistas, el Zaragoza sigue en números rojos y al borde del abismo deportivo.

No hay que olvidar que Jorge Mas, antes de tomar el control, prometió que "al Real Zaragoza nunca le faltaría el dinero" y que "lo mejor está por llegar". Hoy, Mas no pisa la capital de Aragón, no concede entrevistas a los medios locales y ni siquiera pudo presidir telemáticamente la última Junta General de Accionistas. Desde el soleado estado de Florida, donde disfruta del escaparate global de Leo Messi y el Inter Miami, el Zaragoza parece poco más que una molestia lejana.

Pero si la situación económica es alarmante, el panorama directamente es terrorífico en el plano deportivo. Después de 24 jornadas disputadas, el equipo es penúltimo en LaLiga Hypermotion y el riesgo del descenso a Primera RFEF está más latente que nunca. Bajar a la tercera división y perder el estatus de profesional, sería todo un drama para el Real Zaragoza.

El club sigue sujeto al convenio de acreedores aprobado tras el concurso de 2012, heredado de la era Agapito Iglesias y que contempla la suspensión de pagos en caso de descenso. Sin embargo, dicho convenio no incluye las deudas adquiridas a partir de julio de 2022 bajo la actual multipropiedad. En definitiva, un descenso reabriría el escenario de la liquidación.

El propio consejo de administración lo reconoce en sus documentos oficiales. Si el Zaragoza no puede cumplir el plan de pagos en Primera RFEF, la sociedad se vería obligada a ejecutar la Ley Concursal. Y hay tres factores que hacen prácticamente inviable la supervivencia: la incapacidad para generar beneficios, las inversiones comprometidas en infraestructuras y la inexistencia de un plan estratégico creíble tras el convenio de acreedores.

La cifra es demoledora: 22 millones de euros en créditos fiscales por pérdidas acumuladas. Si el club no genera beneficios futuros, esos créditos se perderían, aumentando automáticamente la deuda en otros 22 millones. Todo ello con los ingresos de un equipo de tercera categoría del fútbol español. Un suicidio financiero perfectamente anunciado.

Mariano Aguilar, o cómo destruir un proyecto deportivo

Y mientras las cuentas se incendian, en lo deportivo el Zaragoza vive otro desastre paralelo. Mariano Aguilar, consejero responsable del área deportiva, ha construido una plantilla sin alma, sin criterio y sin nivel competitivo, donde los nombres de Kenan Kodro, Dani Gómez y Raúl Guti estacan sobre jugadores de poco fuste. Fichajes erráticos (Valery Fernández, Paulino de la Fuente, Willy Agada…), planificación chapucera y una política deportiva propia de un club improvisado, no de una entidad centenaria que aspira a regresar a Primera División.

El resultado está a la vista: un equipo instalado en puestos de descenso con solo 22 puntos de 72 posibles (cinco victorias, siete empates y 12 derrotas), sin identidad, sin proyecto y sin margen de reacción. Cada temporada empieza con discursos huecos y termina con el mismo miedo: caer un peldaño más. Aguilar ha sido incapaz de dotar al Zaragoza de una estructura deportiva sólida, y su pasado en el Atlético de Madrid no ha servido para trasladar ni una mínima cultura de exigencia.

Ausencia de liderazgo visible

La combinación es letal: López Lobete controla una economía desordenada, opaca y sostenida sobre artificios contables; Mariano Aguilar dirige un proyecto deportivo fallido; y Jorge Mas, presidente nominal, observa desde la distancia, ausente del día a día y desconectado de la realidad social del club. Todo ello bajo la mirada de Oughourlian, que parece haber confundido la lealtad personal con la buena gestión.

El Real Zaragoza no está simplemente en crisis: está secuestrado por una forma de gobernar que ha perdido el contacto con la ciudad, con su afición y con el propio sentido común. El desorden y la anarquía se han instalado en la dirección del club, mientras la historia y el escudo se devalúan partido a partido.

La pregunta ya no es si este modelo funciona —porque no funciona—, sino cuánto más puede resistir el Zaragoza antes de emprender un viaje al abismo sin billete de vuelta. La ruina económica y el hundimiento deportivo no son accidentes, sino más bien consecuencias. Y tienen responsables claros con nombres y apellidos.

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