Colabora
Daniel Rodríguez Herrera

El voto exterior es antidemocrático

Cada voto que emite alguien que vive fuera del alcance del político que salga elegido anula el voto de quien lo tendrá que sufrir.

Si yo me fuera a vivir mañana a Andalucía, por mucho que lleve siendo madrileño 50 años ya, dejaré de votar en las municipales y autonómicas de aquí para pasar a hacerlo en las de allí. O, al menos, lo haré si no se lía el papeleo y al llegar las elecciones no estoy censado en ninguno de los dos sitios, que todo puede pasar. Pero problemas burocráticos hipotéticos aparte, el fondo del asunto es sencillo: si como recordó Jefferson los poderes del Gobierno derivan del consentimiento de los gobernados, es a estos a quienes se ha de consultar y no a quien está fuera de la jurisdicción del Gobierno. Si vivo en Cádiz, debería votar al Ayuntamiento de Cádiz y a la Junta de Andalucía y no al Ayuntamiento y Comunidad de Madrid por mucho tiempo que haya vivido en ella y me importe.

Si tengo derecho al voto, a participar en el proceso donde los ciudadanos damos nuestro consentimiento a ser gobernados por otros, debería votar allí donde pago impuestos y recibo servicios, allí donde disfruto o sufro las consecuencias de mi voto y el de mis vecinos. Si esto es tan sencillo de entender cuando hablamos de dónde votamos dentro de un país, ¿por qué se hace excepción con los españoles que viven en el extranjero, no digamos ya quienes no han pisado siquiera una vez nuestro país? Si un español vive en el Reino Unido, debería votar a favor o en contra de Nigel Farage si allí consideran que tiene ese derecho, pero no decidir si quienes los sufrimos echamos o no a Pedro Sánchez o a Isabel Díaz Ayuso.

La democracia es, al fin y al cabo, un sistema en el que se puede cambiar de gobernantes sin matar a nadie en el proceso y en el que existe un grado de representación suficiente de los deseos de los ciudadanos como para que podamos argumentar que existe cierto consentimiento. Nada de esto es perfecto ni pretende ni debería pretender serlo, porque la perfección es algo perpetuamente alejado de los asuntos humanos. Cada país implanta un sistema distinto que da diferentes pesos a la gobernabilidad y a la representatividad. En circunscripciones suficientemente grandes cada voto individual cuenta tan poco que lo racional es votar por satisfacción personal y no por una evaluación sopesada de qué es lo mejor para uno mismo y para el país, región o ciudad. Pero, aun así, nuestra decisión cuenta, aunque sea poco, y somos representados, aunque sea mal. Y si votamos a un político que quiere subir los impuestos nos los subirá a nosotros y si votamos a otro que nos quiere prohibir el coche privado nos los prohibirá a nosotros. Imponer nuestras preferencias a terceros sin tener que pagar las consecuencias de las mismas no es democracia sino tiranía.

Ni voto rogado, ni CERA, ni ley de nietos ni leches. No debería haber voto exterior. Cada voto que emite alguien a quien ni le va ni le viene el resultado de unas elecciones porque vive fuera del alcance de quien salga elegido anula el voto de alguien que sí sufrirá al político electo. Y, por tanto, es furiosamente antidemocrático. ¿Que puede haber excepciones razonables, como militares o diplomáticos en misión oficial en el extranjero? Sin duda, y deberían tenerse en cuenta. Pero la regla general, al margen de las trampas electorales que sospechamos va a cometer el PSOE, es que no debería votar quien no vive aquí.

Temas

Ver los comentarios Ocultar los comentarios

Portada

Suscríbete a nuestro boletín diario