
Ante el endurecimiento del bloqueo petrolero de Estados Unidos y las consecuencias de 67 años de asfixiante planificación estatal, la economía cubana se está paralizando. La isla raciona el combustible, implanta una semana laboral de cuatro días, aplica apagones y pone fin al repostaje de las aerolíneas internacionales.
La crisis es "una oportunidad y un desafío que no dudamos que superaremos", afirma el viceprimer ministro de la isla, Oscar Pérez-Oliva Fraga, sobrino-nieto de Fidel y Raúl Castro. "No vamos a colapsar". De manera ridícula, los colegas de Fraga hablan de acelerar una transición hacia fuentes de energía renovable.
Resulta doloroso ver cómo los envejecidos dirigentes cubanos (a sus 94 años, Raúl aún ejerce un poder de veto sobre la política isleña) se niegan a alterar un desacreditado modelo revolucionario de socialismo. Es como afirmar que, si has visto Urgencias o Anatomía de Grey, entonces sabes operar a un paciente…
Michael Bustamante, director del Departamento de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami, afirma que La Habana ha "perdido todas las oportunidades" de mejorar la economía y aliviar el sufrimiento de sus 10 millones de habitantes. El orden público se está desmoronando. Ruaridh Nicoll, novelista cubano que vive en La Habana, escribió la semana pasada en el periódico británico de izquierdas The Guardian: "Los niños que antes habrían tenido que dar explicaciones a la policía si se les veía en la calle en horario escolar ahora aprovechan ese tiempo para mendigar".
No tiene por qué ser así.
Existen dos modelos de transición del socialismo a una economía de mercado. El primero lo representa Polonia, donde en 1989 y 1990 el sistema político y económico socialista se derrumbó y fue sustituido por una sociedad democrática y basada en el mercado. Desde entonces, Polonia se ha convertido en el campeón del crecimiento en Europa, superando a países como Alemania, Francia y Gran Bretaña.
El caso de Vietnam
Ese modelo resulta hoy inconcebible para los dictadores cubanos. Pero hay otro más realista. Vietnam, un país de 100 millones de habitantes, inició reformas orientadas al mercado a finales de los años ochenta, cuando el comunismo se derrumbaba en Europa. Sin embargo, el sistema político de partido único permaneció intacto.
Cuando Vietnam adoptó sus políticas de "Doi Moi" ("Renovación"), era el país más pobre del mundo, con un PIB per cápita de 98 dólares, por detrás incluso de Somalia. Al igual que Cuba hoy, su economía estaba en el punto cero. Durante la guerra de Vietnam, que terminó en 1975, el país fue bombardeado con hasta 15 millones de toneladas de explosivos —diez veces más de los que se lanzaron sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial— y tuvo que alimentar a millones de huérfanos y mutilados de guerra.
Todavía en 1993, el 80 % de los vietnamitas vivía en la pobreza. En 2006, esa tasa había caído al 51 %. Hoy es de solo el 3 %.
Vietnam es ahora uno de los países más dinámicos del mundo, con una economía vibrante que crea grandes oportunidades para las personas trabajadoras y los emprendedores. De ser un país que, antes de iniciarse las reformas de mercado, era incapaz de producir suficiente arroz para alimentar a su propia población, ha pasado a convertirse en uno de los mayores exportadores de arroz del mundo, además de un importante exportador de productos electrónicos, a medida que las empresas se alejan de fabricar en China.
Si se observa el Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation, Vietnam ha ganado más puntos que cualquier otro país de tamaño comparable. En concreto, mientras Vietnam logró aumentar su puntuación en 24 puntos entre 1995 y 2024, Estados Unidos perdió 6 puntos en ese mismo periodo. Vietnam se define oficialmente como socialista, pero su actual calificación en libertad económica, de 65 puntos, está por encima de las medias asiática y mundial.
Nadie sugiere que Vietnam sea un país libre. Los medios de comunicación están controlados por el Estado y no existen elecciones libres. Las empresas públicas generan hasta el 20 % del PIB y operan en condiciones altamente preferentes. Pero no existe ningún intento de imponer el pensamiento socialista. Incluso académicos vinculados al gobierno justifican la desigualdad y explican que no es lo mismo que la injusticia. La gente acepta la desigualdad porque ha vivido en primera persona las consecuencias negativas de una sociedad que proclamaba que todos eran iguales.
Las encuestas de opinión pública confirman esta percepción. Entre 2021 y 2023, el instituto demoscópico Ipsos MORI realizó un estudio en 35 países para conocer qué opinan los ciudadanos sobre el capitalismo. En la mayoría de los países predominaban las actitudes negativas hacia el capitalismo. En Vietnam, por el contrario, la población asoció el "capitalismo" con rasgos positivos como "progreso" (81 %), "innovación" (80 %), "una amplia gama de bienes" (77 %), "prosperidad" (74 %) y "libertad" (71 %).
Marcio Rubio, meridianamente claro
Pese al éxito económico de Vietnam, los dinosaurios que dirigen Cuba sospechan claramente que no serían capaces de replicar el éxito de los líderes vietnamitas manteniendo al mismo tiempo un Estado socialista de partido único. Carecen de confianza en sus propias capacidades o de voluntad para asumir riesgos.
El problema es que el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, hijo de exiliados cubanos en Miami, ha dejado claro que Cuba debe conceder tanto más libertad económica como política si quiere alivio frente a la presión cada vez mayor de Washington.
Rubio declaró a Bloomberg News en el Foro de Seguridad de Múnich de la semana pasada que los dirigentes cubanos "no saben cómo mejorar la vida cotidiana de su gente sin renunciar al control sobre los sectores que dominan". Añadió que la serie de pasos tímidos que Cuba ha dado ocasionalmente para fomentar la actividad económica "nunca acaba funcionando". Y explicó por qué: "el régimen cubano no tiene una comprensión fundamental de lo que es la empresa y la industria, y la población sufre como consecuencia".
Por ahora, el resultado es un estancamiento. Estados Unidos y sus aliados enviarán solo la ayuda humanitaria justa para evitar el hambre y una salida caótica de personas del país. Confían en que la escasez de combustible obligue a Cuba a emprender reformas reales.
En respuesta, los dirigentes cubanos afirman estar abiertos a un diálogo para mejorar las relaciones, pero cualquier discusión sobre un cambio en su sistema comunista de partido único queda fuera de la mesa. Sin embargo, incluso académicos liberales que han escrito con admiración sobre cómo la revolución cubana ha sobrevivido al embargo estadounidense impuesto por el presidente John F. Kennedy en 1962 están convencidos en privado de que la crisis actual es distinta.
En 1989, el dirigente de Alemania Oriental, Erich Honecker, dijo al líder soviético Mijaíl Gorbachov, durante una visita, que su régimen se resistiría a las reformas. Gorbachov recordaría después: "Me quedé horrorizado. Hablé con él durante tres horas… y no dejaba de intentar convencerme de los maravillosos logros de la Alemania Oriental". Después, Gorbachov se dirigió al Politburó de Honecker y les advirtió: "Si nos quedamos atrás, la vida nos castigará de inmediato".
El Muro de Berlín cayó al mes siguiente.


