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¡Cuidado, que viene la mafia rusa!

La expresión “mafia rusa” no extraña a nadie. Ya estamos acostumbrados a que el fantasma del “peligro soviético”, que nos amenazaba durante todo el período de la postguerra, fuera sustituido en el último decenio por un fenómeno mucho más real: la invasión de la todopoderosa mafia rusa. No conoce fronteras tras la desaparición del telón de acero. Actúa en Estados Unidos y en Alemania, posee palacios en Suiza y en España. Invierte el dinero, sacado de Rusia, en occidente, en negocios legales o menos legales, como el comercio internacional de armas o drogas.

Lo que es más difícil para nosotros es imaginar las verdaderas dimensiones de esta mafia y su penetración en las esferas más altas de la sociedad rusa, así como su presencia en nuestra propia vida económica. Y es que no son unos pistoleros que te quitan el monedero en un callejón oscuro. “La mafia rusa no asalta los bancos, los crea”, dijo un experto. Gracias al caos y a la corrupción que dominaban la vida rusa en los años noventa, se hizo con una buena parte de la economía del país.

Los hermanos Cherni, unos mafiosos de película que no “se cortaban” nunca en mandar a matones para liquidar a quienes les “molestaban”, han sido hasta hace poco personas muy respetadas en Rusia. Entraban en el Kremlin como en su propia casa.

¿Ha cambiado la situación tras la aparición del nuevo mandatario ruso, Vladímir Putin, que se proclama luchador abnegado contra la mafia?

Por supuesto, que sí... Ahora los que blanquean el dinero en Alemania y entran en el Kremlin como en su casa son Abramóvich y Deripaska, los nuevos cabecillas del monopolio del “Aluminio ruso”.

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