El viajero del día de todos los Santos
, penúltima de las novelas de Georges Simenon editada por Tusquets dentro de la edición de sus obras completas, es una buena oportunidad de acercarnos a un autor todavía poco leído entre nosotros, y conocido casi exclusivamente como padre del inspector Maigret. Es esta novela un extraordinario exponente de la amplitud de alcances del género policiaco, y de la habilidad del autor para la creación de atmósferas y la indagación en el ser humano.
El joven Gilles Mauvoisin llega al puerto francés de La Rochelle como un fantasma. Pasajero clandestino de un buque de carga, sin apenas equipaje, con un extraño atuendo y envuelto en una neblina amarillenta, como la dársena y la lejana ciudad. Detrás ha dejado a sus padres, muertos en accidente, y la vida errante que llevó con ellos, como artista de circo. Las últimas palabras de su padre, que le instaban a buscar a su tía Éloi, constituyen la única esperanza de su orfandad.
Pero lo que aguarda a Gilles no se parece en nada a un reencuentro familiar. Desde antes incluso de que el muchacho desembarque, el lector advierte algo misterioso y opresivo en torno a él, en los ojos que lo siguen y en los personajes que van transmitiendo la noticia de su llegada. Sin sospecharlo, Gilles Mauvoisin se ha convertido en el único heredero de la inmensa fortuna de su tío Octave, muerto también recientemente, que sólo podrá disfrutar bajo dos condiciones, compartir la casa con su joven viuda Colette y descifrar la combinación de una caja fuerte en la que se guardan secretos comprometedores para un grupo de personas, aquéllas que constituyen las fuerzas vivas de la ciudad. Gilles tiene por delante un largo aprendizaje moral antes de decidir qué hacer con esas vidas que dependen ahora de él. Debe desandar su pasado y el de sus padres para encontrarse con aquello de lo que en vano lo preservaron.
En este punto, la novela de Simenon se aparta más de las convenciones del género de intriga y se hace fuertemente simbólica. El descubrimiento de un asesinato y la investigación consiguiente se desarrollan en paralelo con la dimensión existencial de la trama. El mal está en todas partes, como la neblina que impregna a todas horas la ciudad y borra sus contornos. Y el bien es una carencia, el recuerdo de algo que tal vez existió antes de nosotros. Entre los dos, la comprensión, la piedad ante la condición humana marcan el final de la juventud de Gilles Mauvoisin, pero también su salvación.
Georges Simenon , El viajero del día de Todos los Santos , Tusquets Editores, Barcelona, 2000. 267 páginas.
El joven Gilles Mauvoisin llega al puerto francés de La Rochelle como un fantasma. Pasajero clandestino de un buque de carga, sin apenas equipaje, con un extraño atuendo y envuelto en una neblina amarillenta, como la dársena y la lejana ciudad. Detrás ha dejado a sus padres, muertos en accidente, y la vida errante que llevó con ellos, como artista de circo. Las últimas palabras de su padre, que le instaban a buscar a su tía Éloi, constituyen la única esperanza de su orfandad.
Pero lo que aguarda a Gilles no se parece en nada a un reencuentro familiar. Desde antes incluso de que el muchacho desembarque, el lector advierte algo misterioso y opresivo en torno a él, en los ojos que lo siguen y en los personajes que van transmitiendo la noticia de su llegada. Sin sospecharlo, Gilles Mauvoisin se ha convertido en el único heredero de la inmensa fortuna de su tío Octave, muerto también recientemente, que sólo podrá disfrutar bajo dos condiciones, compartir la casa con su joven viuda Colette y descifrar la combinación de una caja fuerte en la que se guardan secretos comprometedores para un grupo de personas, aquéllas que constituyen las fuerzas vivas de la ciudad. Gilles tiene por delante un largo aprendizaje moral antes de decidir qué hacer con esas vidas que dependen ahora de él. Debe desandar su pasado y el de sus padres para encontrarse con aquello de lo que en vano lo preservaron.
En este punto, la novela de Simenon se aparta más de las convenciones del género de intriga y se hace fuertemente simbólica. El descubrimiento de un asesinato y la investigación consiguiente se desarrollan en paralelo con la dimensión existencial de la trama. El mal está en todas partes, como la neblina que impregna a todas horas la ciudad y borra sus contornos. Y el bien es una carencia, el recuerdo de algo que tal vez existió antes de nosotros. Entre los dos, la comprensión, la piedad ante la condición humana marcan el final de la juventud de Gilles Mauvoisin, pero también su salvación.
Georges Simenon , El viajero del día de Todos los Santos , Tusquets Editores, Barcelona, 2000. 267 páginas.
