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Y ahora le toca a Yulia

¿Quién podría sospechar de esta brillante y joven mujer que para muchos significaba el futuro de Ucrania? Sin duda, se destaca de forma muy radical entre los brutos burócratas ucranianos, en su mayoría torpes, deformados por la excesiva nutrición, y alcoholizados. Es educada y culta --doctora en ciencias económicas-- elegante, enérgica, moderna, progresista. Y a pesar de las malas lenguas que la tildaban de “sex symbol”, nunca ha abusado de su atractivo físico.

En estas circunstancias, algunos observadores intentan explicar su detención por los sucios “juegos de palacio” en Ucrania. El presidente, Leonid Kuchma, presuntamente involucrado en el asesinato de un periodista, necesita un “chivo expiatorio” para desviar la opinión pública. Y además, quiere deshacerse de uno de los líderes de la oposición, muy crítica con él debido al mencionado asesinato.

Esta versión es bastante verosímil. Pero, desgraciadamente, tampoco hay razones para dudar de las acusaciones presentadas por las dos fiscalías: ucraniana y rusa.

La única justificación de la conducta de Yulia Timoshenko es el ambiente creado en Ucrania para la gente de negocios. Una vieja legislación estalinista --una enorme cantidad de normas y restricciones, unos impuestos draconianos-- son capaces de anular cualquier esfuerzo empresarial. A esto se añade un ejército de funcionarios corruptos que no se mueven para cumplir sus funciones sin cobrar comisiones de la parte interesada. Para vivir y mantener su negocio el empresario tiene sólo un camino: violar la ley.

Lo mismo pasa en Rusia. El conocido empresario Boris Berezovski declaró que cualquier hombre de negocios en el espacio de la antigua Unión Soviética puede ser juzgado en cualquier momento. “Todos hemos violado la ley”, vino a decir. Ayer le tocó a Gusinski. Hoy a Yulia. ¿Quién será mañana?

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