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Daniel Rodríguez Herrera

La izquierda crea los monstruos que intentan matar a Trump

Viendo lo que se considera aceptable en la izquierda americana estos días, ¿a alguien le sorprende que Trump haya sufrido cinco intentos de magnicidio?

Donald Trump comparece ante la prensa después del intento de asesinato de este domingo en Washington. | EFE/EPA/WILL OLIVER

Hasan Piker es un streamer político norteamericano de extrema izquierda que alcanzó la fama fuera de su nicho cuando se supo que le daba descargas a su perro cuando éste no aceptaba su papel de fondo de escenario y cometía el pecado capital, no de ladrar o interrumpir de algún modo al dueño, sino simplemente de moverse. Como la izquierda es como es en todas partes, aquello no sólo no supuso su fin, sino que le dio una mayor visibilidad que le permitió ir ascendiendo hasta convertirse en una figura aceptada, respetada y emergente. Un movimiento que ha culminado estas últimas semanas con su consagración en el New York Times.

Primero fueron las alabanzas del influyente Ezra Klein, que pidió absolverle de pecadillos tales como decir que EEUU se mereció el 11S o que su bandera preferida es la de Hezbolá. Y pocos días más tarde una aparición en el podcast en que disculpaba el asesinato de Brian Thompson, CEO de la aseguradora United Healthcare, por parte de Luigi Mandioni porque la víctima cometía "una enorme cantidad de asesinatos sociales", siguiendo la terminología de Engels que inauguró esa táctica de la izquierda de llamar violencia a lo que no lo es para justificar así su violencia real como defensa propia. En el mismo podcast, su compañera de debate justificaba que de vez en cuando robaba en el supermercado aunque no le hiciera falta para comer. Todo esto en el New York Times. En el puto New York Times.

Viendo lo que se considera aceptable en la izquierda norteamericana estos días, ¿a alguien le sorprende que Donald Trump haya sufrido ya cinco intentos de magnicidio? Trump podría considerarse víctima, la más prominente, de lo que en los últimos lustros se ha dado en llamar "terrorismo estocástico", que es la creación mediática de un clima de demonización en torno a una figura o un grupo que, a base de repetición y exageración, aumenta la probabilidad de que finalmente un "lobo solitario", como el de este sábado, termine usando la violencia. El aspirante a John Wilkes Booth había publicado un manifiesto en el que decía que "ya no estaba dispuesto a permitir que un pedófilo, violador y traidor manche mis manos con sus crímenes".

Donald Trump es un personaje inédito en política, cuyas formas han rebajado el prestigio institucional y hasta la mística de la presidencia estadounidense por debajo de la fosa de las Marianas. Sin embargo, es una figura casi digna de situarse junto a los Lincoln, Reagan o Kennedy o de tener su rostro tallado en el monte Rushmore cuando se le compara con sus rivales políticos y mediáticos. Son ellos los que repiten una y otra vez que Trump es un pedófilo –con la excusa de Epstein, al que sacó de su vida hace veinte años mientras seguía siendo amigo de medio Partido Demócrata–, violador –cuando un jurado civil ha admitido que no lo es– y traidor. No lo hacen porque crean de verdad que es un pedófilo, un violador y un traidor. Lo hacen para que se lo crean muchos otros y para que, de todos ellos, haya alguno que les haga el trabajo sucio.

Si Trump es Hitler, si va a acabar con la democracia, ¿cómo puede no estar justificado asesinarlo? Si Brian Thompson era un "asesino social", ¿cómo no va a estar justificado asesinarlo a él para evitar que cometa más crímenes? Si Charlie Kirk era un fascista que portaba un mensaje de odio, ¿cómo no acabar con él? Anoche Erika Kirk salió llorando de la cena, reviviendo el trauma de la muerte de su marido. Mientras, los periodistas que llaman pedófilo, violador y traidor a Trump, se marcharon con las botellas de vino y champán que había en las mesas debajo del brazo.

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