
Hoy en día, en un fútbol más mercenario y desarraigado que nunca, abundan los jugadores cuya carrera ha conocido 10,12, 15 o incluso mas colores, pero a mediados del siglo pasado, con un concepto más romántico del deporte y mecanismos jurídicos como el ‘derecho de retención’, que atornillaban a los artistas a un club casi de por vida, no eran tan habituales los cambios de zamarra. Por eso llama poderosamente la atención la trayectoria de José María Vidal Bravo, campeón de Europa e Intercontinental, amén de internacional absoluto, mientras militaba en el Real Madrid, pero incansable viajero a través de nuestra geografía futbolística, e incluso por otras latitudes, sin echar raíces en ninguna parte.
Canterano madridista
Vidal era natural de la capital de España, donde había nacido el 6 de mayo de 1935, en el castizo barrio de La Latina, de padre catalán y madre bilbaína. Estudió en el Colegio Hispano-Francés y comenzó a jugar al fútbol en un equipo próximo a su domicilio, el Bailén, de la calle homónima. En 1950, con quince años, pasa a formar parte de los juveniles del Real Madrid tras superar las correspondientes pruebas. Pero en un entrenamiento sufrirá una grave fractura de cúbito y radio, que detiene en seco su progresión. En casa le prohibieron la práctica del fútbol y estuvo un tiempo fuera de la circulación. Sin embargo, el gusanillo fue más fuerte y sus buenas notas ayudaron a su regreso a los terrenos de juego.
Actuaba habitualmente como extremo, tanto por la izquierda como por la derecha, a las órdenes de Moleiro, que había militado en el conjunto merengue la década anterior, siendo con posterioridad ayudante del sempiterno Miguel Muñoz. El conjunto Juvenil del Real Madrid va a proclamarse campeón de Castilla y de España en la temporada 52-53, derrotando en la final al Barça después de dos encuentros acabados en empate, gracias al mayor número de córners lanzados, un criterio que hoy nos puede resultar extraño. Y en su delantera figuraba también otro futbolista con buen futuro: Ramón Marsal.

Rosario de cesiones
Con 18 años cumplidos, Vidal firma su primer contrato como profesional con la entidad blanca, y al mismo tiempo comienza la carrera de Ciencias Químicas. No obstante, entrar entonces en el primer equipo madridista era una utopía, y por lo tanto a mediados de la temporada 53-54 va a ser cedido a la Unión Deportiva Salamanca —ciudad universitaria, al fin y al cabo—, que trataba de evitar el descenso a Tercera División, aunque finalmente no lo conseguiría.
Reintegrado al Madrid, será prestado de nuevo, en esta ocasión al Real Zaragoza, también en Segunda, con el que tampoco consigue el ascenso. Y en la campaña 55-56 vivirá su tercera cesión, aunque esta vez no tendrá que salir de la capital, pues su destino es el Plus Ultra, igualmente en la Categoría de Plata, oficioso filial madridista, y en el que se encuadra tras disputar algunos amistosos vestido de blanco. Y nuevamente conocerá las hieles del descenso.
Sur y sudeste
En ese momento, 1956, va a desvincularse del Real Madrid, que le traspasa al Granada, ¡también en Segunda! (al parecer Ipiña, ex jugador merengue y secretario técnico dijo en su informe que era "un extremo miedoso"). Pero en el conjunto nazarí llegará su eclosión definitiva. Los de Los Cármenes consiguen el ascenso a Primera y Vidal es uno de los más destacados, moviéndose por la punta izquierda del ataque, como extremo o interior.

