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Ser catalán me sale a pagar

En la Cataluña actual, la cosa no va de que la clase media haya desertado en masa de los colegios públicos e institutos, sino que, todos los que pueden, también están sacando a sus hijos de los centros concertados

En la Cataluña actual, la cosa no va de que la clase media haya desertado en masa de los colegios públicos e institutos, sino que, todos los que pueden, también están sacando a sus hijos de los centros concertados
Salvador Illa y Óscar Puente | Europa Press

Administrativamente, yo soy catalán; y me sale caro, demasiado. Ocurre que los empadronados en esa demarcación soportamos una presión fiscal significativamente por encima de la media española y, a cambio, obtenemos un abanico de servicios públicos que tiende a ofrecer una calidad inversa a esa media española. Prestaciones colectivas, las que provee la Generalitat, que no resultan ser inferiores en estándares de volumen y eficiencia a las que ofrecen otros territorios por mor de una eventual incompetencia de sus gestores, sino en razón de la asimetría numérica creciente entre quienes se benefician de esos servicios y quienes los sostienen con sus tributos personales.

Así, la sanidad pública de Barcelona, mi ciudad, dispone de instalaciones médicas de primer nivel mundial, al punto de que incluso ya hay hoteles dentro de su casco urbano que se han especializado en alojar a millonarios extranjeros que vienen a tratarse en los servicios concertados que ofrecen instituciones como el Hospital Clínic, entre otros. Pero lograr cita para una simple consulta en un centro de asistencia primaria de barrio – créame el lector – constituye un genuino tormento para los locales de esa misma ciudad. Por no hablar de la educación, la otra gran partida de gasto que absorbe la mayor parte del presupuesto autonómico.

Y es que, en la Cataluña actual, la cosa no va de que la clase media haya desertado en masa de los colegios públicos e institutos, sino que, todos los que pueden, también están sacando a sus hijos de los centros concertados, a los que ya ha llegado la caída general del nivel. Así las cosas, un incremento notable del presupuesto destinado a eso que se suele llamar gasto social, algo que viene a representar en torno al 65% del total, no se va a traducir en que la clase media deje de pagar dos veces muchos servicios, vía impuestos y vía desembolso privado, sino que la asimetría creciente entre financiadores y beneficiarios del Estado del bienestar se agrandará todavía mucho más. Porque el problema de Cataluña no es que le falte financiación, sino que le sobran habitantes.

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