Sánchez y el barco
¿Por qué Sánchez trae el crucero? Los ingenuos lo atribuyen a buenismo de izquierdas: si tenemos los medios, debemos atender a los pasajeros.
Sánchez ha tomado una decisión con el barco infectado: traerlo a España y ocuparse de los pasajeros para repatriarlos a sus países mientras confina voluntariamente a los españoles que viajen en él. Dice el presidente, por boca de Marlaska, que lo hace por cumplir una obligación legal y moral. No hay tal. No hay ninguna ley que obligue a responsabilizarse del barco con el evidente riesgo de contagio, por remoto que sea, para los funcionarios que intervengan en la operación. Si la hubiera por proximidad geográfica, la obligación sería de Cabo Verde. Tampoco la hay moral, porque la de todo Gobierno es proteger a sus ciudadanos y, en caso de peligro, aunque mínimo, el deber moral consistiría precisamente en impedir el desembarco del pasaje en España.
Entonces, ¿por qué lo hace? Los ingenuos lo atribuyen a buenismo de izquierdas. Si tenemos los medios, debemos atender a los pasajeros, como si fuéramos los únicos en poseer esos medios o no cupieran otras soluciones, como tal vez la de poner en cuarentena al barco mismo tras, en su caso, medicalizarlo y atender a los enfermos en él. Otros hablan de la naturaleza eminentemente altruista de los españoles como católicos. Sin embargo, no somos mejores ni peores que los demás. Es verdad que nos creemos superiores y por eso no criticamos en público la regularización masiva de inmigrantes, por no pasar por racistas y xenófobos, pero nos fastidia a unos o nos resulta tolerable a otros en porcentajes similares al resto de occidentales. Y en esto del barco infectado, somos tan miedosos como puedan serlo cualquiera de nuestros vecinos europeos.
Entonces, ¿por qué nuestro presidente se propone acoger a los posibles infectados? ¿Porque piensa que los españoles compartimos esa generosidad? En absoluto. Primero, porque no somos tan generosos, como ya dije. Y sobre todo porque el presidente, aunque actúa siempre en términos electorales, lo hace de una manera distinta a lo que cabe esperar de alguien con límites éticos. Su intención no es despertar una ola de solidaridad con los pasajeros y que los españoles aplaudamos la generosidad del Gobierno. Al contrario, sabe que el relativamente pequeño peligro que entraña la acción hará que muchos la critiquen y se opongan a ella. Y precisamente por eso la ordena, para generar un debate, que en muchas ocasiones será moral, y para que nos entretengamos atacando o defendiendo al Gobierno por hacerse cargo en nuestro nombre del problema. Mientras, no se hablará de las muchas corrupciones de las que se le acusa. Si la operación acaba con algún contagiado o peor, con algún muerto entre quienes ayuden a llevarla a cabo, a él y a sus ministros les da exactamente igual. Casi mejor, pues así las desgracias que traiga el desembarco serán una distracción más con la que olvidarnos de las trapisondas de los socialistas. Son el tipo de cosas que hacen que algunos atribuyan a Sánchez un talento innato para la política cuando lo que hay no es más que una total falta de escrúpulos. Cualquier gobernante sensato, que se sienta llamado a proteger el interés general, nos evitaría someternos al riesgo que el desembarco entraña. Pero él, no. A él, el único interés que le preocupa es el suyo.
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