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El duro final de Emilio Ucar, el admirado médico que supo desde febrero la tragedia que venía

El doctor protegió a los suyos de sí mismo. Sabía que no estaban contando lo que él vivía, vio cómo el virus era un gran asesino.

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El doctor protegió a los suyos de sí mismo. Sabía que no estaban contando lo que él vivía, vio cómo el virus era un gran asesino.
El director médico Emilio Ucar en una parada en el Camino de Santiago

Emilio Ucar Corral siguió los pasos de su padre. La medicina le apasionaba y años después su largo currículum de estudios e investigaciones podía pesar un kilo. Su camino hasta el final de sus días fue agónico, cargado de amargura y desesperación. Una impotencia que se reaviva por momentos en su hijo Alfonso, un joven estudiante universitario de 22 años que ha perdido a su padre antes de tiempo. Ahora nos cuenta que su progenitor sabía la tragedia que se avecinaba. Y luchó por impedir que sucediera. Bien lo saben los suyos que lo hizo. Lo pagó con la muerte a sus 58 años.

Desde finales de febrero no paraba de tener reuniones. Emilio Ucar era el director médico del Hospital Santa Cristina en Madrid y hacía las labores de gerente sustituyendo a la anterior doctora que se había jubilado. Iba de despacho en despacho. Muy preocupado con las informaciones que les llegaban. El escenario iba a ser apocalíptico, el virus era un gran asesino.

Trabajaba duro, como hacía siempre. En casa no se separaba del teléfono. Empezaba a faltar material en los hospitales. El móvil no paraba de sonar. "Hijos, esto es mucho peor de lo que están contando. No vayas a Málaga, Marta", le dijo a su mujer que tenía previsto viajar a Andalucía. "Quedaos en casa. Esto es un horror, esto va a ser terrible... ¡esto es un horror!", repetía una y otra vez. "Se viene una impresionante".

El 1 de marzo se trasladó al salón. Empezó a dormir en el sofá para no contagiar a su esposa. Tampoco cenaba con sus hijos, lo hacía apartado en otra mesa. Por si acaso. Encendía la televisión y se escandalizaba con lo que el Gobierno contaba. "Mi padre nos decía que el Gobierno estaba dando un mensaje que no se ajustaba a la realidad. Asistía perplejo "al no pasa nada" de los informativos televisivos para no alarmar. Nada de lo que narraban describía la fuerza con la que el virus estaba atacando a los pacientes y la velocidad de propagación que tenía.

El 18 de marzo dio positivo en coronavirus. Se encerró en la habitación de sus hijos a pasar la enfermedad. Alfonso, su hijo pequeño, entró un día a coger algo y su padre le abroncó hasta tal punto que todavía se acuerda. Emilio cada vez se encontraba más cansado, mareado, no comía. Alfonso llevó a su padre en coche al hospital y el sábado 21 de marzo era ingresado. Después de la primera prueba, los pulmones estaban bien, una alegría.

"Os quiero"

Pero el alborozo duró poco. El reputado doctor no podía respirar y a los cuatro días le trasladaron a la UCI. Ese día pidió a sus compañeros sanitarios que le dejaran hablar con sus hijos y su mujer. Sabía que algo iba mal, la idea era que lo sedaran una semana y despertar. Pero Emilio se expresó como si fuera la última vez que hablara con sus hijos en esa videollamada entre tubos respiratorios: "Os quiero, os quiero, hijos, Marta, te quiero, cuidaos". "Papá tienes que salir de esta". "Se intentará", respondió.

Marta, su amor desde la adolescencia, su esposa y madre de sus dos niños le repetía: "Que no, que no Emilio, que no…", entre lágrimas. Pero él seguía diciendo adiós. ¿Por qué, si había esperanza? Y sus compañeros lo sedaron.

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El doctor con sus dos hijos de viaje

¿Por qué no llaman?

El 1 de abril lo trasladaron de urgencia al Gregorio Marañón. Le detectaron algo que parecía un derrame. Apenas daban detalles. Fueron 16 días de una angustia que la familia no logra describir. Alfonso lo revive como un verdadero infierno con todas las miradas puestas en los móviles: "¿Por qué no llaman? ¿Si no llaman es que va bien? Pero, ¿y si no? ¿Por qué no llaman? Deberían llamar ya..." Y a llorar y a rezar.

