
Tras el caso de las hermanas clarisas del Monasterio de Nuestra Señora de Bretonera (Burgos), en el que diez religiosas de la comunidad monacal anunciaron que abandonaban la ‘’Iglesia Conciliar’’, hemos conocido un caso similar en la ciudad de Arlington (Texas). El pasado 14 de septiembre, estas monjas de las carmelitas descalzas publicaron un comunicado en el que afirmaban ‘’haber redescubierto la riqueza de la inmemorial tradición litúrgica de la Iglesia".
Ambos cismas parten del rechazo de las hermanas al Concilio Vaticano II y lo que ha traído consigo. Pero, ¿qué fue exactamente y por qué se opone a él la corriente más conservadora?
Concilio de la renovación
Hace referencia al vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia Católica. Una reunión en la que se convocan a todos los obispos cristianos y otros dignatarios eclesiásticos y teólogos expertos, para deliberar acerca de temas de doctrina, indicar pautas generales de moralidad y tomar decisiones sobre asuntos de política eclesiástica, judiciales o disciplinarios.
El objetivo final de estos encuentros es promover el desarrollo de la fe católica a través de la renovación moral de la vida cristiana, adaptando la disciplina eclesiástica a las necesidades del mundo actual y con ello lograr una interrelación con las demás religiones. En resumidas cuentas, actualizar la relación entre la Iglesia y el mundo moderno sin definir ningún dogma, incluso con un nuevo lenguaje conciliatorio, frente a problemas actuales y antiguos.
¿Cómo se desarrolló?
Fue convocado por el papa Juan XXIII, quien lo anunció el 25 de enero de 1959, y se convirtió en uno de los acontecimientos históricos más importantes del siglo XX, tanto para la Iglesia como para el resto de la sociedad. Asistieron alrededor de dos mil padres conciliares provenientes de todo el mundo. Y se desarrolló en latín.
La primera sesión tuvo lugar el 11 de octubre de 1962, con Juan XXIII a la cabeza. Pero murió el 3 de junio de 1963, poco antes de la segunda. Fue su sucesor, Pablo VI, quien presidió las siguientes sesiones -un total de tres- hasta su clausura, el 8 de diciembre de 1965.
Cabe recordar que el primer concilio Vaticano (1869-1870) -convocado por el papa Pío IX- no concluyó, debido al estallido de la guerra franco-prusiana y el hecho de que Roma estaba rodeada por el ejército italiano para la unificación. A pesar de todo, los sectores más liberales o modernistas dentro de la Iglesia lo consideran uno de los cinco concilios más importantes (junto con los de Niceno I, Calcedonense, Lateranense IV, Tridentino y Vaticano II).
¿Qué se acordó?
Se abordaron decretos y declaraciones promulgadas sobre distintos aspectos de la vida eclesial. Entre ellos destacan la inequívoca participación de la Iglesia católica romana en el movimiento ecuménico, la constante educación y formación de los presbíteros (sacerdotes) que los capacite para dialogar con el mundo y el abandono del latín en las misas y su reemplazo por las lenguas vernáculas de cada país (uno de los motivos de peso por los que los católicos ultraconservadores están en contra del concilio y no se identifican con él).
El concilio supuso una mayor libertad religiosa: una renovación en la liturgia, en los estudios bíblicos y la comunicación con el resto de Iglesias. Se vio favorecida la libertad de expresión y las relaciones de las monjas, que pudieron expresarse y sentirse más cómodas en sus congregaciones. Aunque la apertura no fue bien recibida por todas. Algunas tacharon los cambios de absurdos y sintieron que les alejaban de la Iglesia.
Los tradicionalistas, en contra
El ala más conservadora, que rechaza a todos los papas posteriores a Pío XII -particularmente a Francisco I- y lucha por la restauración de la misa tridentina, rechaza la actualización de la Iglesia y su adaptación al mundo moderno, de manera que defiende a ultranza las costumbres y formas religiosas anteriores al Concilio Vaticano II.
En su opinión, las reformas de este concilio han eliminado parte del elemento sacro de la liturgia y esto erosiona la fe en presencia de Cristo. Tampoco están de acuerdo con el acercamiento de la Iglesia Católica a otras religiones, pues creen que difumina la línea divisoria entre ellas.
Dentro de la corriente tradicionalista encontramos una vertiente aún más radical, que es la que representan los sedevacantistas. Es decir, aquellos que niegan la autoridad del actual papa y consideran que el puesto de la Santa Sede está vacante desde la muerte de Pío XII. Es el caso de las hermanas cismáticas de Belorado.