Entonces llega el momento de la mili y se va, de nuevo cedido, al Atlético de Ceuta, donde cumplirá sus deberes para con la Patria, como se decía en aquella época. Es en el conjunto de la ciudad norteafricana donde retrasará finalmente su posición en el campo, situándose en la línea medular, la ubicación donde más éxitos conseguiría, durante el curso 57-58. Una vez licenciado, el Granada le transfiere al Murcia. Estaba visto que Vidal no podía salir de Segunda. Pero aún era joven y va a llamar nuevamente la atención del Real Madrid, tras una eliminatoria de la Copa del Generalísimo de 1959 en la que los pimentoneros pondrán contra las cuerdas a todo un Barça, empatando a dos en el Camp Nou y cayendo derrotados por un solo gol en La Condomina.
¡Por fin en el Madrid!
El 13 de septiembre de 1959, en la primera jornada de Liga, con 24 años, José María Vidal hace realidad su sueño de debutar con el primer equipo del Real Madrid y en el Santiago Bernabéu. El rival es el Betis y los blancos ganan por 7-1. A partir de ahí será ya un fijo en el once titular, aportando trabajo incansable en el centro del campo y una entrega sin reservas, gracias a un físico poderoso (1,79 de altura y 78 kilos de peso). El club merengue no gana la Liga, que se marcha de nuevo a Barcelona por mejor coeficiente general de goles, pero en semifinales de la Copa de Europa deja en la cuneta a los azulgranas —con el madrileño secando a todo un Luis Suárez—, y en la final disputada en Glasgow, con Vidal en la medular junto al veterano y capitán Zárraga, tocayo suyo, apabullan al Eintracht de Frankfurt por 7-3. Es La Quinta.

Su gran rendimiento le abre de par en par las puertas de la selección española absoluta. El 14 de julio de 1960 debuta en Santiago de Chile, Estadio Nacional, en un amistoso contra la auténtica Roja, que el combinado español decanta a su favor con un claro 0-4 y el siguiente equipo: Ramallets; Rivilla, Garay, Alvarito; Segarra, Vergés (Vidal); Pereda (Tejada), Eulogio Martínez, Di Stefano, Suárez y Collar. Jugaría otros tres encuentros internacionales, todos ellos también de carácter amistoso: de nuevo ante Chile en idéntico escenario (17-7-1960, con el resultado de 1-4), posteriormente contra Francia (2-0 en Madrid, en el Santiago Bernabéu, el 2 de abril de 1961) y finalmente frente Argentina, cpn otra victoria por 2-0, el 11 de junio del mismo año en el Sánchez Pizjuán de Sevilla.

Haciendo las maletas y el pasaporte
La temporada 60-61 es por lo tanto magnífica para Vidal: indiscutible en la medular madridista, donde se proclama campeón de la Copa Intercontinental y de Liga, y jugando en la selección. Pero en la campaña siguiente se van a torcer las cosas. Por una parte sufre una grave lesión —rotura de ligamentos—, y por otra va a ser desplazado por la llegada de jugadores que pueden realizar su función, como es el caso de Felo, Pachín e Isidro, y no digamos ya cuando se incorporan el navarro Zoco y el galo Muller. Así que, tras 87 partidos oficiales con el Real Madrid (3 goles), reiniciará su periplo a través de España. Primero con destino al Málaga, en el que va a jugar poco y no podrá evitar el descenso de los costasoleños a Segunda, y luego rumbo a Valencia, donde volverá a reencontrarse como futbolista.
Porque en el verano de 1963 el club de La Rosaleda le traspasa al recién ascendido Levante, a cambio de 300.000 pesetas y un amistoso en Vallejo. Vidal firmará por una temporada con los granotas, prorrogable por otra, ya que arrastraba ciertos problemas físicos y existían algunas dudas acerca de su rendimiento. Pero responderá bien, fijo en el equipo, y a los cuatro meses incluso le nombran capitán. En su segunda campaña, la 64-65, jugará algo menos, y a su finalización, con los azulgranas perdiendo la categoría, se marcha a un Real Valladolid que trataba de retornar a Primera.

Va a ser el fichaje estrella para la temporada 65-66 en Zorrilla, con 30 años y un brillantísimo palmarés: internacional y campeón de Liga, Copa, Copa de Europa e Intercontinental. Ya no exhibía su peculiar corte de pelo a cepillo de los tiempos del Real Madrid, pero sorprendentemente jugará muy poco, no llegando a la media docena de partidos. Apurará sus últimos días en activo fuera de España, en el Sparta de Rotterdam (un único encuentro, en diciembre del 66), y luego en los albores del soccer estadounidense, con los Filadelfia Spartans —ocho partidos y cinco goles, pues ha vuelto a la delantera—, siendo una de las viejas glorias seducidas por el dulce aroma del dólar, junto con Carmelo Cedrún o sus antiguos compañeros Santistéban y Mateos. En sus 14 años como profesional, Vidal va a vestir hasta 12 camisetas diferentes. Se fue muy pronto, con tan sólo 51, al fallecer en Valencia el 1 de agosto de 1986.