León no es Francisco, gracias a Dios
El discurso del Papa ante los diputados y senadores nos pareció un saludable soplo de aire fresco para el trono de Pedro.
La visita apostólica de León XIV está dando lugar a grandes momentos para el engrandecimiento de la Iglesia Católica, que durante el papado de Francisco I estuvo a punto de convertirse en una ONG dedicada a la defensa de la inmigración ilegal, la visión ultraizquierdista de la economía y la lucha contra el calentón global. Hizo bien Paquito I en no visitar a España, porque una visita de esas características se hubiera convertido en un aquelarre ultrasociata con su estrambote independentista. Bastante tenemos aquí con los titulares corruptos de esas ideologías nefastas, como para aguantar a que el Papa de Roma viniera a aplaudirlos. Robert Prevost es otra cosa bien distinta de Bergoglio, el pontífice más nefasto de los últimos dos siglos de la Iglesia, y eso es algo que hay que agradecer a la Providencia.
Las palabras de León XIV ante las Cortes españolas el pasado lunes constituyeron una sorpresa, porque ver a un Papa defender con claridad la moral cristiana es algo a lo que ya no estábamos acostumbrados. Sus duras críticas al aborto y la eutanasia, en un parlamento que amenaza con incluir la primera de esas figuras como derecho constitucional, es algo que llena de satisfacción a los que comparten una visión humanista de la sociedad, sean creyentes o no. Es cierto, también, que en el discurso se incluyeron apelaciones genéricas y profundamente sesgadas sobre el problema de la inmigración ilegal en las sociedades desarrolladas, un argumento que a las ONG de la Iglesia dedicadas a exigir justicia social(ista) les habrá insuflado un ánimo especial. Sobre todo cuando atribuyó los estragos de los movimientos migratorios a "la crisis climática", un intento especialmente burdo de vincular dos cuestiones que nada tienen que ver entre sí pero contribuyen a imponer el relato izquierdista. Aún así, el discurso del Papa ante los diputados y senadores nos pareció un saludable soplo de aire fresco para el trono de Pedro, que contribuirá a hacer olvidar a su antecesor.
Falta aún la etapa canaria de este viaje apostólico, tal vez el momento más comprometido de la visita por las cuestiones que van a estar presentes en las palabras del Papa en los actos en los que va a participar. El hecho de que la Misa que celebrará en el puerto de Tenerife vaya a estar presidida por tres cayucos ya nos da una idea de cuál va a ser el contenido de la homilía.
El Papa podría utilizar la presencia de esas embarcaciones para denunciar a las mafias que trafican con seres humanos con ayuda de ONG como algunas de su negociado, pero no parece que las cosas van a ir por ahí. En lugar de eso, León XIV pasará de puntillas sobre el verdadero problema que acarrea la inmigración ilegal, obviará las graves consecuencias para la gente pobre de las ciudades de acogida y defenderá la apertura de fronteras y la aceptación irrestricta de todo el que llegue, sean cuales sean sus intenciones.
Los católicos sabemos que las opiniones políticas de los papas son irrelevantes y, por tanto, no nos comprometen en nada, únicamente cuando el sucesor de Pedro habla de cuestiones de fe. No obstante nos alegramos de no estar ya en el papado de Francisco. Aterra pensar lo que podría haber dicho aquel hombre rodeado de cayucos y con las televisiones de medio mundo a su disposición.
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