
L D (EFE) "Es lógico que tenga el sueño de jugar en Europa. Tengo el sueño de jugar en el Barcelona, de aquí a unos dos o tres años, si Dios quiere", manifestaba Robson de Souza en medio de la fiesta de su 19 cumpleaños, el 25 de enero de 2003. Más de dos años después, el sueño de Robinho es jugar en el Real Madrid, y para hacerlo realidad no ha dudado en renunciar a 20 millones de dólares. Esa cantidad equivale al 40 por ciento al que tenía derecho por su salida del Santos, que fijó la cláusula de rescisión en 50 millones de dólares.
Cuando Robinho decía soñar con el Barcelona, su principal motivación fue la temporada de brillo que allí tuvo su compatriota Ronaldo entre 1996 y 1997. "Allí sólo juegan estrellas", decía Robinho con deslumbramiento. Fue el mismo Ronaldo el hombre que inspiró el nuevo "sueño Real" del portador del número siete en la camiseta, que surgió para el estrellato en el Santos de Pelé. Ronaldo, a quien Robinho llama respetuosamente "Presidente", le espera con entusiasmo.
Una sonrisa permanente y blanquísima ilumina su rostro de niño travieso a cada uno de sus pasos disonantes. La cadencia aparece cuando pisa el campo, cuanto ata el balón a sus botas y comienza a pedalear sobre él mismo para desesperación de sus adversarios. Su magia apareció en el Campeonato Brasileño de 2002 que coronaron con una ventaja contundente en los dos partidos de la final sobre el Corinthians de Carlos Alberto Parreira. Diego, Elano, Robinho y compañía, los chicos promovidos por Emerson Leao, que de "santos" no tenían nada, resultaron imparables y dieron ese año al equipo de Pelé el primer título en la historia del Campeonato Brasileño.
La historia de la campaña victoriosa se repitió en 2004, sin Diego ni Leao, pero con Vanderlei Luxemburgo como técnico, el mismo que a comienzos de este año pasó a dirigir al Real Madrid y uno de los tantos que ha pedido a gritos la presencia de Robinho. La alegría del chico de San Vicente no parece tener fin, así como sus ejercicios oníricos. Quizá la única tristeza en su corta vida fue el secuestro de su madre, Marina da Silva Souza, en noviembre del año pasado, que permaneció cautiva durante 41 días hasta que la familia pagó un rescate equivalente a 80.000 dólares. La seguridad de su familia también ha sido citada por el jugador como poderosa razón para decir "Adeus, Brasil".
Se va divorciado de la hinchada del Santos, que no le perdona el haberse negado a entrenarse con su equipo desde su regreso de Alemania, donde conquistó con la selección "canarinho" el título de la Copa de las Confederaciones. Hasta entonces, el joven al que algunos críticos ven como el sucesor de Pelé, tenía la virtud de ser amado por las seguidores de los equipos contrarios. Es un tipo raro de jugador. Sus más entusiastas admiradores dicen que es más contundente y peligroso que Ronaldinho Gaúcho y que en el frente de ataque distribuye mejor el balón que Ronaldo. Todo ese talento hace diez años deambulaba libremente durante el día detrás de un balón en las canchas de fútbol y, a escondidas, en la noche, en el cementerio de su San Vicente natal.