Torrelodones marca el camino frente al antisemitismo
Almudena Negro ha demostrado algo que escasea cada vez más en la política española: claridad moral.
En tiempos de gran confusión moral, cuando demasiados dirigentes públicos prefieren la ambigüedad al coraje, resulta reconfortante comprobar que todavía existen algunos dispuestos a llamar a las cosas por su nombre. La decisión adoptada esta semana por el Ayuntamiento de Torrelodones de ratificar su compromiso en la lucha contra el antisemitismo mediante la adopción de la definición de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA) constituye un hito histórico. No solo porque convierte a este municipio madrileño en un referente nacional, sino porque envía un mensaje inequívoco en un momento en el que el antisemitismo vuelve a crecer con una intensidad preocupante en toda Europa, y en especial en España.
La alcaldesa Almudena Negro ha demostrado algo que escasea cada vez más en la política española: claridad moral. Mientras otros miran hacia otro lado, justifican lo injustificable o intentan disfrazar el odio bajo nuevas etiquetas, Torrelodones ha decidido posicionarse del lado correcto de la lucha contra el antisemitismo. Y eso tiene un enorme valor, especialmente en los tiempos que vivimos.
Quizá la frase que mejor resume el significado de este paso fue la que la propia alcaldesa dirigió a la comunidad judía durante el acto de adopción de la definición de la IHRA: "Torrelodones es vuestra casa". No se trata únicamente de una declaración institucional. Es un mensaje político, moral y humano. Es decirle a una minoría, en este caso a los españoles judíos, que tiene pleno derecho a sentirse segura, respetada y bienvenida. Ojalá otros Ayuntamientos, Parlamentos Autonómicos, Universidades e instituciones públicas españolas sigan este ejemplo y comprendan que combatir el antisemitismo no consiste únicamente en condenarlo cuando aparece, sino también en construir espacios donde los judíos sepan que forman parte de la sociedad en igualdad de condiciones que cualquier otro ciudadano.
Desde el 7 de octubre de 2023 hemos asistido a una explosión de incidentes antisemitas en toda Europa. España no ha sido una excepción. Hemos visto ataques contra sinagogas, actos vandálicos en cementerios judíos, campañas de señalamiento contra comercios judíos, manifestaciones donde se glorifica a organizaciones terroristas y, recientemente, la expulsión de dos mujeres judías de un establecimiento en Barcelona por el simple hecho de portar una estrella de David. Ante esta realidad, algunos siguen empeñados en relativizar el problema. Otros incluso intentan vaciar de contenido las herramientas que existen para combatirlo. Es aquí donde aparece el debate sobre la definición de la IHRA.
Desde hace años, determinados sectores ideológicos y activistas de extrema izquierda han intentado sustituirla por la denominada Declaración de Jerusalén. Pero la realidad es mucho más sencilla: la definición de la IHRA se ha convertido en el estándar internacional porque funciona. Ha sido adoptada por más de 45 países en todo el mundo, por instituciones europeas, gobiernos democráticos y organismos públicos precisamente porque permite identificar las formas contemporáneas que adopta el antisemitismo. Y ese es el verdadero problema para algunos.
Porque reconocer que determinadas expresiones constituyen antisemitismo obliga a asumir responsabilidades. Obliga a reconocer que el odio contra los judíos no desaparece cuando se sustituye la palabra "judío" por "sionista". Obliga a admitir que existen dobles raseros aplicados exclusivamente al Estado judío que no se aplican a ninguna otra nación del mundo. Por eso determinados activistas llevan años intentando desacreditar la definición de la IHRA.
Entre ellos encontramos voces en España como la del partido político de extrema izquierda de Sumar, que insiste en presentar la definición de la IHRA como una amenaza para la libertad de expresión. Nada más lejos de la realidad. La definición de la IHRA no prohíbe criticar al Gobierno de Israel, ni una decisión concreta de su Ejecutivo, ni una operación militar específica, del mismo modo que nadie cuestiona el derecho a criticar a cualquier otro gobierno democrático del mundo. La crítica política es legítima, necesaria y saludable en una democracia.
La cuestión es muy distinta cuando esa crítica deja de dirigirse a políticas concretas y pasa a cuestionar la propia legitimidad de existencia del único Estado judío del mundo; cuando se le aplican dobles raseros que no se exigen a ninguna otra nación o cuando el lenguaje empleado reproduce viejos prejuicios antijudíos bajo una apariencia política. Es precisamente esa frontera la que ayuda a identificar la definición de la IHRA y la razón por la que algunos prefieren desacreditarla. Porque obliga a distinguir entre la crítica legítima y la demonización sistemática de Israel con tintes claramente antisemitas.
La pregunta que deberíamos hacernos es sencilla: ¿por qué existe tanto empeño en debilitar una herramienta internacionalmente reconocida para combatir el antisemitismo? ¿Por qué tanta resistencia a adoptar una definición que protege a una minoría históricamente perseguida? La respuesta resulta incómoda para muchos.
Porque el antisemitismo sigue siendo el único prejuicio cuya existencia algunos consideran negociable. La única forma de racismo y discriminación que todavía necesita ser constantemente explicada, contextualizada o relativizada antes de ser condenada. Precisamente por eso lo ocurrido en Torrelodones tiene tanta importancia.
La adopción de la definición de la IHRA no es un gesto simbólico vacío. Es una declaración de principios. Es afirmar que los judíos merecen la misma protección que cualquier otra minoría. Es entender que combatir el antisemitismo no es una cuestión partidista, sino democrática. Almudena Negro ha comprendido algo esencial: la lucha contra el antisemitismo exige claridad moral. Exige estar dispuesto a soportar las críticas de quienes preferirían mantener zonas grises donde el odio pueda seguir escondiéndose.
La historia europea nos enseña que el antisemitismo nunca comienza con grandes tragedias. Empieza cuando se normalizan pequeños prejuicios. Cuando se justifican exclusiones. Cuando se minimizan agresiones. Cuando las instituciones callan. Torrelodones ha decidido no callar. Ojalá otros ayuntamientos españoles tomen nota.
Porque frente a quienes quieren diluir el problema, relativizarlo o redefinirlo hasta hacerlo irreconocible, la respuesta debe ser la misma que ha dado este municipio madrileño: firmeza, claridad moral y tolerancia cero frente al antisemitismo. Eso es, exactamente, lo que necesita España hoy.
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