En Francia, el presidente de la República pidió la prohibición inmediata de las harinas animales en la composición de los piensos. El primer ministro respondió diciendo que él esperaba hacerlo cuando conociese los informes de los científicos; cuatro días después decretó la prohibición, sin haber recibido las opiniones de los especialistas. La presión popular le obligó a ello. Un poco más tarde un ex ministro, Chevenement, decía que tanto él como el primer ministro se regían por la razón y no por la emoción, como el emotivo presidente.
No cabe duda que el pueblo simple, y algún presidente de República, se dejan arrastrar por la emoción, producida por el hecho de la muerte atroz de humanos que habían ingerido alimentos procedentes de vacas que habían sido nutridas con piensos de harinas animales. La emoción es un estado de orden moral que estimula las funciones orgánicas y, como decía Aristóteles, "es una advertencia del valor que tiene para la vida la situación en la que se encuentra el animal o el hombre". La emoción es capital para sobrevivir. Es el alerta.
La razón es una guía autónoma del hacer. Whitehead decía en su ensayo "La función de la razón": La función de la razón consiste en favorecer el arte de vivir. Oponer razón a emoción es reconocer que no se sabe lo que es la razón o que no se sienten emociones, o ambas cosas a la vez.
Los bomberos apagan los incendios antes de conocer el origen del fuego y al hacerlo actúan razonablemente. Alertados por la emoción, se guían en su hacer por la razón. El político francés Chevenement les calificaría de irracionales, qué le vamos a hacer.
Curiosamente hoy es actual y operativo lo que dice Aristóteles en su "Etica a Nicomaco" y una amenaza para la vida las opiniones de un político actual. El principio de prudencia es capital para nuestro sobrevivir en una cultura de alta tecnología. Es lo más razonable que podamos imaginar, el resto es demagogia.

Las vacas locas y la razón
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