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Ocho claves para seguir la Ryder Cup 2014

Sobre el papel, parece la edición más desequilibrada de los últimos años. Pero si hay una competición dada a las sorpresas, es ésta.

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Sobre el papel, parece la edición más desequilibrada de los últimos años. Pero si hay una competición dada a las sorpresas, es ésta.
Los jugadores del equipo europeo de la Ryder Cup posan en Gleneagles. | EFE

Para las casas de apuestas, la Ryder de este año sólo tiene un color: el azul del equipo europeo. Todas dan como claros favoritos a la victoria en Gleneagles (Escocia) a los chicos de Paul McGinley: juegan en casa, tienen al número uno del mundo, han ganado las dos últimas ediciones, las estrellas norteamericanas llegan en un bajo momento de forma…

El problema es que si hay una competición que se ha mostrado esquiva a los pronosticadores en las últimas décadas, ésa es la Ryder. Como explicábamos el pasado miércoles, Europa ha dominado la competición desde el año 1985 de forma aplastante. De las últimas nueve ediciones, en siete el triunfo ha sido para el Viejo Continente. Lo curioso es que en casi todas las ocasiones, el equipo estadounidense llegaba como claro favorito. Y año tras año veía cómo sus ilusiones se desvanecían, a veces de forma tan trágica como hace dos años en Medinah.

Por eso la esperanza norteamericana, este año, está en darle la vuelta a la tortilla. Llegan como las víctimas perfectas. El bando europeo está eufórico, con un potentísimo equipo y el apoyo de la grada. Por no tener, ni siquiera tendrán el concurso del mejor jugador de las últimas tres décadas: Tiger no estará tras un año plagado de lesiones. Eso sí, la última vez que el Tigre no jugó, en 2008, el triunfo fue para los de las barras y estrellas. Como aficionado europeo lo reconozco: la cabeza me dice que deberíamos ganar fácil; el corazón me indica que habrá que sudar hasta el último putt (y sí, hay mucho miedo).

Las siguientes son ocho claves (cuatro para cada equipo) que determinarán quién se lleva a casa el trofeo que donó hace más de ochenta años Samuel Ryder:

Europa

1. Los hombres del año: en 2014, el golf ha sido una cuestión de europeos. Los jugadores que más han brillado a lo largo de estos nueve meses de temporada están en el equipo de Paul McGinley, que tiene a su disposición a cuatro de los seis primeros del ránking mundial: Rory McIlroy (1), Sergio García (3), Henrik Stenson (5) y Justin Rose (6). Han ganado 3 de los cuatro grandes del año: British Open y PGA para Rory y el US Open de Martin Kaymer, que también se llevó el The Players, el torneo más importante del mundo fuera del Grand Slam.

Y no es sólo una cuestión de títulos. En el verano, su nivel de juego ha sido impresionante. Sergio García, por ejemplo, aunque no ha ganado lleva seis top ten en sus últimos nueve torneos en el circuito americano. Las estrellas del equipo europeo están que se salen.

2. "Hola, me llamo Ian Poulter y voy dos arriba": habrá quien diga que la Ryder no es una competición que se decida en los ranking mundiales. Y es cierto. Si así fuera, casi siempre ganarían los americanos. El formato (match-play, hoyo a hoyo) y el hecho de que sea una competición por equipos (los golfistas se pasan el año preocupándose únicamente de su juego) cambian completamente el panorama.

De ahí la importancia de saber manejar las emociones, presionar al contrario e impulsar a tus compañeros. En esto, también, los europeos parten con ventaja. Sus veteranos -Ian Poulter, Lee Westwood, Graeme McDowell o Thomas Bjorn- no han tenido un año especialmente lucido. Sólo McDowell ha aparecido algo en el verano. Pero los cuatro son puro match-play: duros, correosos, fuertes mentalmente, luchadores,… Vamos, el tipo de jugador que no querrías tener enfrente en tu vida en esta competición.

