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Agapito Maestre

Saber ganar y perder

La cosa del deporte pasará… Y ahora queda la tarea más difícil. Contar, narrar y fijar lo que pasó.

Jugadores de Argentina tras recibir su medalla como subcampeones. | EFE

No es fácil saber perder. Tampoco administrar la victoria es tarea sencilla. Las bajas pasiones salen al exterior cuando menos lo esperas. Y el problema es que nadie sabe cómo controlarlas. Es obvio que los hermanos argentinos no tuvieron buen perder, mientras que los españoles asumieron con dignidad el triunfo. La cosa pasará pronto. Argentina es un país grandioso y, seguramente, ganará el próximo Mundial. Superará con esfuerzo e inteligencia que nadie puede aspirar a un campeonato de fútbol, aunque esté organizado por un organismo tan oscuro como la FIFA, negando el fútbol. La cosa no terminó bien. Pero no pasa nada. "Levantarse es todo", dijo el filósofo. La selección de Argentina se recuperará de la derrota. Aprenderá que saber perder es la condición básica para vivir con dignidad. Valorará con filosofía porteña que forma parte del mismo universo cultural del ganador. Argentina, aunque le cueste reconocerlo a los nacionalistas, es tan centro de la hispanidad como cualquier otro país de Hispanoamérica, incluida España en esa comunidad, naturalmente, como un país más… ¿O acaso a estas alturas alguien duda que España es un país hispanoamericano?

La cosa del deporte pasará… Y ahora queda la tarea más difícil. Contar, narrar y fijar lo que pasó. La historia, sea cual sea la manera de concebirla, tiene la sagrada tarea de convertir lo efímero del suceso en permanente espíritu. Milei ha prometido un día de fiesta para todos los argentinos por haber llegado a la final. No es asunto baladí. Reconocer que sin el segundo no habría primero es algo grandioso. Único. Milei siempre enseña. Ha conseguido dar un salto grandioso en la historia de Argentina, o mejor dicho, de toda Hispanoamérica, porque ha puesto en el centro lo que liberales hispanoamericanos habían expulsado: Dios, la gran verdad de Dios, que estuvo ausente —como dice Etchecopar— de la cabeza y el corazón de los grandes liberales, está ahora en el centro. La humildad de Milei es genuinamente judeocristiana. Tampoco es cosa de pasar por alto que dos millones de personas salgan a la calle para celebrar el triunfo de España, de la nación, sin que un político los convoque a la celebración.

Nada de eso puede olvidarse. Es menester relatarlo con precisión hasta transformar ese mundo de hechos caducos en un reino para espíritus inmortales. Se trata de imitar el comportamiento de los antiguos héroes, en los Campos Elíseos, que realizaban eternamente aquello que los inmortalizó. ¿Seremos capaces los españoles de imitar el esfuerzo, la constancia y la inteligencia exhibida por la selección de fútbol para dirigir nuestro porvenir? Esta duda ofende hasta al narrador que la plantea, puesto que a nadie se le pasa por alto que la cuestión debe formularse al revés: el equipo de fútbol de España ha seguido la ejemplar conducta de los españoles que se esfuerzan cada día por ser mejores. Exactamente eso es lo que se celebra. Eso es el patriotismo. Los jugadores son representantes del heroísmo de un pueblo acostumbrado a soportar lo que no está en los escritos. He ahí el triunfo de una nación que gana, sale ilesa de la ballena del separatismo y el comunismo… Sí, España, a pesar de unos gobernantes que sólo pretenden desnacionalizarla, sale fortalecida.

El régimen político sanchista, la mitad dominada por el robo y la otra mitad regida por el engaño ideológico, no ha conseguido devorar el capital generado por el triunfo de España en el Mundial. Eso es lo decisivo. Ahora es responsabilidad de todos los españoles hacer que lo efímero se convierta en permanente.

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