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La UE, Gibraltar y Cuba

El más claro denominador común en las portadas de prensa de este martes lo constituye la entrevista que Aznar ha mantenido con Blair en Londres entorno a Gibraltar y la negativa de Bush a levantar el embargo a Cuba mientras la isla no goce de un régimen de libertades. Cada diario, sin embargo, elige uno asunto diferente al que dedicar su principal titular de portada.

El Mundo destaca en el suyo que Aznar defiende que la UE tenga un presidente elegido por los Gobiernos, sumándose así a la propuesta de Chirac y Blair en detrimento del poder de la Comisión Europea. Este diario también da mucho relieve a la acusación que el Gobierno ha dirigido contra Batasuna responsabilizándola de la entrega a ETA del censo de Madrid. ABC se centra en la huelga general que preparan los sindicatos cuyo perfil político se ha elevado a juicio de este diario a raíz del apoyo de los dirigentes socialistas a la misma. La Razón, por su parte, adelanta las cinco condiciones que el Gobierno pondrá, según este diario, a la fusión de las plataformas digitales. El País destaca que Aznar ha pedido blindar a la UE contra la inmigración ilegal. También asegura que un sindicato policial acusa a Interior de inflar los datos de extranjeros detenidos. Finalmente, el principal titular de La Vanguardia hace referencia al acuerdo entre La Caixa y Dragados para absorber su filial Áurea que convertirá a Acesa el tercer grupo de autopistas de Europa.

La firmeza de Bush ante la dictadura castrista

El Mundo, ABC y La Razón dedican un editorial al espléndido discurso de Bush en el que el presidente americano dejó claro la naturaleza brutal y dictatorial del régimen castrista y su determinación de no restablecer las relaciones comerciales con la isla hasta que no cambie hacia un régimen de libertad. Los editoriales de ABC y La Razón, aunque no profundizan en la cuestión del embargo, acertada y justamente dan la razón al presidente en su crítica a la dictadura comunista.

El editorial de El Mundo es, simplemente, patético. No ahorra calificativos como “duro” o “férreo”, pero no para referirse al régimen que padecen los cubanos, sino para denigrar el embargo americano y el discurso de Bush. Y el caso es que El Mundo no es precisamente un diario que se caracterice por su complicidad con el régimen que cercena la libertad de los cubanos, pero le pierde su antiamericanismo. Su juicio sobre lo que se dice —sobre todo en política internacional— está inevitablemente determinado por quién lo dice. La afirmación de Bush de que sólo se dirigirá al congreso para levantar el embargo si el dictador garantiza unas elecciones libres y justas en 2003, una convocatoria que debe ir acompañada de la puesta en libertad de todos los presos políticos y de la promesa de reformar la economía, es desdeñosamente valorada por el editorial: “Nada que Bush no haya exigido ya con reiteración desde que tomó posesión de su cargo”. Nunca se reiterará lo suficiente el reclamo de la libertad para los países que no la conocen. Más pertinente es la intervención de Bush si además tenemos en cuenta que el ex presidente Carter ha invertido el orden lógico de lo pasos a seguir pidiendo primero el fin del embargo y posponiendo la democracia en Cuba.

A El Mundo parecería que le molestara también que Bush definiera a Castro como “un tirano que usa métodos brutales” y que “tortura, encarcela y envía al exilio a sus oponentes políticos”. En lugar de suscribirlos, su editorialista dice que son calificativos que “sirven de aliño indispensable de un discurso que se precie de ser duro”. ¿No será que se precie de ser justo?. ¿Es que no hay que ser duro con los dictadores?. Si El Mundo lo es cuando se trata de los que ya no están en ejercicio, como Pinochet, ¿por qué no habría de serlo también con la más empobrecedora, brutal, duradera y aún vigente dictadura que haya conocido el continente americano?.