Los americanos saben de sobra que un jugador puede fallar todas sus calles y ganarles el partido hoyo a hoyo. Seve y Olazábal formaron la pareja más exitosa de la historia de la competición no precisamente por su solidez, sino por su genialidad y su fuerza mental. El viernes, cuando su merecido sucesor, Ian Poulter, se sitúe en el tee del hoyo uno, mirará a sus rivales con ese gesto chulesco que le caracteriza y todos sabremos lo que estará pensando: "Hola, me llamo Ian Poulter, el partido no ha empezado, pero yo voy dos arriba".

3. El general septiembre: dicen que los rusos ganaron a Napoleón y a Hitler no por su equipamiento, ni sus reservas de hombres, ni siquiera por sus recursos naturales. La clave residió en que tenían de su lado a un enorme estratega, con el que franceses y alemanes no habían contado: el general invierno.

Pues bien, algo así debe estar esperando Paul McGinley. El golf nació en Escocia, con frío y lluvia, pero se juega en Florida y California. Los jugadores norteamericanos están acostumbrados a recorrer su país en busca de sol y buen tiempo. De hecho, el circuito de la PGA no sale de los estados del sur (Florida, California, Texas, Georgia,…) hasta bien entrado el verano. No se puede uno arriesgar a perder la cobertura televisiva por el mal tiempo.

No es que a los europeos les guste calarse cada vez que juegan, pero están más acostumbrados. Siete de los doce son británicos. Los otros cinco no se quedan atrás: francés, danés, alemán o sueco. Incluso el español Sergio García es uno de los mejores jugadores del mundo con viento y lluvia.

Eso sí, para tranquilidad de Tom Watson, las previsiones meteorológicas no son horribles: 15-17 grados de máxima, poca lluvia y no mucho viento. Pero estamos hablando de septiembre y Escocia. Cualquier cosa es posible. Los europeos lo tienen claro: cuanto peor, mejor.

4. Golf is coming home: seamos sinceros, nadie anima como los británicos. En tenis, en fútbol, en rugby… también en golf. Ellos inventaron los deportes y, aunque ganan tirando a poco en todos ellos (los jugadores escoceses con un grand slam en las últimas décadas pueden contarse con los dedos de una mano), siempre están ahí.

La Ryder, además, es su competición. Nada les gusta más que darles una lección a sus queridos hermanos americanos. Si las cosas van ajustadas, el rugido de la galería se hará sentir. El público británico (aún más en golf) siempre ha sido exquisito. Sabemos que su deportividad será máxima. Pero eso es perfectamente compatible con una presión ambiental que no será fácil de soportar.

Estados Unidos

1. Hombre a hombre: tras todo lo que hemos dicho, la siguiente afirmación parecerá rara, pero casi todas las estadísticas dan como vencedor al bando americano. Si sumamos las posiciones de sus doce jugadores en el ranking mundial (197 frente a 237), contamos el número de torneos ganados en este año (14-12), los grand slam que han obtenido en su carrera (11 de seis jugadores – 8 de cuatro para los europeos) o su media de golpes en el circuito (70,31 – 70,46), los estadounidenses están por delante.

En realidad, es lo habitual en el equipo americano, solidísimo en todas las ediciones. El grupo de Tom Watson no tiene puntos débiles. Todos sus jugadores son estrellas, habituados a ganar y luchar por los grandes torneos. Enfrente, Europa tiene al menos a tres componentes que despiertan muchas dudas (Stephen Gallacher, Jamie Donaldson y Victor Dubuisson). No es que sean malos jugadores, ni mucho menos, pero a nadie le gustaría jugarse las habichuelas el domingo con ellos. En el bando americano, sólo Patrick Reed genera esta clase de incertidumbre.

2. Nada que perder: todos les dan como perdedores y eso es precisamente lo que les hace más peligrosos. Hablamos de doce tipos de un talento descomunal y habituados a ganar. Bubba Watson, Jim Furyk, Rickie Fowler, Phil Mickelson, Hunter Mahan, Keegan Bradley, Matt Kuchar,… Quizás no tengan el instinto asesino de Poulter, pero no dejarán que ningún partido se les escape sin lucharlo. Si a estos tipos encima les quitas (relativamente) la presión y les dejas jugar a por todas, pues qué quieren que les diga, dan mucho miedo.

