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Economía

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PLENO MONOGRÁFICO SOBRE EL PARO

INTERVENCIÓN ÍNTEGRA DE RAJOY

Libertad Digital

Muchas gracias señor Presidente.

Señorías.

Agradezco al señor Rodríguez Zapatero que haya atendido nuestra solicitud de comparecencia para hablar del empleo.

Después de escuchar su discurso, comprendo que no tuviera ninguna prisa por venir a la Cámara para tratar de esta materia. ¿Para qué iba a venir? ¿Para escuchar lo que no quiere oír y no poder responder más que con palabras huecas?

¿Y qué otra cosa se puede hacer cuando se viene con las manos vacías? No tiene nada nuevo que decir y, sin embargo, no le queda más remedio que hablar. Porque no se puede pasar por alto un asunto como el empleo, que representa el primer problema de los españoles, su principal necesidad.

Ningún gobernante puede permanecer callado ante este drama aunque, como es el caso, no tenga nada nuevo que ofrecer. Por eso, es comprensible que trate usted, al menos, de maquillar una situación que, sin duda, debe parecerle bochornosa. Es comprensible también que, una vez más, trate de buscar refugio en un futuro dorado, aunque sea de purpurina.

¿Qué otra cosa puede usted hacer? Me hago cargo, señoría, de lo difícil que debe resultarle hablar del empleo, de algo que no existe, de un vacío, del gran ausente. Lamentablemente, lo que existe, lo real, lo que se toca, es el paro. Eso que su ex ministro llamaba el marrón. Es natural que de eso prefiera no hablar y, si tiene que hacerlo, maquille los datos y busque refugio en el futuro para su nueva versión de la esperanza. Señorías, vamos a hablar de la política de empleo, pero de la de verdad, no de sus complementos.

Nosotros no solicitamos la comparecencia del señor Rodríguez Zapatero para que nos hablara de la presunta reforma de las políticas activas de empleo, sino de empleo. Sin negar la importancia de las políticas activas, no son el tema que nos ocupa hoy. Estoy seguro de que tendremos otras oportunidades para esta materia en la que, hasta donde yo aprecio, no se ha producido todavía ninguna reforma en los instrumentos ya existentes, ninguna novedad, salvo que se ordenan de otra manera. Vamos a lo que hoy nos ocupa, que son las políticas que sirven para que los empleadores creen empleos. La desdichada realidad española, el componente más descollante de su gestión política, señoría, se resume en pocas

palabras: Cuatro millones ochocientos mil parados[1]; el 20 % de la población activa, que se eleva, en el caso de los jóvenes, hasta un vergonzoso 40 %. Esa es la realidad. Esa y todo lo que implica. Cuando se inició la crisis, nuestro índice de paro estaba en el entorno de la media europea.

Teníamos menos paro que Francia y menos paro que Alemania[2]. Ahora padecemos el doble de Francia y más del triple que Alemania. Hubo un tiempo, que usted heredó, en que fuimos el modelo de toda Europa para la creación de empleo. Ahora, y esta es la herencia que usted deja, somos el mal ejemplo. Creábamos más empleo que todos nuestros socios juntos, y ahora ofrecemos un lamentable espectáculo millonario de parados y el dudoso honor de encabezar el ranking de paro de la Unión Europea. Esto es un mérito personal suyo, señor Rodríguez Zapatero, y hay que reconocérselo. Todo el mundo se lo reconoce. No estamos hablando de un castigo bíblico, ni de un mal importado, ni de un problema que nos hayan inoculado otros y deban resolvernos desde fuera. Ni siquiera hablamos de mala suerte. A cada uno lo suyo. No le queda ni el consuelo de culpar a una crisis de la que no se ha librado nadie. Cuatro millones ochocientos mil parados ni surgen de repente ni se acumulan sin más. Precisan una incompetencia concienzuda, voluntariosa y perseverante; algo así como un optimismo antropológico, es decir, no hacer nada y esperar que escampe.

Señor Rodríguez Zapatero, heredó usted un país próspero y lo deja en la ruina; se le dejó al alcance de la mano el pleno empleo y ha sembrado España de familias en paro. Ciertamente no es usted el primer socialista que lo consigue[3], pero me gustaría, por el bien de los españoles, que fuera el último. Cualquier otro en su lugar se daría por satisfecho con el mal causado. Usted no. Usted se ha propuesto, con la ayuda de otros, prolongar esta agonía dieciocho meses más. ¿Qué podemos esperar de usted en este tiempo, señoría? ¿Qué pensaría usted de un gobernante que hubiera dicho hace poco más de dos años y medio, y a sabiendas de que era imposible porque la crisis ya estaba inaugurada, "Prometo crear 2 millones de nuevos empleos"?

¿Qué pensaría? ¿Qué diría usted de quien, con la crisis golpeando en la puerta, prometía entonces el pleno empleo?

