El mal vecino y sus vergüenzas
La imagen internacional de Marruecos también ha salido dañada tras la invasión a Ceuta.
Una de las exigencias del arte de la guerra, híbrida o no, es, sin duda, esconder la verdadera intención de los acontecimientos que se decide que sucedan. Se trata de simular su sentido y finalidad para que puedan explicarse desde la lógica popular —imprecisa e impresionable—, de una manera conveniente para su instigador. En el caso de un mal vecino, del que Dios nos libre, amén, ya que las sospechas del crimen recaen inmediatamente en él por razón de proximidad, interés y oportunidad, su necesidad de ocultar la verdadera razón de sus asechanzas es vital.
Cuando el mal vecino ha logrado incorporar a sus fuerzas a algunos cómplices que le ayudan a destruir la casa enemiga desde dentro, su necesidad de encubrir a los traidores es máxima. Esos cómplices pueden ser voluntarios, que desean hacer daño a la casa propia, o rehenes extorsionados por el mal vecino para lograr sus propósitos a cambio de no airear miserias inconfesables. En todo caso, son precisos el silencio y el fingimiento. Pero hay veces, que, al contrario, dejan al descubierto sus artimañas.
A estas alturas, nadie puede negar que la invasión de Ceuta iniciada el pasado 30 de julio fue algo que no pudo perpetrarse sino con el consentimiento y el asentimiento del Reino de Marruecos o, al menos, de la parte del reino que controla las carteras de Interior, de Defensa y de Asuntos Exteriores, esto es, el núcleo político del Majzén que rodea y sostiene a Mohamed VI. Si el Rey no lo sabía, o no lo aprobó, entonces estaríamos ante un descontrol de tal calado que invitaría a pensar en crisis abierta del Trono e incluso en un ensayo de golpe de Estado.
Si lo sabía, e incluso si lo sabía parcialmente, lo ocurrido ha desvelado varias debilidades del mal vecino que, de haber un gobierno digno en España, haría posibles muchas iniciativas para responder diplomática y políticamente a la invasión perpetrada y desde luego, haría precisas esfuerzos estratégicos de alto nivel para impedir que tal ataque volviera a producirse por tercera vez. Ya en 2021 una decena de miles de marroquíes violaron la integridad territorial de España. En 2026, han sido 70.000 u 80.000. ¿Qué podría suponer otra intrusión más fuerte?
Lo que ocurre es que, al mismo tiempo que lograba invadir parte de España y dejar estupefacto a un Gobierno inútil y en evidencia a sus Fuerzas Armadas, ha descubierto algunas fragilidades. Una de ellas, hacer coincidir el Día del Trono con esa avalancha hace pensar en cómo es posible que 80.000, según la explicación de propio Gobierno marroquí, hayan querido huir del paraíso alauita ese preciso y glorioso día. Si no son invasores, es que son pobres desesperados organizados por unas mafias que escapan al control del Reino. Mala combinación de factores desprestigiantes.
Si son marroquíes sin futuro en su país, han podido ser organizados, no por la mafias inhumanas, que no cobrarían mucho por tal empeño, sino por el Gobierno o parte de él como una acción no militar pero casi definitiva contra la soberanía española de Ceuta y Melilla, continuando así un proceso de presión y chantaje inmigratorio, en un tráfico criminal de seres humanos usados como arietes políticos. O sea, la mafia, en este caso, es el propio gobierno marroquí.
Esto es, los 100 muertos que ha causado la invasión, ninguno por muerte violenta a manos de España, son responsabilidad exclusiva de los organizadores de la marcha, negra esta vez, y de quienes, sabiendo o asintiendo, la consintieron. En Marruecos y en España.
En cualquier caso, la imagen internacional de un Marruecos emergente e influyente en política exterior, queda dañada. No puede controlar, como tampoco España, lo que ocurre dentro de sus fronteras o, si lo ha controlado, ha carecido de escrúpulos poniendo en riesgo la seguridad de una zona geoestratégica decisiva y usando a la población más débil para perpetrar un ataque inmigratorio descomunal contra un país europeo y vecino. Demasiado expuesto.
Como lo es haber hecho coincidir en la estrategia de comunicación su reivindicación sobre Ceuta y Melilla como ciudades españolas "en territorio marroquí", traída por sus agentes norteamericanos. Que eso es así, no lo duda nadie. Pero al adquirir dimensión internacional destacada gracias a las imágenes propagadas, muchos actores comprobarán empíricamente que Ceuta y Melilla no están en territorio marroquí sino en territorio africano y desde un tiempo muy anterior a la existencia de algo que pudiera ser considerado incluso un Sultanato de Marruecos. Demasiada tergiversación para el Derecho Internacional.
Por si fuera poco, esta maniobra agresiva puede provocar, no ya la desconfianza de Europa y de la OTAN hacia Marruecos, sino que apuntala a quienes dentro de ellas, Estados Unidos, su socio preferente incluido, claman contra la invasión inmigratoria decidida desde hace décadas por los países del Norte de África hacia las democracias débiles por su incapacidad de exigir reciprocidad a su ingenua tolerancia.
Naturalmente, en España, ya está generando su efecto contrario y dará paso a un nuevo Gobierno menos dócil o menos chantajeado o menos cobarde. Ojalá más firme y patriótico. El mal vecino nos ha dado un golpe bajo pero esta vez todos han visto su mano y su intención. El Grupo Parlamentario Popular Europeo y otros grupos, que tienen diputados para hacerlo, podrían pedir una Comisión de Investigación en el Parlamento Europeo sobre la invasión de Ceuta. Es lo mínimo que nos merecemos cuando al mal vecino se le han visto algunas vergüenzas.
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