
Guy Standing bautizó con el nombre de precariado a esa clase social definida por la ausencia vitalicia de empleo estable, y advirtió que su irrupción desestabilizaría las democracias occidentales mucho más que cualquier crisis financiera. Lo que no llegó a prever fue que, junto al precariado autóctono, iba a aparecer en escena otra categoría infinitamente más problemática: un subprecariado integrado por excedentes demográficos del tercer mundo, grupo que no constituye mano de obra en el sentido canónico del término. Porque aquella Europa que, en los sesenta, absorbía inmigrantes sin cualificar tenía fábricas y cadenas de montaje que convertían millones de músculos jóvenes en salarios dignos. Pero esta Europa desindustrializada del siglo XXI, la de la aplicación de Amazon y los almacenes robotizados, no dispone de ocupaciones decentes que ofrecer a quienes llegan sin oficio ni beneficio.
En su caso específico, el de ese subprecariado africano que se dirige a España, urge olvidar aquel concepto célebre de Marx, el ejército de reserva —esa masa de desempleados que presiona los salarios a la baja porque resulta contratable por el capital en cualquier momento—: un africano desarraigado y semianalfabeto, alguien que ninguna empresa autóctona va a emplear jamás, no ejerce ninguna presión; queda, simplemente, fuera del sistema, no como reserva disponible sino como población sobrante. Y aquí aparece el único agente económico beneficiario del proceso: el entramado de oenegés que vive, y no de modo ocasional sino permanente, de gestionar rutinariamente esa inempleabilidad.
Cuantos más inempleables lleguen a la Península, más subvenciones para quienes han convertido en una profesión el eternizar el problema de su no inserción. Al cabo, el subprecariado no necesita a las oenegés para sobrevivir. Son las oenegés las que necesitan al subprecariado para seguir existiendo. El flujo ya crónico de esos africanos inempleables es lo que blinda sus propios empleos. Es un bucle perverso que sólo puede desembocar en el desmantelamiento del Estado del bienestar tal como lo conocimos, y dar paso a la vieja beneficencia decimonónica para mendigos y menesterosos. La estúpida ceguera histórica de la socialdemocracia le ha hecho cavar su propia tumba.