Y

si le digo que ese gobernante, en abril de 2008, ante el primer tropezón del paro, dijo: "Superado este paréntesis, reanudaremos con vigor la generación del empleo", ¿qué pensaría? Lo dijo en el debate de investidura. Dos meses más tarde, en junio de 2008, ante el segundo tropezón del paro ese mismo gobernante dijo: "Más allá de baches como el de ahora, España tiene condiciones para llegar a los niveles de empleo de la media europea". Los parados se multiplicaban como si no le oyeran, pero él cerró el año 2008 diciendo: "En marzo o abril de 2009 se generará un volumen muy estimable de empleo[4]". Llegó la esperada primavera de

2009, el año de los brotes verdes y lo de que "la tierra pertenece a nadie salvo al viento". Entonces es cuando el gobernante pronunció aquellas consoladoras palabras: el deterioro, dijo, está tocando fondo. Pues llegó el otoño y no aparecía el fondo. ¿Qué creerá usted que dijo? Pues dijo: "podremos ver síntomas positivos en el segundo trimestre de 2010". Insistió en Navidad. Tenía que insistir porque ya habíamos sobrepasado los cuatro millones trescientos mil parados. "2010, dijo, será el año de la recuperación económica". Dejó pasar cuatro meses más y, en abril, visto que no se recuperaba nada, proclamó: "la tasa de paro ha tocado techo y comenzará a bajar en mayo". El caso es que ni techo ni fondo. Como todo seguía peor, pasó el verano, llegó octubre, cambió de ministros y nos dijo: "este gobierno es el de la recuperación definitiva". Al parecer, los anteriores anuncios de recuperación eran tentativos.

¿Qué pensaría usted del gobernante que hubiera estado cortejando con estos camelos el oído de los españoles? ¿Qué caso haría usted de cualquier cosa que le dijera hoy? Ésa es, señoría la confianza que se puede depositar en sus palabras, en el rigor de sus análisis, y en la estabilidad de sus promesas.

Pero, dejemos las palabras. ¿Qué confianza se puede depositar en la eficacia de sus iniciativas? No quiero aburrir a la Cámara con el recuerdo pormenorizado de esa procesión de presuntos planes anticrisis que este Gobierno ha imaginado, y que se han resuelto monótonamente en más gasto y más parados, hasta alcanzar casi al tope de gasto posible. 2009 fue el año del Plan E, el de los cartelones; de las entregas a cuenta irreales a comunidades autónomas y ayuntamientos, el año del gasto alegre y el endeudamiento masivo. ¿Para qué? Para nada.

¿Cómo se llama en castellano el dispendio que se hace sin freno y sin fruto? ¿Dilapidación? ¿Derroche? ¿Despilfarro tal vez? Lo que usted prefiera. En 2009, cuando en el currículum de su señoría apareció la cifra oficial de más de cuatro millones de parados, nos salió con la Economía Sostenible, la gran panacea, el arma secreta. Recuerdo que le dije que aquello no era más que un rótulo luminoso en un solar vacío. Exageré señoría. Exageré mucho: aquel rótulo ni siquiera tenía luces. Todavía hoy está en tramitación. Ahora nos ha salido con la fábula de los empleos verdes, que son para dentro de diez años. Debo reconocer que improvisa usted con el mismo desenfado del enfermo que se auto-receta sin encomendarse a nadie. Con la misma ligereza. ¿Quién dijo aquello de: "No llegaremos a los cuatro millones de parados de ninguna de las maneras"? Anuncia soluciones definitivas con la misma generosidad con que promete empleos.

¿Cuántos lleva ya? En la campaña electoral se comprometió con dos millones. La mal llamada reforma laboral dijo que traería dos millones trescientos mil contratos indefinidos. La cosa verde nos asegura otro millón y estoy seguro de que me dejo cosas. ¿Cuántas veces se ha puesto el sol sobre sus promesas , señor Rodríguez Zapatero? Desgraciadamente, lo repito una vez más, lo que usted ha logrado es alcanzar la cifra de cuatro millones ochocientos mil parados. Tiene una tasa de paro juvenil que es un escarnio, le está creciendo la masa de parados de larga duración, y alcanza el millón trescientos mil el número de familias en las que ninguno de sus miembros trabaja. Sume a esto, el déficit, la falta de crédito y ese riesgo omnipresente que llaman crisis de la deuda. Esto es lo que dan de sí sus pintorescas y ruinosas medidas. Ésta es su concienzuda política económica, esta es la confianza que se puede depositar en la solidez de sus planes. Si así han sido las cosas hasta ahora, ¿qué podemos esperar de ese futuro que usted se empeña en administrar?

Lo razonable es suponer que todo seguirá por el mismo sendero.

Déme usted una sola razón para pensar que, por lo que a usted respecta, el futuro será distinto del pasado.

