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Los ataques aéreos contra Estado Islámico, ¿sirven para algo?

Pocas ciudades importantes han caído estos meses. Sí ha muerto algún líder importante del EI.

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El portaaviones nuclear Charles de Gaulle, la joya de la corona de la Armada francesa, partió el pasado miércoles desde su base en la ciudad mediterránea de Tolón hacia el Golfo Pérsico. La confirmación la dio ese mismo día el presidente de la República, François Hollande, en un discurso ante militares menos de una semana después de los ataques yihadistas contra la revista Charlie Hebdo y contra un supermercado judío en París.

A bordo del imponente portaaviones, que cuenta como escolta con una fragata de defensa antiaérea, un submarino nuclear de ataque y un petrolero para suministro, viajan 2.000 marines galos, doce cazas de combate Rafale y nueve Súper Étendard, cuatro helicópteros y un avión de vigilancia. Todo ello, según explicó Hollande, con el objetivo de hacer frente a Estado Islámico, que se mantiene fuerte tanto en Siria como en Irak.

Se unirá de este modo a los medios presentes sobre el terreno de la coalición internacional que Estados Unidos lidera para combatir a Estado Islámico desde el pasado mes de septiembre. Una coalición a la que se unieron gran cantidad de países una vez quedó claro que no se estaba hablando de que las tropas pusieran pie a tierra, sino que se iba a limitar a ataques aéreos selectivos y a una misión de entrenamiento al ejército iraquí y a los peshmergas kurdos.

La obligación moral de combatir el terrorismo y la debilidad aérea de Estado Islámico, que garantiza prácticamente la supremacía aérea, supuso un aliciente para muchos países, que consideraron que se le abría una importante oportunidad de probar sus cazas y dar experiencia a sus pilotos con una carga de riesgo insignificante en comparación con otros escenarios bélicos. Estados Unidos tuvo que ir limando los ofrecimientos aéreos hasta dejarlo en el despliegue actual.

Sin conocerse las cifras exacta de recursos aportados por EEUU, los países europeos han enviado a la zona casi una cincuentena de aeronaves. Francia ha enviado once (nueve cazas Rafale, un avión cisterna C135 y un avión de patrulla marítima Atlantique2), Reino Unido al menos una decena (ocho cazas Tornado GR4 y al menos dos drones MQ-9 Reaper), Bélgica otros ocho (seis cazas F-16 Fighting Falcon y dos aviones de transporte C130 Hércules), Dinamarca siete aeronaves (siete cazas F-16 Fighting Falcon) y Holanda ocho aviones (ocho F-16 Fighting Falcon, aunque dos están en reserva por si pasa algo a alguno de los seis que participan en los ataques).

Los otros dos grandes países anglosajones también han enviado aeronaves. Canadá aporta seis cazas F-18 Hornet, un avión reabastecimiento en vuelo CC-150 Polaris, dos aviones de vigilancia CP-140 Aurora y un avión de transporte táctico. Por su parte, Australia participa con ocho cazas F-18 Super Hornet, un avión de reabastecimiento en vuelo y un avión de transporte.

La necesidad de que la coalición no pareciese una misión del occidente cristiano contra el Islam hizo que EEUU implicase también a varios países árabes. Éstos están aportando cuatro cazas F15 Strike Eagle (Arabia Saudí) y un número no conocido de F-16 Fighting Falcon (Jordania y Bahrein) y F-16 E/F Desert Falcon (Emiratos Árabes Unidos). Qatar, por su parte, ha puesto a disposición de la coalición dos C-130 Hércules en configuración de reabastecimiento en vuelo.

Pero la gran pregunta que se plantean muchos expertos militares y en relaciones internacionales es si la actuación de la coalición internacional, limitada a ataques aéreos selectivos y a una misión de entrenamiento todavía en ciernes es suficiente, sin poner pie a tierra, para recuperar el terreno que los yihadistas han obtenido durante el último año debido a la nula preparación del ejército iraquí y a la guerra de facciones opositoras en Siria.

El primero en hablar en este sentido fue el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, quién aseguró que "los ataques aéreos no son suficientes para vencerlos" y solicitó a la comunidad internacional que colaborase también "con quienes pelean en el terreno", en alusión al ejército iraquí, pues el Ejecutivo turco por cuestiones históricas no está dando ni un ápice de apoyo a los peshmergas kurdos, más bien todo lo contrario.

El profesor de Relaciones Internacionales en la London School of Economics and Political Science (LSE), Fawaz A. Gerges, se manifestó en parecidos términos en otoño en una entrevista concedida la revista Política Exterior. "Las perspectivas de éxito son muy pequeñas. Quizá la campaña consiga debilitar al EI pero no podrá sacarle de algunos de sus principales feudos, en ciudades y pueblos como Mosul, Faluya, Tigrit", dijo.

"Si el Estado Islámico ha crecido no es solamente por el número de sus efectivos sino porque se ha mezclado con comunidades suníes locales en Irak y Siria, donde se erige como su defensor ante los gobiernos sectarios de ambos países. Ha sido capaz de establecer una base social que le ha permitido expandirse", añadió.

Tampoco el ex jefe de Estado Mayor de la Defensa del Reino Unido, el general Sir Dave Richards, cree que esta táctica sirva para acabar con los yihadistas de EI. "El poder aéreo por sí solo no va a ganar una campaña como ésta. No es en realidad una operación antiterrorista. Se trata de un enemigo convencional, ya que tiene blindados, tanques, artillería (...) es bastante rico, domina territorio y va a dar pelea. Así que, por lo tanto, uno tiene que verlo como una campaña militar convencional", añadió.

La realidad es que casi cuatro meses después de que la coalición internacional comenzase sus ataques aéreos selectivos contra Estado Islámico, los yihadistas apenas han perdido terreno sobre el que tenían bajo su mando antes de estos ataques. Sólo alguna ciudad representativa como la estratégica Jurf al-Sakhar (ubicada cerca de Bagdad) o la de Kobane en el Kurdistán (que tratan de recuperar los yihadistas en las últimas semanas) han cambiado de manos.

Sí parecen más reseñables la pérdida de líderes que han sufrido en este tiempo, como la del gobernador del EI en Mosúl (la tercera ciudad más poblada de Irak, con casi 2 millones de habitantes) el pasado mes de noviembre, Radhwan Hamdouni, conocido como Abu Laith. O la del supuesto número dos del EI, Nawab Barjis Darwesh al Shamari, que estaba en Mosúl para sustituir en el cargo al anteriormente fallecido y que habría muerto esta misma semana.

Mientras tanto, el combate por tierra contra Estado Islámico se circunscribe a un ejército iraquí poco preparado, que en ocasiones huyen del combate con demasiada facilidad, cuyos militares en algunos casos llegan a sobornar a sus mandos para no ir al frente y a unos peshmergas kurdos con amplia experiencia en combate pero cuyas tácticas de adiestramiento son más que cuestionables.

Todo ello, pese al aumento de nivel de adiestramiento que está suponiendo la presencia de personal de formación enviado por el ejército estadounidense y al que, en próximos meses, se irán uniendo instructores de otros países de la coalición, entre ellos, casi trescientos efectivos de las Fuerzas Armadas españolas. El problema es que los frutos de ese trabajo de adiestramiento tardará meses en cristalizarse en unidades preparadas para ir al frente.

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