
El Real Zaragoza vuelve a caminar por el alambre. No es una metáfora grandilocuente ni un recurso fácil para subrayar la gravedad del momento, sino que se trata de una descripción real de la situación deportiva y económica de un club histórico que, una vez más, se asoma al abismo por una gestión errática, cortoplacista y profundamente desconectada de la realidad del fútbol profesional.
En lo deportivo, con el consejero Mariano Aguilar al frente —aunque al director deportivo, Txema Indias, le hayan dado en el mercado de invierno seis fichajes que, la verdad sea dicha, son más de medio pelo que otra cosa—, el equipo se ha instalado en posiciones de descenso desde una fase temprana del campeonato, concretamente desde la jornada 5, pese a contar —al menos sobre el papel— con un margen económico que debería haberle permitido competir con mayor solvencia en LaLiga Hypermotion.
En lo económico, el diagnóstico es todavía más preocupante si cabe: decisiones mal calculadas, exceso de confianza y una planificación, encabezada por el director general de la entidad maña, Fernando López Lobete, que ha terminado por estrangular al propio club.
Atrapado por su propia planificación
La subida de precios de los abonos y entradas fue el primer gran error de cálculo. La dirección general apostó por incrementar la recaudación para disponer de un mayor límite salarial. El resultado fue justo el contrario: ni se alcanzaron los ingresos previstos ni se mejoró el límite, que incluso descendió respecto al ejercicio anterior. Una maniobra fallida que dejó al Zaragoza en tierra de nadie.
A partir de ahí, todo fue en caída libre. Fernando López autorizó un exceso en el límite salarial con el objetivo de reforzar la plantilla y asegurar la permanencia. LaLiga no tardó en intervenir, aplicando sanciones por la conocida regla del 1:1: para fichar, primero había que liberar masa salarial. Reducir sueldos o vender antes de comprar. Una losa que condicionó toda la temporada y que, en la práctica, dejó al equipo sin capacidad real de maniobra, a pesar de disponer teóricamente de más de 11 millones de euros para fichajes.
Y es que, según recuerda a Libertad Digital el investigador deportivo Luis Serrano —con unas conclusiones demoledoras que retratan con crudeza la deriva del club—, la regla del 1:1 ha sido clave para entender el hundimiento deportivo del equipo. Porque el Zaragoza ha vivido toda la temporada atado de pies y manos, víctima de una mala planificación previa que obligó a improvisar cuando ya era demasiado tarde.
Mariano Aguilar, en el ojo del huracán
En el foco de la crítica aparece la figura de Mariano Aguilar, consejero responsable del área deportiva, cuya visión estratégica ha demostrado ser, como mínimo, deficiente. La obediencia casi automática de López Lobete ha terminado por conformar un tándem letal para los intereses del club. Ambos parecen haber olvidado, con una ligereza alarmante, los valores de rigor y estabilidad que siempre se asociaron al Atlético de Madrid, matriz ideológica de buena parte del actual entramado directivo del conjunto maño (por las conexiones, a su vez, entre Joseph Oughourlian, Miguel Ángel Gil Marín, el propio Aguilar, Pablo Jiménez de Parga, Jorge Mas…).
Pero si el presente inquieta, el futuro sencillamente asusta. El escenario de un descenso a Primera RFEF no es solo un golpe deportivo; sería un terremoto económico de enorme calado. Los ingresos por derechos televisivos, que esta temporada rondan los 6,6 millones de euros, se desplomarían hasta cifras cercanas a los 500.000. La taquilla y los abonos también se resentirían: la entidad se vería obligada a ajustar precios a la nueva categoría y, previsiblemente, perdería una parte significativa de su masa social, como ya ocurrió en anteriores descensos.
Menos socios, menos patrocinadores, menos dinero
Menos socios implica menos atractivo para los patrocinadores. Menos publicidad. Menos oxígeno. Y todo ello con la obligación intacta de seguir afrontando el convenio de acreedores. El resultado es demoledor: una caída tan brusca de ingresos que el club dejaría de tener capacidad para generar, en un solo año, los 15 millones de euros de deuda a corto plazo que actualmente arrastra.
Ante ese escenario, no es descabellado pensar en medidas drásticas. Si los socios mayoritarios alegasen imposibilidad de atender esa deuda, un juez podría forzar la venta de activos estratégicos: jugadores, terrenos como la ciudad deportiva o incluso la ejecución de avales.
En definitiva, un déjà vu demasiado cercano que el zaragocismo no consigue olvidar, arrastrado por vicios del pasado. Y es que en la entidad aragonesa ya vivieron una situación similar en 2017, cuando el club rozó la quiebra técnica tras años de gestión irresponsable bajo el mandato de Agapito Iglesias, con la aquiescencia del Gobierno de Aragón encabezado por el socialista Marcelino Iglesias. Entonces, la Fundación Zaragoza 2032 logró reducir la deuda de 107 a 82 millones en cuatro años, un esfuerzo titánico que hoy parece dilapidado.
¿Dónde han ido los 39 millones invertidos?
La pregunta es inevitable: ¿qué han hecho desde entonces los actuales propietarios? ¿Qué papel están jugando Joseph Oughourlian, Jorge Mas y Juan Forcén? Los números no cuadran. De los casi 39 millones de euros invertidos, la deuda solo se ha reducido de 53 a 45 millones en tres años. Ocho millones. Muy poca cosa. Y mientras se presume de haber aligerado la deuda a largo plazo, se obvia que la deuda a corto ha aumentado un 66%, pasando de 9 a 15 millones: justo la más peligrosa porque hay que pagarla en el plazo de un año.
Los hechos deportivos refuerzan la sensación de desgobierno. Tres entrenadores en una sola temporada. Diecisiete fichajes (seis de ellos en el reciente mercado de invierno: Nikola Cumic, Rober González, Larios, Mawuli, El Yamiq y William Agada). 29 jugadores en la primera plantilla. Un carrusel que se repite año tras año y que evidencia la inexistencia de un plan serio, coherente y sostenible.
A todo ello se suman compromisos ineludibles: 17 millones correspondientes al convenio de acreedores y casi 13 millones a CVC. 30 millones de euros a pagar por un club instalado en Primera RFEF sería, sencillamente, inviable.
En definitiva, el Real Zaragoza no está solo ante una mala racha deportiva, sino que se encuentra ante las consecuencias acumuladas de una gestión fallida que amenaza con convertir un descenso en algo mucho más profundo: una crisis estructural de muy difícil retorno. Y esta vez el margen de error es prácticamente inexistente: después de 25 de las 42 jornadas, con el último empate de este sábado ante el Eibar en La Romareda (1-1), el equipo de Rubén Sellés es penúltimo con 23 puntos a cinco de la salvación que marca el Real Valladolid.




