
El Gobierno, en su impostado afán por simular normalidad donde no la hay, ha alumbrado una ocurrencia muy vistosa y cinematográfica (de serie B). De ahí que lleve unos días empeñado en tratar de convencer a los telespectadores de que el gran riesgo para la seguridad nacional de España radica en un solar vacío del puerto de Ferrol, y no en esas calles de Ceuta atestadas día y noche de ocupantes ilegales extranjeros, todos en actitud hostil. Alguien, en cualquier caso, tendría que explicarle al Ejecutivo central, igual que a los sargentos Romerales del CNI, que con las cosas de comer no se juega.
Un ejercicio pedagógico elemental que también haría falta extender a los arquitectos mediáticos de esa ola de conspiranoia sincronizada, la de las portadas de prensa entregadas a asustar a los niños con el antiquísimo cuento del peligro amarillo; todo ello mientras el único peligro real y constatable, el marrón oscuro, sigue amenazando nuestra soberanía vía oleadas masivas de lumpen juvenil marroquí disfrazadas de una poco creíble crisis migratoria espontánea. Por no hablar, en fin, de ese reflejo condicionado cipayo que solo busca quedar bien ante la embajada de Estados Unidos, país a quien por cierto pertenece la única tecnología militar hipotéticamente susceptible de ser espiada por alguien.
Así las cosas, ante el anuncio de una factoría de automóviles eléctricos llamada a crear 1.000 empleos directos en una comarca desindustrializada, la respuesta gubernamental ha consistido en difundir un guion chusco, de novela barata de espías, con la ayuda de unos cuantos redactores de guardia no muy despiertos. Y es que pretender que la República Popular China destine capitales multimillonarios y cadenas logísticas colosales con el propósito peregrino de espiar con un catalejo los diques de Navantia revela una ausencia de sesera analítica ciertamente notable. Alguien también tendría que explicar a los varios doctores en Economía del Gobierno que las grandes potencias industriales no instalan plantas de ensamblaje para espiar nada, sino para sortear aranceles y conquistar nuevos mercados exteriores lejos de los suyos domésticos. Menos películas de Fu Manchú y un poco más de sentido del ridículo.
