
La distancia entre Meloni y Sánchez, más allá de herrumbrosos arcaísmos topológicos heredados del siglo XX, como el de izquierda y derecha, remite a dos actitudes antagónicas en relación a cómo entender el presente y el futuro de Europa. La de Meloni, angustiada ante la posibilidad real de desaparecer en tanto que unidad cultural históricamente reconocible; la de Sánchez, marcada por el sentimiento de culpa frente a la propia existencia de esa unidad cultural. Una Europa quiere seguir siendo Europa, la otra solo quiere pedir perdón.
Por eso, Meloni exhibe mano dura frente a las costas de Lampedusa mientras Sánchez despliega la retórica humanitaria de quien administra bulas de buena conciencia universalista. Dos gestos opuestos que tampoco parten del mismo error de diagnóstico. Porque los excedentes demográficos que arriban a las costas mediterráneas no forman un ejército de reserva marxiano que presione salarios a la baja, por más que esa siga siendo aún la fantasía secreta de cierta derecha miope. Aquella figura clásica, la del ejército de reserva, requería de una industria capaz de emplearlo, la industria que ya no existe porque se fugó a China. Meloni no ha necesitado un doctorado en Economía para entender correctamente esa realidad, y por eso levanta muros sin remordimiento. Sánchez, en cambio, persiste en presentar la inmigración masiva de semianalfabetos procedentes del Tercer Mundo como una maravillosa oportunidad para no se sabe qué.
Lo que tampoco comprende Sánchez es que esa población huye de economías arcaicas y precapitalistas para reproducir en Occidente las mismas estructuras arcaicas y precapitalistas de las que viene escapando. Basta dar una vuelta por Barcelona y contemplar las tienduchas que proliferan en todos sus barrios: podría ser la fotografía de cualquier suburbio sin alcantarillado de Pakistán, Bangladesh o el altiplano boliviano. El enfrentamiento entre ambos líderes, tan aireado en las cumbres europeas, resulta así una discusión desigual: uno acierta en el diagnóstico de fondo, el otro yerra en él por completo. Y de ahí que las clases populares italianas, que perciben ese acierto, hoy voten a Meloni en masa, con una fidelidad electoral que la izquierda posmoderna española no podría ni soñar.