¿Acaso está dispuesto a rectificar? No es eso lo que indican los datos disponibles. No parece que esté usted dispuesto a dar a los parados, a las empresas, a los mercados, a España entera, nada de lo que necesitan. No será porque le falten sugerencias. El Fondo Monetario, la Unión Europea, el Banco de España, se lo han explicado en todos los tonos. Yo mismo, y pongo por testigo al Diario de Sesiones, le he detallado las medidas una y otra vez. Es un hecho que no ha abordado en serio ninguna de las reformas indispensables para tranquilizar a nuestros acreedores, animar la actividad económica y dar confianza a quienes han de crear los puestos de trabajo. La prueba es que sigue estando usted en el foco de todas las desconfianzas. Pareció que se enmendaba cuando, ante la amenaza de quiebra, le obligaron a esbozar algunas reformas. Lo hizo a desgana, para salvar las apariencias, y se olvidó de ellas en cuanto pasó la tormenta. Se ha conformado con un amago de reforma laboral que ni siquiera es capaz de frenar la destrucción de empleo y, mucho menos, de crearlo. Los mismos Presupuestos del Estado proclaman a gritos que usted no está dispuesto a hacer nada de lo que debe. Todavía no ha tocado usted la indispensable reforma del gasto público que evite la duplicación de competencias.

No ha tocado usted la fragmentación del mercado, y no se atreve a enfrentarse en serio con la reforma de la energía. Malo es que no se tomen medidas. Malo es que no se tomen por razones electorales. Lo peor de todo es que con usted nadie sepa a qué atenerse. Señoría, un gobernante debe ser tan previsible como el sol, de modo que sepamos ya hoy a qué hora nos hemos de levantar pasado mañana. Un gobernante imprevisible es un fabricante de sospechas, un campanario de alarmas, que obliga a los ciudadanos a vivir en estado de guardia permanente. Es usted imprevisible, en parte por la volatilidad de sus palabras, en parte por sus políticas erráticas, y en parte porque se niega a adoptar una estrategia económica definida, comprensible y estable. En suma, señoría. No inspira confianza porque ni dice la verdad , ni reconoce los hechos, ni facilita las soluciones. No inspira confianza. En ningún momento se ha mostrado dispuesto a hacer lo que las circunstancias exigen. Están mal las cosas, pero no hay ninguna perspectiva de que con usted puedan mejorar. En el mejor de los casos, la perspectiva que usted nos ofrece es un estancamiento económico, con unas tasas de paro semejantes a las actuales.

Digo en el mejor de los casos. La cosa es tan seria, señoría que, aunque usted se propusiera rectificar en todos los frentes, nadie le creería. Diga a los inversores que se olviden de su historial, que borren de su memoria todo lo que usted ha dicho y hecho en estos dos años a ver qué responden. Dígales a las familias que consuman, a esas familias que usted deja endeudadas, en paro y esperando que les suban los impuestos. Se ha ganado usted a pulso una desconfianza inmensa como pocas e irreparable como todas. Lo único serio que cabe si queremos que se nos tome en serio dentro y fuera de España es señalar un punto y aparte.

Proclamar a todos los vientos que esta etapa ha concluido y que comienza otra nueva. Es preciso un gesto llamativo. No eso que ha pretendido hacer con un cambio de Gobierno que no tranquiliza a nadie porque lo deja todo igual. El único camino para que el gobierno de España recupere el crédito es hacerlo nuevo y eso, aquí y en cualquier lugar el mundo, pasa por unas elecciones generales. Sin ellas será imposible que se recupere la confianza, que se realicen las reformas, que circule el crédito, que se anime la inversión, que se cree empleo, que amanezca para los parados... No me ponga como pretexto que en las actuales circunstancias no podemos permitirnos perder dos meses en campaña electoral. Con la excusa de no perder dos meses, nos quiere hacer perder dos años. ¿Qué va a hacer usted a partir de ahora si no es una campaña electoral permanente, primero en Cataluña, luego en los ayuntamientos, después en las legislativas, es decir, una oportunidad interminable de posponer cualquier medida eficaz para que no se enturbien las urnas? Está usted resignado a que nada cambie, a que siga la caída, a que el tiempo le traiga el remedio o, al menos, un soporte para la propaganda. Yo me dejaría de ensoñaciones, señoría.

Soñaba usted con el paraguas fallido de la Presidencia Europea; soñaba con que el tiempo corriera a su favor; soñaba con el Plan E, con la Economía Sostenible, con la economía verde...

Deje ya las ensoñaciones, señoría. Un gobernante que fracasa tiene la obligación moral de renunciar a seguir imponiendo sus errores. Un gobernante democrático sabe que, cuando se equivoca tanto como usted lo ha hecho y con tan graves consecuencias, debe retirarse aunque la ley no le obligue. Cuanto antes penetre esta sencilla idea en su cabeza, señoría, será mejor para todos: mejor para los parados, mejor para la economía, mejor para España...

Incluso mejor para usted mismo. Nada más señor presidente y muchas gracias.

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