El Mundo no sólo no suscribe lo afirmado por Bush, sino que denigra su discurso como un acto de “electoralismo” y como “una cortina de humo cuando afloran las críticas por la falta de previsión de su Gobierno antes de los atentados del 11-S”. Es cierta la influencia política del exilio cubano, pero también es poderosa la presión de influyentes sectores empresariales a los que les gustaría mercadear con la dictadura. Nos parece mucho más legitima la posición de los exiliados. Y, por otra, parte, ¿qué hay de malo en que una justa y merecida crítica a una dictadura sea, además, electoralmente rentable?. No ha de extrañar que quien carece de tal lógica elemental, anteponga la consecuencia a la causa y pida que el fin del embargo anteceda al fin de la dictadura.

Coherencia frente a la inmigración ilegal

El País y La Vanguardia dan máxima prioridad en sus portadas a la petición de Aznar de que Europa se blinde frente a la inmigración ilegal. Ninguno de los dos dedican, sin embargo, un editorial a esta cuestión. La información de El País, no obstante, es lo suficientemente sectaria como para dejar en evidencia su deseo de criticar la postura de Aznar en esta cuestión. De hecho, utiliza unas encuestas de un sindicato policial para asegurar que el Gobierno infla los datos de extranjeros detenidos.

Vamos por partes. En primer lugar, Aznar no es el primer dirigente en reividindicar mayores energías contra la inmigración ilegal. La comisión Europea ya he efectuado declaraciones previas en ese sentido. Por otra parte, aunque El País quiera darle un sentido xenófobo, “blindarse” contra la inmigración ilegal no es otra cosa que acatar un imperativo del Estado de Derecho que, desgraciadamente, no ha sido lo suficientemente observado. Se puede discutir que los cupos de inmigración sean más o menos extensos. Incluso proponer que no haya control a la inmigración alguno, pero lo que es un contrasentido es no combatir lo que se considera ilegal.

Sin embargo, donde El País ya se muestra delirante es en su obsesión de negar la evidente relación entre delincuencia e inmigrantes ilegales. Mucho se puede objetar a las encuestas publicadas por el sindicato y a los intereses sectoriales que mueven al sindicato en su deseo de contradecir los datos del Gobierno. Pero, desgraciadamente, ni siquiera, hace falta. Aunque fuera cierto que los datos del Gobierno están inflados, los propias estadísticas de ese sindicato deja en evidencia la relación entre el auge de la inmigración ilegal y la comisión de delitos. Aunque sólo el 28,2% de los detenidos fueran extranjeros, en terminos proporcionales es una relación evidente. Y eso, no por razones de estigmatizar al extranjero, sino por sentido común. Si hay personas que tienen que vivir en la clandestinidad, que no tienen permiso de trabajo, es evidente que la tentación de cometer delitos para sobrevivir es casi irresistible. Es más, si entramos en el sector de los delitos menores, los propios datos de El País reconocen que el 52,5 por ciento de los detenidos eran extranjeros. En el terreno de los homicidios, 401 de los 1020 detenidos en 2001 por ese delito eran extranjeros. ¿Le parece asumibles estos datos a El País por el hecho de que la mayoria de los detenidos en este campo sean españoles?. Si en terminos absolutos ya son estremecedores, en términos relativos y proporcionales al numero de inmigrantes son una barbaridad. Y eso, insistimos, dando credibilidad a los datos del propio diario.

Es lógico que los sindicatos policiales traten de pescar en río revuelto ante el clima de inseguridad ciudadana y se apunten a las medidas que inciden en mayor gasto público. Pero es la lenidad –incluso contradicción- de nuestras legislación la principal responsable como muestra el altísimo grado de reincidencia en los delitos.

Aunque los editoriales de El País quieran hacer el avestruz ante los problemas de la inseguridad ciudadana y la falta de control de la inmigración podían tomar buena nota de lo que un corresponsal suyo en Bruselas escribe en la sección de Internacional: “La clave -de los reveses electorales de la izquierda- la dio Peter Mandelson, ideólogo de la tercera vía, cuando a la vista de lo ocurrido con Le Pen en Francia comentó: cuando los responsables políticos no responden a las inquietudes de los ciudadanos, surgen gentes como Le Pen”. Pues, eso.


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