Colabora
Anna Grau

¿El corrupto nace o se hace?

No todos los políticos corruptibles se corrompen (a veces por falta de oportunidades), pero todos los políticos corruptos nacieron corruptibles.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acompañado del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. | EFE

Jordi Pujol en 2014. José Luis Rodríguez Zapatero en 2026. ¿Vidas paralelas, que diría Plutarco? En ambos casos, el río sonaba hace años, pronto veremos cuánta agua llevaba. No siempre la ética, la estética y la legalidad coinciden. Pujol ha salido exonerado (que no exculpado), Zapatero se enfrenta a un seísmo reputacional que no porque al final se libre, si es que se libra, dejará las cosas exactamente como estaban. Nunca volverá a ser lo mismo.

A los que tiran de la socorrida llamada al público, del fantasma del lawfare: ¿se imaginan si la imputación de Zapatero se hubiese producido solo una semana antes, en plena romería de la campaña socialista andaluza? De nada, podría decir el juez Calama.

Sin entrar de momento en el fondo de la cuestión, sin vender la piel de ningún oso antes de matarlo, creo que es buen momento para reflexionar sobre los orígenes de la corrupción. Sobre si el poder corrompe inevitablemente, y sobre por qué unos políticos se corrompen y otros no.

Mi teoría: no todos los políticos corruptibles se corrompen (a veces por falta de oportunidades), pero todos los políticos corruptos nacieron corruptibles. La degradación moral es previa, no posterior al hecho.

Durante los tres años que yo pasé en política, me fue muy útil mi experiencia como periodista. Nunca dejé de ver las cosas (de verme a mí) como me vería el cuarto poder. Si la Anna Grau periodista se podía permitir dudar de la vacuna de la Covid, la Anna Grau diputada se vacunó sin rechistar. Si la Anna Grau periodista se podía fumar de vez en cuando un porro, la Anna Grau diputada se abstuvo –hice una sola excepción, el día que murió Fernando Sánchez Dragó: falta justificada, espero, y, por si acaso, admitida públicamente en mi libro En la boca del dragón (La Esfera de los Libros)–. Si la Anna Grau periodista no daba explicaciones a nadie de con quién salía y/o entraba, o cómo se gastaba el dinero ganado con el sudor de su frente, la Anna Grau diputada extremó la transparencia social y financiera. No era puritanismo ni fariseísmo, sino puro y duro sentido común.

Mi experiencia, tanto periodística como política, me ha enseñado que es muy raro que el que nace honrado se corrompa, sean cuales sean las tentaciones. Mientras que el que nace aprovechado, tarde o temprano encuentra cómo dar rienda suelta a su vocación. A escala mayor o menor según las circunstancias de cada uno: habrá quien no tenga ocasión de forrarse con dinero público, pero se haga el eterno remolón a la hora de pagar su parte de la cena y quede a deber siempre los bizums prometidos a los amigos, para entendernos. Es sólo un ejemplo de microcorrupción que está al alcance de cualquiera.

Un problema que tenemos en España es que la gente prefiere pasar por mala antes que por tonta. Que hay quien confunde seriedad con estupidez. Si todos lo hacen, ¿no quedaré como un bobo si no lo hago yo? De reflexiones así está empedrado el camino del infierno.

Ser político es como ser maestro de escuela: el que de verdad se esfuerza, se dedica y se consagra, está mal pagado cobre lo que cobre. Ah, pero el que quiere vivir del cuento, nos sale carísimo. La política tal y como está planteada hoy, con sus férreas estructuras partitocráticas, su feroz componente tribal y esa asquerosa convicción de que pisando cabezas y votos te posesionas de unos recursos públicos y de unos privilegios que a partir de ahí ya te pertenecen en propiedad, como un cortijo, atrae un tipo de chusma muy concreta. No todos los políticos son iguales y sería muy injusto afirmarlo así. Pero que los que son así cada vez son más, que en la cesta hay más manzanas podridas que sanas, y que las sanas casi tienen que pedir perdón por existir y procurar no molestar a sus compañeros más agusanados, pues es una evidencia cada vez más dolorosa y más difícil de ignorar.

Lo tremendo, saben, es que siempre se ve venir. De lejos. La corruptibilidad, esa mezcla de cinismo, temeridad y arrogancia, se detecta en seguida a poco que te fijes en los pequeños detalles. Siempre he dicho que Pujol no era necesariamente corrupto per se. Pero era un autócrata. Todo lo autócrata que se podía ser con el poder que tenía. Cuando empezaron los rumores sobre su familia, usó toda su autocracia para arrancarlos de raíz. Si querías medrar en la estructura de CiU, más te valía ni mentar el tema. Bueno, pues he aquí el resultado.

En cuanto a Zapatero, la falta de escrúpulos con que usó la matanza del 11M como catapulta hacia el poder ya no presagiaba nada bueno. La hipocresía y la doble moral con la que se construyó una imagen de bambi antiamericano mientras a escondidas hacía la pelota a Washington y dejaba entrar vuelos negros de la CIA en el espacio aéreo español sin el control más mínimo, tampoco. ¿Que si ha robado más o menos? La justicia lo dirá. Yo lo que digo es que había una seria disonancia cognitiva entre su cacareado "talante" y lo que sucedía realmente. Era cuestión de tiempo que la contradicción aflorara.

¿Qué hacemos con esto? ¿Nos ponemos de culo a la política? Error. Lo que hay es que elevar el grado de exigencia, meditar el voto, sopesarlo bien. La ejemplaridad bien entendida empieza en la casa y en la excursión a la urna de cada cual. No admiremos a los que nos mienten y/o nos roban, ni nos excusemos con que "más cornadas da la ultraderecha". Ni siquiera con que "todos lo hacen", porque no es verdad. Pero, para que siga sin ser verdad, hay que ayudar un poco a los que resisten al frente de una ejemplaridad pública cada vez más sitiada y más heroica. Qué buenos políticos si tuvieran buenos votantes.

Temas

Ver los comentarios Ocultar los comentarios

Portada

Suscríbete a nuestro boletín diario