
Hay dos formas de descubrir que un país no se ha tomado la energía en serio. La primera es cuando te hablan de electrificarlo todo como si fuera una especie de conjuro. La segunda, cuando un miércoles cualquiera, a primera hora, tienes que parar la industria porque la realidad —esa cosa que nunca se negocia— ha decidido recordarnos que un sistema energético no se gobierna con informes fabricados donde abunda la moqueta.
Esta mañana Red Eléctrica ha tenido que activar el Servicio de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD). En cristiano, ha tenido que ordenar recortes temporales de consumo industrial durante aproximadamente dos horas porque hubo un enorme desajuste entre generación y demanda. Para que nos entendamos, tuvimos que echar mano del botón que desconecta a una parte de la industria para que todo lo demás siguiera funcionando.
Al relato oficial suele incomodarle la realidad. La causa de lo sucedido hoy atiende a la variabilidad natural de las fuentes renovables, en este caso la eólica. Según el análisis llevado a cabo por El Periódico de la Energía, la eólica ha producido mucha menos energía de la que se había comprometido a producir. ¿Por qué ha sucedido esto? Por un viento excesivo en la mañana de hoy, que origina que los aerogeneradores se paren por protección. Mucha gente desconoce esta realidad, pero mucho viento puede terminar en menos electricidad inyectada en la red, porque las máquinas se autoprotegen (como es natural).
Los datos nos confirman una producción eólica en torno a 7.500 MW cuando se esperaba por encima de 11.000 MW. Es decir, un agujero relevante justo en el tramo en el que el sistema va cambiando de configuración, con el sol asomando y una operación delicada de la red. A eso hay que sumarle otro detalle que se menciona de pasada, pero es decisivo: el temporal redujo la importación desde Portugal —de unos 2.300 MW a alrededor de 800 MW, según datos de la propia Red Eléctrica—. Dos golpes simultáneos: menos eólica útil y menos apoyo exterior.
¿Qué hizo el sistema? Lo único que puede hacer cuando las leyes de la física aprietan y la realidad llama a tu puerta, empezar a quemar gas. Los ciclos combinados pasaron de alrededor de 3.000 MW a casi 9.000 MW entre las 06:00 y las 09:00. La ironía se explica sola: llevamos años de liturgia verde señalando al gas como pecado, y luego, cuando hay problemas en el paraíso ecosostenible, el gas aparece como el verdadero adulto en la habitación.
Pero incluso así no bastó. Se tuvo que activar el SRAD y parar la industria para prevenir males mayores. Mientras los ministros compiten por colgarse medallas de transición, hay fábricas que descubren que la seguridad de suministro es, en realidad, un coste que se traduce en incertidumbre, pérdida de competitividad y PIB que se deja de producir.
Ahora bien, al igual que he sido muy crítico con Red Eléctrica por su gestión del apagón, hoy debemos decir que han hecho lo que tenían que hacer. En la operación eléctrica hay decisiones antipáticas que son precisamente las correctas. Si el sistema se tensa, recortas demanda industrial interrumpible antes de jugar a la ruleta con el suministro general. La pregunta incómoda no es si Red Eléctrica actuó bien en la emergencia. La pregunta es por qué hemos construido un marco en el que estas emergencias serán cada vez menos excepcionales y más rutinarias.
Hemos diseñado una transición como si el sistema energético fuese un cuento moral. Se expulsa potencia firme, se demonizan tecnologías, se retrasan inversiones, complicamos todo con regulación y luego se espera que la meteorología sea obediente. Pero la meteorología no atiende a razones.
Y aquí entra la nuclear. No hace falta ponerse épico, simplemente realista: en un sistema donde tienes renovables variables, interconexiones que pueden fallar por un temporal y ciclos que no siempre están preparados para entrar en el minuto exacto, la potencia firme que ya está conectada es un colchón de seguridad. Si no hubiera nucleares en el mix, el margen de maniobra sería menor y el coste de amortiguar los problemas sería mayor. Más gas, más recortes de demanda, más precio, más emisiones, más importaciones de combustibles fósiles, más dependencia exterior. No es ideología. Es ingeniería.
¿Qué hubiera pasado en un día como hoy si hubiéramos cerrado nuestras centrales nucleares? Creo que ustedes ya saben la respuesta. Nos han vendido durante años que el futuro es electrificación, centros de datos, industria limpia, y todo eso suena moderno. Pero el futuro se sostiene con potencia firme, red y un sistema que trate al capital como aliado y no como sospechoso. Aquí parece que estamos más concentrados en seguir manteniendo la ficción.