3. El factor Seve: no nos hemos equivocado; en esta edición, el factor Seve está en el bando americano. El genio de Pedreña nos enseñó que en esta competición el palo más importante está en la cabeza de cada uno. Además, en Valderrama, en 1997, nos demostró lo que un buen capitán podía hacer. Los golpes los darán los jugadores, pero Tom Watson y Paul McGinley tendrán una labor decisiva al menos en tres aspectos:

  • Táctica: en la elección de los jugadores que saldrán en cada jornada (recordemos que en las sesiones de parejas de viernes y sábado sólo participan ocho de los doce convocados) y de su orden

  • Experiencia: consejos técnicos y conocimiento acumulado, fundamental en un campo que la mayoría de los jugadores desconocen

  • Mentalidad: espíritu de equipo, gestión del grupo,…

En todo, el mítico Watson apabulla a McGinley. No es sólo que uno tenga ocho majors y el otro no haya pasado de ser un jugador sólido en el circuito, es que la distancia de uno a otro es sideral. Hablamos de una competición muy complicada, en la que hay que manejar los egos de 12 jugadores que están acostumbrados a ser los únicos responsables de su juego.

Si a un jugador del equipo americano, su capitán lo sienta en el banquillo o le ofrece su asesoramiento, lo aceptará. Recordemos que estamos en Escocia y hablamos del mejor jugador de la historia en el Open Británico, aunque Gleneagles no sea exactamente un links. Nadie le discute a Tom Watson, incluso aunque no te guste lo que te está diciendo.

Pero, ¿cómo acogerían Rory, Sergio o Poulter que alguien como McGinley, que como jugador no les llega a la suela de los zapatos, les deje sin jugar? Sin duda, ésta será una labor fundamental para el irlandés. Imponerse sin destrozar al equipo. Para empezar, ha comenzado con una decisión polémica, nombrando vice-capitán a Padraig Harrington, un enorme jugador que se lleva a matar con la mitad del circuito europeo y con varios de los jugadores que tendrá a su cargo esta semana. Mucho nos tememos que Chema Olazabal, Miguel Ángel Jiménez o Sam Torrance, otros tres de los vicecapitanes, tendrán que dar lo mejor de sí mismos este fin de semana.

4. El ¿rugido? del Tigre: al no aficionado el golf y a la Ryder le sorprenderá. Pero la ausencia del mejor jugador del mundo podría beneficiar, precisamente, a su equipo. No es sólo que Tiger Woods tenga un mal récord en la competición: 13 partidos ganados, 17 perdidos y 3 empatados; siete participaciones y una única victoria para su equipo.

No son grandes cifras, pero son mejores que las de la mayoría de los estadounidenses de su generación. El problema es que siempre ha dado la sensación de que ni él se entendía con el torneo, ni el equipo estadounidense se entendía con él. Los demás jugadores parecen cohibidos con su presencia. Por ejemplo, en los individuales del domingo, el récord de Tiger es 4-1-2: sólo una derrota por cuatro partidos ganados. Pero nunca ha conseguido trasladar ese ímpetu al grupo. En la Presidents Cup, la otra competición por equipos en la que participa, su historial es excelente. Pero la Ryder se le resiste.

Este año, está ausente por segunda vez desde que se hizo profesional. En ambas ocasiones, el motivo han sido las lesiones. En 2008, sin Tiger, los americanos le dieron una soberana paliza a los europeos. En aquel ejercicio, estos venían crecidos, con un equipo solidísimo y Harrington como líder tras haber ganado el British Open y el PGA. Es cierto que aquella edición se jugó en EEUU, con el apoyo del público. Pero en cualquier caso, hay semejanzas que animan a los yankees. El rugido del Tigre casi ni se escucha en Gleneagles y eso no tiene por qué tener nada de malo.

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