Bebés al contenedor rojo
Una sociedad verdaderamente humana no se mide únicamente por cuántos derechos individuales consigue proclamar, sino también por cómo protege a quienes dependen completamente de otros.
Massachusetts acaba de dar un paso que debería preocupar incluso a quienes defienden el derecho al aborto. La gobernadora demócrata Maura Healey ha firmado una ley que elimina las condiciones específicas que hasta ahora regulaban las interrupciones del embarazo a partir de las 24 semanas y deja la decisión en manos del "juicio profesional del médico", sin fijar ya un límite gestacional concreto. Aunque sus defensores alegan que existen tragedias médicas difíciles de encajar en una lista cerrada de supuestos, esos casos podrían haberse resuelto ampliando las excepciones. En lugar de eso, la nueva ley retira buena parte de los límites anteriores y concentra una enorme responsabilidad moral en el criterio individual de un solo facultativo.
Los médicos son seres humanos. No son máquinas perfectamente neutrales protegidas frente a las corrientes culturales, políticas o ideológicas de su época. Del mismo modo que existen médicos profundamente contrarios al aborto, pueden existir otros que hayan interiorizado una concepción según la cual cualquier restricción a la decisión de la mujer constituye una forma de opresión y cualquier ampliación de esa capacidad de decisión es necesariamente "liberadora" o "empoderante". Precisamente porque sabemos cómo funciona el ser humano cuando una convicción moral se convierte en ideología, las leyes existen también para establecer límites. El criterio profesional es imprescindible pero no debe ser el único dique cuando hablamos de un embarazo extraordinariamente avanzado. Ya que podemos discutir durante horas sobre cuándo comienza la personalidad jurídica, cuándo aparece la conciencia o qué grado de protección merece un embrión. Pero cuando hablamos de embarazos muy avanzados, en los que el feto es ya viable o se encuentra próximo al nacimiento, el debate resulta especialmente aberrante. A esas alturas ya no estamos ante una abstracción microscópica, hablamos de un bebé.
Se discute constantemente cuándo comienza la vida humana. Yo me pregunto: ¿en qué momento comenzamos nosotros a perder la humanidad cuando somos capaces de colaborar conscientemente en matar a un bebé? Podemos revestirlo del término jurídico que queramos, pero ninguna ingeniería semántica consigue borrar la dimensión moral del acto. Lo que durante siglos ha sido considerado una tragedia —o incluso un crimen— termina convertido en un derecho celebrado por una sociedad que presume de estar más concienciada que nunca: preocupada por el planeta, las mujeres, los inmigrantes, las minorías y cualquier forma imaginable de vulnerabilidad, pero capaz al mismo tiempo de tratar las vidas humanas más frágiles como un residuo molesto que basta con depositar en el contenedor rojo.
Siempre he considerado el aborto uno de los grandes dramas del mundo moderno, especialmente porque vivimos en sociedades con más anticoncepción, información, medicina y recursos que nunca. Sin embargo, en lugar de preguntarnos por qué tantas personas viven la maternidad como una catástrofe, seguimos ampliando el espacio reservado a la interrupción del embarazo. En España hubo 106.172 abortos en 2024, mientras la fecundidad cayó a 1,10 hijos por mujer y los nacimientos descendieron de más de 420.000 en 2015 a unos 321.000 en 2025; en Estados Unidos, además, los abortos aumentaron de forma notable respecto a 2020. Una sociedad que cada vez tiene menos hijos y, al mismo tiempo, normaliza cada vez más el aborto debería al menos preguntarse qué está fallando. Porque el problema va más allá: hemos construido sociedades profundamente atomizadas en las que cada vez resulta más difícil aceptar cualquier vínculo que limite nuestra aparente autonomía. Los niños, los enfermos y los ancianos exigen sacrificio. Una familia obliga a organizar la vida alrededor de alguien más que uno mismo.
Y tal vez por eso deberíamos preocuparnos cuando una civilización comienza a entender la libertad como liberarse de los demás. Una sociedad verdaderamente humana no se mide únicamente por cuántos derechos individuales consigue proclamar, sino también por cómo protege a quienes dependen completamente de otros. Y pocas imágenes de dependencia pueden ser más radicales que la de un ser humano que todavía no ha nacido.
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