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Cristina Losada

Acta de defunción del Gobierno

El contraste entre la pétrea impavidez de Sánchez en Roma y el fragor del escándalo en Madrid daba la medida del alejamiento de la realidad de Sánchez.

Pedro Sánchez durante su comparecencia en Roma tras reunirse con el Papa. | Cordon Press/ANSA via ZUMA Press

Todos los caminos conducen a Roma y allí estaba Sánchez, mientras el camino de las corrupciones y cloacas del PSOE llevaba a la UCO a la sede del partido en Madrid. Otra vez en junio. Raro que los ministros del Twitter no airearan la coincidencia como una prueba de que no es casualidad. La casualidad sí quiso que el presidente del Gobierno fuera a reunirse con el Papa el mismo día que pasaban a la acción las investigaciones judiciales sobre la guerra sucia del partido contra los que estaban investigando al partido, fuesen guardias civiles, fuesen fiscales, fuesen quienes fuesen. Y esta guerra, con una tropilla que dirigía la improbable Leire, no se desencadenó por casualidad, sino por orden de Ferraz y con dinero de por medio. No hubo azar tampoco en la fecha de inicio de las fechorías. Sánchez redactaba una doliente carta a la ciudadanía diciendo que se retiraba unos días a meditar, al tiempo que la maquinaria sumergida del partido se ponía en marcha para destruir a quien perturbara la tranquilidad del jefe.

Estos años se han visto con frecuencia los dos mundos. En uno, el visible, el gubernamental, se llevan los aires de estadista o, al menos, de gobernante homologable, los discursos de buen rollo, los trajes adecuados para cada ocasión, las voces susurrantes que no dicen ni una palabra más alta que la otra, excepto la que fue enviada a la derrota andaluza. En el otro, el mundo oculto, se mueven la canalla, los tunantes, los saqueadores, los mangantes, los corruptos y los corruptores. Los dos mundos son uno solo y no funcionan el uno sin el otro, pero el que se hace visible tiene que dar el pego. Para que nadie vea lo que hay en los sótanos y, si la porquería sale, nadie crea que los de arriba tienen algo que ver con los de abajo. Para poder negar cualquier relación y despachar los escándalos como si fueran de individuos a los que no conocen de nada y no de personajes que reciben órdenes, sí, de los de arriba.

En Roma, un Sánchez que salía de bendecir al Papa, porque es él quien bendice, no el otro, quería dar, de nuevo, la imagen de fina respetabilidad que tratan de proyectar desde el mundo del disimulo. Pero el estallido que estaba ocurriendo en Madrid levantaba las tapas de las alcantarillas, dejaba a la vista lo que circula por el fondo, ratas incluidas, y hacía trizas el empeño. El contraste entre la pétrea impavidez del presidente en Roma y el fragor del escándalo en Madrid, pronto recogido por toda la prensa internacional, la italiana, la primera, daba la medida del alejamiento de la realidad de Sánchez. Sus declaraciones, como de autómata, lo certifican. Para qué entrar en los detalles, por lo demás, insostenibles. Está en una nube, como aquellas que iba a supervisar su pana Zapatero, y no se entera de que se ha extendido el acta de defunción de su Gobierno.

El vaso estaba lleno y ha caído la gota que lo desborda. Y vaya gota. El síntoma de las situaciones políticas terminales lo dan, a veces, a su pesar, los medios. Hasta los gubernamentales dejan de transmitir el relato gubernamental, porque los hechos dan un salto cualitativo y se impone una dinámica noticiosa que construye un relato propio que nadie ni nada puede cambiar. El Gobierno ha perdido el control del relato y no lo va a recuperar. Su inconsciencia crece por momentos. Igual que la de sus socios. No exigirán elecciones mientras no haya financiación ilegal del PSOE. ¡Y sentencia firme!, aclara el garantista Rufián. Otras ilegalidades, no problem. Parafraseando una boutade de Trump en una de sus campañas, si Sánchez apareciera en la Gran Vía y disparara contra un transeúnte, no perdería el apoyo de Rufián, el BNG, Compromís ni Sumar. Mientras no sea financiación ilegal, los socios le dan la absolución que ni siquiera el Papa le puede dar.

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