No sé si la estrategia leninista de los movimientos de liberación nacional –a la que pertenece Eta, amén de su deuda con el racista Arana– explica la delirante imagen de un tal Gaspar Llamazares, líder del PCE y de los restos de Izquierda Unida, como vocero de los partidos y partidillos nacionalistas convocando a un frente común contra el pacto contraterrorista. Algún doctor le quedará todavía al comunismo que nos lo sabrá explicar.
Cuando se estudie la historia de la extinción del comunismo en España –cuestión que marcan las consultas electorales, sin especiales dotes de profeta– por encima de los transfuguismos de Santiago Carrillo o de Enrique Curiel, de las juergas de Gerardo Iglesias, de los doctrinarismos profesorales de Julio Anguita o de los pactos de Francisco Frutos, en términos de responsabilidad personal la figura más corrosiva y lesiva en ese declinar será la del pusilánime Javier Madrazo. A cambio de un puesto remunerado –y con escaso curriculum de ese pacifismo vergonzante que tantas víctimas ha causado– se ha convertido en el lacayo y la pequeña coartada del nacionalismo en sus momentos de mayor perversión moral.
Ese desfonde estratégico –tan alejado del internacionalismo y aun del sentir de los votantes de IU– y ,sobre todo, ético no había encontrado límites de decoro, pero sin duda Llamazares, haciendo el juego sucio de Xabier Arzalluz y de Iñaki Anasagasti –mientras Jordi Pujol intenta distanciarse de la deslegitimación moral del nacionalismo, también del suyo, aunque el PP persista ahí en su incoherencia– ha mejorado a Madrazo. Llamazares se ha convertido en el gangoso portavoz del pusilánime –ya pactó con el PNV rebajar el listón de representación del 5 al 3 por ciento para poder seguir viviendo del presupuesto, aunque no lo tiene fácil– y del nacionalismo. Incluso en los peores momentos es preciso tener estilo y no caer en esta ceremonia de la confusión. El final de IU va camino no de tragedia sino de comedia bufa.

Llamazares, el portavoz nacionalista
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