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Europa primero

Estados Unidos ya no produce coches, lavadoras o televisores, sino deuda del Tesoro, montañas de derivados financieros y humo especulativo.

Estados Unidos ya no produce coches, lavadoras o televisores, sino deuda del Tesoro, montañas de derivados financieros y humo especulativo.
4 de julio de 2026: Donald Trump habla durante la celebración del Homenaje a Estados Unidos 250 en el National Mall en Washington, DC. | Europa Press

Cuando yo me ganaba la vida como profesor de Economía e intentaba desinfectar de tópicos los cerebros de mis alumnos, siempre les preguntaba en la primera clase si consideraban que Argentina es un país rico. También siempre, ellos respondían que sí, rotundamente, pero que el país estaba mal por culpa de los políticos. Entonces les lanzaba la segunda pregunta, la que los dejaba mudos y pensativos por norma. Porque les pedía que me dijesen cuántos productos made in Argentina habían visto en las estanterías de El Corte Inglés a lo largo de toda su existencia. No eran capaces de recordar ninguno, claro.

Tantos años después, aquella pregunta mía se podría hacer extensiva a Estados Unidos con el pasmo de quien observa a una vieja potencia crepuscular que, habiendo desmantelado su matriz industrial, pretende seguir dominando el planeta a partir de la producción de nada. El imperio americano es hoy un decorado de cartón piedra que incluso necesita importar de China las piedras y el cartón que todavía le permiten disimular ante las miradas indiscretas la definitiva extinción de su base material de poder económico. La élite rectora de Estados Unidos decidió en su día, allá a mediados de los setenta, clausurar las grandes cadenas de montaje que le habían permitido escalar hasta el dominio empresarial del mundo para abrazar el rentismo.

Desde entonces, Estados Unidos ya no produce coches, lavadoras o televisores —de eso se encargan los asiáticos—, sino deuda del Tesoro, montañas de derivados financieros, un sinfín de títulos de renta variable ligados al S&P 500, moneditas virtuales y humo especulativo por el estilo. Donde había miles y miles de fábricas queda apenas un casino. Y de ahí la presión constante a Europa para que compre, quiera o no, armamento al complejo militar-industrial, casi el único sector manufacturero relevante cuyas instalaciones siguen íntegramente instaladas en territorio doméstico de Estados Unidos. Porque no se trata de nuestra defensa, sino de su definitiva decadencia industrial. Pero la misión histórica de Europa no consiste en pagar ahora la factura de la frivolidad suicida de la clase dirigente norteamericana. Europa primero, sí.

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