A los pocos días Emilio empeoró. Se le infectó un pulmón además de tener otras complicaciones. Llamaron del hospital: "Le hemos puesto todo, estamos haciendo todo lo posible. Si le sale algo más se acabó, será imposible recuperarlo", admitió el médico que les informó del sufrimiento de su padre.

El hombre de su vida

Mientras estuvo sedado, sus dos hijos habían cumplido años. Uno 22, el otro 25. "La última noticia buena que recibió antes de ingresar es que mi hermano había terminado la carrera de Ingeniero de Caminos", puntualiza Alfonso.

Pero también llegó el cumpleaños del director médico. Justo el día antes, el 11 de abril, la familia volvió a tener noticias importantes de su ser querido. Los sanitarios les ofrecieron la oportunidad de ir a verlo: "Está estable. Podéis venir, no os preocupéis, él está bien". Pero no era cierto. "Lo hicieron para que no nos matáramos con el coche. A mi padre le quedaba poco, se moría irremediablemente. Nos invitaron a la visita de despedida antes de que se fuera para siempre de nuestro lado", comenta con profunda tristeza Alfonso.

En el trayecto hacia el hospital guardaban la esperanza en el coche. Una esperanza que se derrumbó para Marta cuando vio que un psicólogo estaba en la puerta esperándola. Los sanitarios le dijeron la verdad. "Tiene un pulmón inservible y el otro está muy mal. Despedíos, no creemos que llegue a mañana".

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Al médico le encantaba la pesca

Alfonso y su madre se pusieron unos EPI, doble mascarilla y gorro para el pelo. Su padre se encontraba al final del pasillo. Alfonso no quería mirar a ambos lados. Todo estaba lleno de pacientes en cubículos, graves, intentando respirar, intubados. Miraba al suelo, a sus 22 años era demasiado trágico digerir lo que sus ojos estaban viendo. Enfermos a punto de morir y médicos ataviados con plásticos hasta las cejas. Agachó la cabeza, "no quiero imaginarme cuál de ellos es mi padre", iba pensando.

Y llegaron. "No voy a olvidar esa imagen. Mi madre no pudo entrar a la habitación se quedó en la puerta de la habitación en shock, no podía parar de llorar. Era el hombre de su vida y ya no lo conocía. Mi padre estaba enganchado a máquinas, lleno de agujas, tubos, aquel no era mi padre, ya no lo era…", admite el joven lleno de amargura.

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El doctor Emilio y su mujer Marta

Un milagro el día de su cumpleaños

Al día siguiente recibió la extremaunción con un sacerdote vestido de astronauta. Todo está listo para su partida. Y, de repente, recibieron una llamada: "No entendemos lo que ha pasado. Parece que está remontando. No hay explicación para esto". Era el día del cumpleaños de Emilio, 58.

La ilusión los mantuvo vivos. Los cuatro días venideros su estado iba oscilando, de peor a mejor, de mejor a peor. Desgraciadamente, el milagro se esfumó. El 16 de abril el virus acabó con él. Justo en el aniversario de su matrimonio, 27 años hacía desde que se casaron. Emilio se fue para siempre.

Las lágrimas de su familia y compañeros bien podrían haber llenado un enorme lago. El buen doctor era muy querido, un médico admirado que se esforzó en buscar material para salvar cuantas vidas pudiera en su hospital. Avisó a los suyos, a sus compañeros, a todo aquel con el que se cruzaba, y no dejó de trabajar pese a presagiar su trágico desenlace. El día que se marchó de este mundo cientos de astronautas sanitarios se asomaron a las ventanas para unirse al sonoro homenaje en el hospital que él mismo había dirigido.

Alfonso, su hijo pequeño, bajó a llorar al jardín de su casa. En su hogar "ya no cabían más lágrimas", al recibir la noticia. Movieron cielo y tierra para cumplir el último deseo del médico, ser enterrado en su Burgos natal. Fue un funeral con mascarillas, distópico, jamás pensado. "Pero nos despedimos de él. De mi padre, era mi padre, un gran padre...".

Agradecimientos a sus jóvenes hijos, Alfonso y Gonzalo, que están cuidando de su madre y viuda que está rota de dolor. Valga este pequeño homenaje para que la historia de su padre y su vida no quede relegada en el olvido. No serán un número, no serán un cifra. Gracias, doctor. Descanse en paz.

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El doctor Emilio con su hijo pequeño Alfonso posan felices en uno de sus últimas fotografías juntos.

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