La llegada de Rodríguez Zapatero a la secretaría general del PSOE significó en su momento, sin duda, un revulsivo para un partido fuertemente derrotado en las últimas generales. Estilo diferente, formas renovadas y rostros desconocidos. Una nueva etapa que ha tenido y tiene todavía el favor mediático.
Rodríguez Zapatero y su ejecutiva inicialmente supieron marcar un ritmo distinto en el partido. Un buen arranque, que se ha desinflado poco a poco. Las vacaciones veraniegas han colocado las cosas donde estaban. Hay dos claras razones. La primera es la inexperiencia de una ejecutiva, joven en edad, pero sobre todo carente de recorrido político y sin experiencia de gobierno, ya sea municipal o autonómico. Esta juventud inexperta, que inicialmente suponía un fogonazo de novedad, comienza a pesar como un lastre. El ejercicio de la oposición, con saludables tintes institucionales, carece de fondo, reflejos y diseño.
La segunda es la larga sombra de Felipe González. La influencia de González es indudable. El último botón de muestra es la larga entrevista, más de hora y media, que han mantenido los dos en el despacho de Rodríguez Zapatero en el Congreso. Sin olvidarnos de la reciente cena de González en la casa del magistrado Jiménez Villarejo, con algunos miembros de la ejecutiva socialista.
Zapatero, no se atreve a desprenderse de Felipe. Permite la cercanía de Pérez Rubalcaba y busca gestos externos que confirmen la buena sintonía. En el fondo le gustaría trabajar sin la mirada de González, pero no sabe ni como cortar, ni cuando. Le da miedo. Felipe González, es como esos jugadores al borde de la retirada, que se empeñan en seguir siendo titular, y que ni juegan, ni dejan jugar.
Zapatero, si quiere, consolidar una clara renovación, debería atreverse a romper sin miedo, con un pasado que sobre el papel nada tiene que ver con él, y que solo le puede hacer un daño irreparable. El tiempo pasa y la actual situación de influencia se consolida.

Ni juega; ni deja jugar
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