
Hay ocasiones en las que los datos hablan con una claridad que a algunos les incomoda. Y cuando eso sucede, la tentación de ignorarlos suele ser proporcional a su contundencia. Eso es exactamente lo que ocurre al observar la evolución del PIB per cápita —medido en paridad de poder adquisitivo y en relación con la media de la Unión Europea— de Irlanda y España entre 2017 y 2025.
Los registros de Eurostat muestran una divergencia sostenida: Irlanda no sólo se sitúa muy por encima de la media europea, sino que ha ampliado esa distancia en los últimos años, mientras España, que ya partía por debajo, ha visto cómo su posición relativa se deterioraba. No se trata de una anomalía coyuntural. Es la manifestación estadística de dos enfoques económicos radicalmente distintos.
Irlanda ha consolidado su posición como una de las economías más dinámicas de Europa. Su PIB per cápita se sitúa entre los más elevados de la Unión —solo superado por Luxemburgo— y muy por encima del promedio comunitario.
La clave no es un misterio insondable, sino una combinación coherente de políticas basadas en el liberalismo clásico o europeo:
- Fiscalidad competitiva
- Contención del gasto público
- Seguridad jurídica
- Apertura a la inversión internacional
Este marco ha permitido atraer capital, talento y empresas multinacionales, lo que ha impulsado fuertemente su crecimiento económico. De hecho, incluso en años recientes, Irlanda ha registrado tasas de crecimiento extraordinarias, con la atracción de grandes corporaciones globales.
El resultado es evidente: mayor productividad, mayor renta por habitante y una convergencia al alza respecto a Europa, que en realidad es ya divergencia hacia arriba. España, por el contrario, se mueve en la dirección opuesta. Según Eurostat, su PIB per cápita permanece por debajo de la media europea y no ha logrado cerrar la brecha; más bien, en términos relativos, la ha ampliado.
Esto sucede pese a episodios de crecimiento económico —incluso destacados en algunos ejercicios recientes— que, sin embargo, no han sido suficientes para alterar la tendencia estructural, porque, realmente, España no tiene un crecimiento sano, sino artificial, sostenido por el gasto público y la acumulación de población, pero que es empobrecedor, pues cada vez tenemos menos riqueza, como muestran los datos del PIB per cápita.
¿Por qué sucede esto? Porque el crecimiento no es solo cuestión de tasa, sino de modelo. Así, bajo el mandato del presidente Pedro Sánchez, España ha optado en los últimos años por lo siguiente:
- Incrementos significativos del gasto público
- Elevación sostenida de la carga fiscal
- Regulación intensiva en múltiples sectores
- Intervención creciente en mercados clave
- Inseguridad jurídica derivada de cambios en la normativa tributaria específicos para determinados sectores o empresas
Este enfoque genera efectos bien conocidos: menor inversión, menor productividad y, en última instancia, menor capacidad de crecimiento a largo plazo. Todo ello, desemboca en menor riqueza.
Distintas políticas, distintos resultados
La comparación entre Irlanda y España no es simplemente una cuestión de cifras, sino de incentivos. Irlanda ha construido un entorno en el que producir, invertir y crecer resulta atractivo. España, en cambio, ha ido configurando un marco donde el coste de hacerlo es cada vez mayor. Por eso, mientras Irlanda se aleja por encima de la media europea, España se queda rezagada. No es casualidad. Es consecuencia.
Si vemos los datos, son concluyentes: en 2017, último año completo antes del mandato de Pedro Sánchez, el PIB per cápita en paridad del poder de compra en España era del 92,4% de la media de la UE. En 2025, último dato disponible, es del 91,8%, es decir, ha retrocedido más de medio punto. Irlanda, en ese período, ha pasado del 186,5% al 237,4%.

Si la comparación, en el mismo período, la hacemos en términos de PIB per cápita corriente, el PIB per cápita español pasa del 84% de la media de la UE en 2017 al 82,2%, empeorando más de dos puntos. En el mismo período, Irlanda pasa del 215,7% al 280,7%, sesenta y cinco puntos de mejora.

Esto demuestra que la política económica importa, y que el liberalismo clásico genera prosperidad, mientras que el intervencionismo destruye dicha prosperidad. El PIB per cápita no es una abstracción técnica. Es la medida más directa del bienestar material de los ciudadanos. Cuando un país mejora su posición relativa en Europa, está generando más riqueza por habitante. Cuando la empeora, está perdiendo terreno. Entre 2017 y 2025, Irlanda ha elegido avanzar. España, en cambio, ha optado por un camino que, a la vista de los datos, conduce a la divergencia. Distintas políticas dan distintos resultados.

